La tinta en la plumilla se había secado. Tras haber perdido la noción del tiempo mirando el vació de la blanca pieza de papel, abandonó el intento:las palabras no habrían de llegar.
Además, al percibir sus presencias volver,la necesidad de borrar los rastros de pesadez en su gesto fue inmediatamente atendida.
Les escucho reír en la sala y eso fue lo suficientemente reconfortante como para apuntalar su sonrisa, lo cual a su vez fue un alivio, pues es lo que presento ante ellos al girarse hacia la entrada, habiendo escuchado sus pasos acercarse.
“¡Maestro Mu, ya estamos de regreso!” Anunció el joven pupilo con una sonrisa de oreja a oreja y la postura erguida orgullosamente; la señora a su saga, igualmente sonriente.“Sanas y salvas, ¿ve? No tenía por qué preocuparse, ¡puede contar conmigo! Ahora, voy a la cocina por algo para beber ¡¡UFFF!!, ¡¡comimos muchas galletas, pero creo que necesito algo de té para bajármelas que estoy LLENO!! ¿Quieren un poco? Bueno igual hago la tetera completa para más tarde por si se les ofrece. Y puedo ir preparando la cena. ¿Hacemos momos? ¿O mejor unos tallarines? Bueno como sea voy a hacerla masa.” Terminó su perorata efusiva y desapareció en un deslumbrante destello de luz, ocasionando en el ceño de su tutor el enarcar una ceja y en la mujer una risita entretenida, para luego volver ambos su atención uno al otro.
“Tal parece que la visita le ha sido amena, Señora.” Dijo él, aliviado de verla de vuelta y tan notoriamente alegre, mientras terminaba de guardar una blusa en la cajonera de la cómoda en la habitación. El cesto de ropa lavada y seca a sus pies.
“Lo ha sido, mi señor. Además, Kiki es una escolta espléndida. Lhamo y Dawa estaban encantadas con él. Nos ha hecho reír toda la tarde. Bueno, al menos hasta que los hijos de Lhamo lo invitaron a jugar videojuegos.” Se encaminó hacia donde él, riendo un poco más al recordar su velada. Llevaba en las manos una caja envuelta en seda colorida, la cual no tardó en abrir para mostrar su contenido.
“Cuando han sabido que esperaba, se han esforzado en conseguir unas ropitas y amuletos para la pequeña, mire. ¿Son lindos, no le parece?”, presentó varios diminutos mamelucos y camisetas de algodón blanco a su compañero,un gorro y unos pares de zapatitos de tela afelpada en colores brillantes luego de colocar la caja en el buró; las mejillas sonrojadas. “También me han obsequiado unas barritas de mantequilla bendecida y hasta un pescado deshidratado proveniente del Lago Sagrado de Manasarovar.”
Mu sonrió, asintiendo con la cabeza en forma de agradecimiento. “El lazo que sin duda usted y sus amistades comparten es inspirador. El organizar tan prontamente tal reunión en su nombre y procurarle de tal forma, a sabiendas de sus propias limitaciones, es muestra de ello. Me alegra sobremanera que cuente con ellas, mi señora. Es una lástima el que no haya podido acompañarle para expresar mi gratitud en persona.”
“Oh, pero han apreciado los postres que ha enviado para la ocasión con gusto. Además, la plática le hubiera resultado algo incómoda.” Rió por lo bajo, una risa traviesa y cómplice antes de tomar un chuba del cesto y ayudar con la tarea de doblar y guardar prendas. “Siguen teniendo la noción de que es usted un Lama importante en un retiro espiritual en las montañas y no he podido desmentirles aquello.”
La sonrisa del ariano disminuyó una fracción entonces.
“Entiendo que la nuestra es una situación difícil de explicar y debido a ello, la necesidad de idear una justificación a su estancia en este valle en lugar de su hogar,lejos de sus conocidos, seguramente le ha de causar contrariedades. Me disculpo por ello, Señora mía. Sé que preferiría no guardarle este tipo de secretos a personas de tal importancia para usted.”
