"Bisogna morire"
Publicación del poema “Bisogna morire” en el panfleto Nubes Nuevas (Nº 5, junio de 2024).
No quisiera morirme en absoluto; mas, puesto que la gente me asegura que no me quedará otra alternativa, llegado el día postrer tan sin dulzura, solo pido una cosa clara y simple: que no tenga que ser en Navidad; aún menos en hospital indeseable vestido en armonía, mas sin gracia, con fechas, según dicen, entrañables (deben de serlo, puesto que acaparan todo uso de este término manido que ya casi parece que conserva ese aroma sutil y penetrante a espumillón guardado largamente); desprecio los tan tímidos destellos del frío fluorescente en las colgantes esferas de colores que pretenden ser frutos de un abeto tan estéril como serlo pudiera un tupperweare, que no sabría estar mustio de morriña cual Rosalía de Castro made in China porque para mustiarse hay que estar vivo y, para la morriña, tener tierra que haber bien conocido y que añorar; aun peor me lo pondríais si escogieseis uno de esos tan blancos, o tan rosas, o dorados, o azules, o granates, del non serviam (Huidobro) proclamantes negándose a plegarse por más tiempo a la orden del filósofo tirano que dijo que los árboles creados por el hombre debían parecerse a los paridos por la diosa Gaya, tan poco innovadora y reaccionaria; desdeño los belenes macilentos, de figuras artríticas y ríos de aluminio crispado cuyas truchas, de haberlas, estarían tan envaradas como ese San José con su cachava, a cuya sombra se enfresca ese botijo, del que nunca podrá dar un buen trago por mucho que su cara de resina, boca pintada encima de la barba, con la expresión pasmada y complaciente, acuse echar en falta un lingotazo; todo eso por no hablar de los payasos devenidos risueños papás noeles que querrían sentarse en mi camilla tocando un villancico al ukelele y a los que, no respondo de mis actos, bien podría atizar un bofetón; y otra cosa que veo impertinente es joderles la fiesta a mis parientes doblando mi tortura al exponerlos no solo al decorado merrychristmas del hospital en horas de visita, sino también al que haya, qué remedio, en ese tanatorio a las afueras, al que no faltarán un par de velas a pilas sobre el mostrador helado en el que rellenar los formularios con mis datos, ya nunca relevantes, y un cuenco de cristal resplandeciente que, porque estas son fechas entrañables, habrá trocado duros caramelos por blandos y harinosos polvorones; y eso sí que no puedo permitirlo.









