Estoy segura que en tu happy place tocan música de Dustin Wong. No solo en el tuyo, en el mío también y en el de todos los demás. Así como los elevadores y la música de los lobby de hotel es siempre la misma, en el happy place arquetípico suena música de Wong.
Este chino-americano que ha vivido en Japón la mayor parte de su vida visitó la sultana del norte el fin de semana pasado dentro del marco del Festival Nrmal. Quisiera decir que el Festival estuvo buenísimo, que estuvo súper barato (los boletos más caros fuero de 350 pesos), que podías disfrutar desde miércoles hasta domingo de conciertos de muy alta calidad, que las instalaciones del sábado (día principal del festival) estaban increíbles -mención especial al escenario etéreo montado por unelefante y las sillas “inhabitables”-, que el área de comidas tenía variedad para todos los gusto, que los distintas piezas artísticas “tiradas” a lo largo del terreno llamaban la atención y te hacían entrar en este mood festivo/paralelo que es participar en la euforia colectiva de un concierto, pero no. No voy a hablar de lo bueno que estuvo la escena musical el fin de semana pasado en Monterrey debido a este festival. No. Me voy a concentrar en Dustin Wong.
Su concierto tuvo lugar a las 6:30 en la carpa Panamericana -que más tarde fue bautizada “Conceptual” medio broma medio en serio por un grupo de amigos. Yo llegué ahí encantada como serpiente por sonidos que parecían venir de ningún lugar. Resulta que Dustin -le hablo de tú, somos cuates- toca sentado. Si no estabas justo el frente del escenario, este parecía vacío. Layers de sonido, unos encima de otros, sin tocarse, bailan coloridamente y llegan hasta mis oídos. Me acerco y veo que esta él solo, su guitarra y una fila de pedales abriéndose como naipes a sus pies. Este one-man showsucede gracias a la tecnología. Mientras sus dedos recorren limpiamente el cuerpo de la guitarra, con sus pies en los pedales pone efectos, graba las frases, hace distorsiones, da delays. Todo su cuerpo está inmerso en la creación de un universo musical suave, dulce y colorido.
Je n’ai pas pu m’empêcher. Pensé en Verlaine, “el poeta musical por excelencia” según Ruben Dario. La música de Wong -como la poesía de Verlaine- es bella, es ingenua; es un sueño poético perfumado consciente de su propia inutilidad. Es sentimental, imprecisa, indefinida. Es de vital importancia escucharla.
Después de 40 minutos, desperté del sueño. Dustin termino de tocar, se levantó, dio las gracias haciendo una asiática reverencia hacia el público y bajó del escenario. Desde entonces no lo he vuelto a ver. Sin embargo, lo escucho en boucle desde el domingo. Compré su disco “Dreams Say, View, Create, Shadows Lead” porque no comprarlo me parecía una grosería; después de esa bella experiencia que compartimos el sábado pasado durante poco más de media hora, era lo menos que podía hacer.
**Esta nota fue publicada en 2013 dentro del proyecto universitario Omnívoro Cultural.