“Nh,nh” negó Hiva ante la disculpa. “Sus suposiciones no son algo alejado de la realidad si lo ponemos en perspectiva.” Agregó, el tono bondadoso y seguro, acompañado de manos igualmente tranquilizantes que alisaban los dobleces de un camisón de la misma manera en que sus palabras aterciopeladas envolvían el aire a su alrededor; oídos prestos y ahora perceptivos a los más ligeros cambios de voz y ojos alertas ante los gestos y objetos circundantes.
Fue entonces que advirtió el tintero y las hojas sobre la mesita de té al lado de la ventana; el sello del Santuario y la cera colocados en una esquina, sin ser usados. Le bastó un vistazo rápido para comprender. Una sola línea escrita nombraba al destinatario.
Conteniendo un suspiro, retiró de las manos de Mu la túnica que él doblaba, dejándola sobre la cómoda y al encontrarse libres de cualquier objeto que los distrajera, lo tomó de las muñecas, acariciándolas, jugueteando apenas con la pulsera en su izquierda, hasta deslizar sus manos para entrelazar los dedos con los de él. Sin mirarle, lo guió hasta la orilla de la cama, sentándose y llevándolo con su movimiento a tomar su lugar cerca de ella.
Frotó sus dedos con los del ariano por unos instantes, para luego liberar una mano y, tras levantarla a la altura de la sien de él, examinar su rostro con detenimiento, no gustándole lo que sus ojos amatista encontraron. Hundió sus dedos, recorriendo el cabello lavanda claro desde el flequillo que le cubría los ojos, hasta alcanzar la base de su nuca, dejándola ahí; ligeros movimientos reconfortantes irradiando su calor.
Mu entonces intentó enmascararse con una sonrisa y descartar el asunto al quitarle importancia; no quería hacerla terminar su maravillosa tarde en una nota deprimente por su culpa, pero estaba consciente de que no la engañaría ahora que se había percatado de su estado, así que optó por bajar el rostro, tratando de contener el deseo de pasar el nudo que se formaba en su garganta.
Hiva no encontró palabras para consolarlo. En su lugar, colmó la frente nívea de su compañero con delicados besos.
~*~*~*~
* Mantequilla bendecida y pescado deshidratado del lago Sagrado de Manasarovar: Son parte de los rituales tibetanos en la labor de parto. Se le dan de comer a la mujer como protección espiritual, fortaleza y alivio al dar a luz.
Mis arianos y su forma de dar regalos, caray ♥
Also, si recuerdan lo que ocurrió hace un año, le encontrarán más sentido xD
*~°~°~°~°~*
“Conseguí las películas que le dije la otra vez. ¿Entonces si quiere que las veamos en la cena?, le van a gustar. Uno es una colección de cuentos animados, otros son películas CGI y la otra una serie que acabo de ver no hace mucho y la protagonista me recuerda a usted. ¿Qué dice? Nada más tengo que revisar que esté todo listo para poner la tele en la sala, pero no me tardo nada, ¿sí?”, el pelirrojo ariano dijo sin hacer una sola pausa, con una sonrisa de oreja a oreja.
“¿De verdad? ¿Una colección de cuentos? ¡Suena estupendo Kiki, me encantaría! No se diga más, prepáralo todo, por favor. Mientras, iré a la cocina para avisarle a tu maestro sobre el cambio de planes, ¿te parece?”, ella respondió, aún tomando de los brazos al niño que tenía frente a sí y regalándole una sonrisa igualmente amplia. “¿Quieres que prepare algo en particular como postre?”, ofreció ella.
“No, no, usted no tiene por qué hacer nada hoy. Yo traje galletas de esas que le gustan. Las vimos ayer que estábamos haciendo las compras para preparar la cena de hoy. Mi maestro debe saber dónde están guardadas, pregúntele, ah, y dígale también que se apresure.” Sugirió más bien terminantemente mientras sacudía la cabeza. Entonces le guiñó un ojo, volvió a sonreír y le dio un abrazo rápido y efusivo para luego voltearse en dirección a la puerta y desaparecer en un pestañeo.
Hiva arqueó ambas cejas, sorprendida, para luego sonreír, tanto conmovida como asombrada. Conmovida por la dulzura del niño que desde hacía poco se había vuelto parte de su vida; asombrada porque aún no terminaba de maravillarle lo que para su nueva familia eran labores cotidianas. Objetos que se movían con solo desearlo, presencias que aparecían y desaparecían en la distancia y cercanía, palabras que no necesitaban de una voz para ser pronunciadas. Ella, desde que había aprendido de Mu hacía tantos años que eso también era parte de su naturaleza, se había propuesto desarrollar sus habilidades, y las dominaba a cierto nivel, pero no era aún comparable con lo que ellos lograban hacer con tanta facilidad: siempre parecía haber una forma alternativa de realizar hasta las tareas más simples y por supuesto que le eran desconocidas hasta presenciarlas. Pese a esto, estaba convencida de que no habría lugar más correcto y “normal” en el mundo para ella que aquí, junto a la familia que siempre había soñado. Bajó entonces la mirada hacia su vientre y lo recorrió con una mano cariñosa.
“¿Tú también serás así de animosa, pequeña?”- pensó en voz alta, tratando que sus palabras envolvieran a la diminuta presencia que había aprendido a reconocer dentro de sí. Un gesto apacible suavizó sus ya gentiles facciones y suspiró, regocijándose en el sentimiento de plenitud que la invadía. Tres meses ya. El tiempo parecía fluir tan rápidamente.
Permaneció un momento así, hasta que los aromas provenientes de la cena siendo preparada le llamaron. Se puso de pie, llevando consigo el pequeño alhajero de madera que había tenido en su regazo todo este tiempo. Con delicadeza lo depositó en su tocador, dándole un lugar especial en él, y le dedicó un último vistazo alegre antes de salir de la habitación.
La sonrisa no había abandonado sus labios cuando entró por el marco de la puerta de la cocina. Él, que tenía las manos ocupadas meneando el estofado en el fuego de la estufa, miró por sobre su hombro para saludarla al escuchar sus pasos. La sonrisa de ella se le contagió de inmediato, y con la mirada, preguntó qué es lo que la había puesto de tan buen humor.
“Kiki. Me regaló un alhajero que hizo él mismo. Le talló mi nombre y un patrón floral hermoso.” Comentó ella, su gesto emocionado.
“Tiene manos hábiles,” dijo él manteniendo la sonrisa, para luego volverse de nuevo hacia la cacerola humeante, “desde pequeño le ha gustado grabar figuras en madera. Practicaba con las gubias del taller sobre las cajas de provisiones.” Volvió de nuevo el rostro hacia ella, invitándola a acercarse. El cucharón del estofado ligeramente elevado, expectante. “Desafortunadamente, no llegó a practicar en tales materiales sino hasta después de decorar sobre toda superficie de madera que encontrara a su paso en la torre de Jamir.”
Hiva alzó las cejas al escuchar la pintoresca anécdota con la inflexión curiosa que hizo él en la última parte y soltó una risita imaginando la escena: Mu corriendo tras el inquieto niño para que no fuera a dañar alguna reliquia antigua e invaluable en pos de su arte.
“Ah, es un muchacho brillante, no hay duda de eso.” Concluyó entre risas. “Y no es para menos, veo mucho de su maestro en él,” agregó luego de recobrar la compostura. “No es de sorprender el profundo cariño que le guarda su pequeño, Mi Señor.” Se desplazó ligeramente, hasta llegar al lado del ariano para probar el guiso que él le ofrecía.
“Dentro del cofre también estaba una carta que escribió para mí.” Comentó sin mucho miramiento para luego bajar la vista y, con una mano, apenas guiar la punta de la cuchara hacia su boca.
Mu arqueo una ceja.
“Mmmm, delicioso.” Ella ofreció como respuesta, notando su curiosidad, pero demasiado ocupada degustando; el sabor del Shaptse abriéndole el apetito. Él ladeó la cabeza despacio, todavía esperando a que elaborara, aunque el tema que le intrigaba ahora no era la sazón del guiso.
La mujer, traviesamente, pellizcó un pedacito de verdura para masticar y entretener su apetito un poco en lo que se decidía a responder.
“Me ofreció palabras gentiles de bienvenida y aprecio. Pero… las más bellas fueron las que lo mencionan a usted.” Confesó Hiva, titubeante, luego terminar el bocadillo y guardar un silencio corto, como si no estuviera segura de poder seguir el comentario. La carta de Kiki la habían conmovido tanto que incluso al repasar su contenido mentalmente, un par de lágrimas de felicidad comenzaban a acumularse en sus ojos.
Luego de años de espera sin contemplar nada a cambio, de resguardar algo intangible a la distancia, de pensar que no habría manera de hacer más por aquél que le significaba tanto, de incluso llegar a resignarse ante su pérdida; los sentimientos y observaciones expuestos por el joven pelirrojo le aseguraban de manera simple y tajante que todo había valido la pena, y eso la llenaba tanto de júbilo como de un orgullo humilde. Con voz baja para combatir un poco lo afectada de ésta por la emoción, trató de repetir eso que Kiki le hizo saber y que era de vital importancia para ella: “Él comentó que… en toda su vida, nunca había visto a su maestro sonreír tan frecuentemente. ‘Usted lo hace muy feliz. Muchas gracias por eso…’ dijo…y…” con esfuerzo logró terminar la frase; la voz ya no le obedecía, estancada en un nudo dentro de su garganta.
“…yo…oh.. perdóneme… ” intentó excusarse sin éxito al llevarse una mano a los ojos, entre risas nerviosas, limpiándose las lágrimas que no podía controlar y que a pesar de ser muestra de su alegría, le abochornaban al no ser capaz de expresar tales sentimientos con mayor entereza y elocuencia. En otro momento tal vez lo habría logrado, pero no ahora. No cuando los milagrosos cambios en ella y en sus alrededores la hacían sentirse más viva que nunca.
Mu regresó el utensilio de cocina a la cacerola con un refinado movimiento de la mano y se giró hacia la mujer, aguardando quedamente a que Hiva le devolviera la mirada. Entonces, al ella levar la vista y encontrarlo, el ariano amplió su sonrisa, ofreciéndosela sin reparos, para luego hacer con la cabeza una genuina y ceremonial reverencia destinada a su compañera, la cortesía extendiéndose por largos segundos. Las palabras de su alumno eran por completo acertadas. ¿Cómo no sentir la gratitud más profunda por aquella que tan desinteresadamente velaba por él, le prodigaba ternura sin límites y cuya felicidad más simple provenía de arrebatarle momentos de alegría a aquellos que le eran estimados? Un ser de una dulzura sólo comparable con la admirable fortaleza de sus convicciones.
Se enderezó cuando la escucho hipar débilmente; sus sollozos sigilosos confundiéndose entre risitas casi mudas; hilos brillantes resbalando por sus mejillas y enmarcando una sonrisa temblorosa. Fue entonces que la acercó hacia sí en un abrazo reconfortante: los dedos de una mano acicalando el cabello rubio cenizo mientras con la otra frotaba la angosta espalda con el fin de calmar sus agites involuntarios. Hiva aceptó las atenciones con agrado, escondiendo el rostro en los ropajes de él y encogiéndose entre los afectuosos brazos y caricias, como una niña bajo el resguardo amoroso de su guardián protector.
La tranquilidad los envolvió tras momentos de un silencio casi absoluto, apenas entrecortado por el bullir de los alimentos y las respiraciones serenas de ambos cuando -
“¿YA ESTÁ LISTA LA CE- ay… perdón, jejeje”, entró Kiki corriendo por la puerta para encontrarse con la escena que acababa de interrumpir, aunque no por eso la discreción y el sentido común habían ganado en su fuero interno. Se quedó ahí plantado viendo, la lengua de fuera y una mano rascando su nuca, algo apenado, si acaso un poco sonrojado, pero no lo suficiente como para devolverles el momento de privacidad. “Les quería decir que ya está todo listo en la sala. ¿Si vamos a comer ahí? Puse las mesitas de té y los cojines para ver las películas en el sofá. ¿Les ayudo a llevar todo?”
Mu estuvo a punto de reñirlo, no tanto por la interrupción como sí por la impertinencia, su rostro mostrando desaprobación al desplante escandaloso del muchacho, pero Hiva, quien ya había limpiado sus ojos y se apartaba de los brazos de su compañero, lo interrumpió para contestar ella misma a las preguntas del joven aprendiz.
“Si Kiki, por favor. ¿Podrías poner la vajilla allá? El Shaptse está listo, solo debemos dejarlo enfriar un poco. Además, aún nos falta encontrar esas galletas que decías.”
“Ahhh. Está bien, Hiva, ¡llevo los platos entonces!” Sin más, desapareció de la puerta para reaparecer frente a la alacena, tomar los objetos que necesitaba y desaparecer de nuevo, presumiblemente, regresando ahora a la sala.
Hiva rió por lo bajo y se volvió hacia Mu para elaborar sobre la idea. “Kiki trajo e instaló su sistema de teatro en casa porque hace unas semanas que platicábamos sobre historias favoritas, le comenté que tenía curiosidad por ver algunas películas animadas que él mencionó y muy amablemente recordó eso para cumplirme el capricho hoy en mi ‘fiesta de cumpleaños’. Se suponía que eso venía a avisarle, Mi Señor. ¿No le molesta?”
“En absoluto,” afirmó él, inclinando la cabeza para luego mirarla amablemente, “es una actividad que usted desea realizar.” Acotó entonces, jugando con un bucle dorado que caía sobre el hombro de ella, causándole una ligera y risueña sonrisa. Pasaría por alto la impertinencia de su alumno debido a la generosidad de sus intenciones, aunque hablaría con él luego por esto de interrumpir tan estrepitosamente. Ya debería entender que se suponía debía comportarse con más propiedad a su edad.
La cena fue algo diferente a las que solían hacer siempre en el comedor estando los tres juntos. Usualmente, luego de la merienda, en la que conversaban sobre cualquier cosa, Mu se encargaba de limpiar la mesa, los trastos, y terminaba los quehaceres o asuntos pendientes del Santuario mientras Hiva atendía el huerto que habían plantado a un lado de la casa. Terminando estas labores, se encontraban al frente de la puerta principal para pasar la tarde retozando entre la hierba y el campo de flores cercano al arroyo que corría no muy lejos de su hogar, disfrutando de las últimas horas de luz y las primeras estrellas de la noche en compañía uno del otro. A veces Kiki los acompañaba, pero era demasiado inquieto como para permanecer en el mismo lugar por más de media hora. Prefería entrar a la casa y ocuparse en el taller con algún proyecto o explorar en las laderas del valle.
Esta vez, luego de terminar con los aperitivos y el plato fuerte, sentados relajadamente en el sofá, comentaban alegres las ocurrencias de los personajes en pantalla, principalmente Hiva y Kiki, quienes parecían estar más interesados en sus pláticas y en picar golosinas y galletas que en poner atención en algunas secciones de las películas. De todas maneras, si algo de importancia era pasado desapercibido, Kiki hacía la explicación correspondiente al ya haberlas visto antes.
Magos, hechizos, puertas que desafiaban las leyes de la física, jóvenes aprendices y criaturas mágicas aliadas a los protagonistas. Tanto la joven mujer como el muchacho pelirrojo parecían estar encantados con la velada. Mu por su parte guardaba silencio y observaba, no tan inmerso en las narrativas, pero sin duda complacido por el sonido de las armoniosas y animadas voces de su familia.
En algún momento, habiéndose terminado los bocadillos, el hombre se levantó de su asiento para preparar un postre rápido de yogurt con frutas a los contentos espectadores, quienes ahora miraban una serie animada con niños protagonistas. Hiva parecía haberse enganchado de inmediato con los personajes y no separaba la vista de la pantalla, aunque comía su personalizado postre con gusto. Mu había añadido ingredientes extra para satisfacer el peculiar paladar característico de la mujer los últimos meses y Kiki prefería no imaginar a qué sabía, entre lo extremadamente dulce de las chispas de chocolate y la mermelada de manzana con canela, como lo extraño de las minúsculas albóndigas cocidas y los trozos de calabaza revueltos junto a todo eso. En realidad esa era la razón por la que no habían preparado un pastel dulce para ella y en cambio habían optado por sabores más salados o agridulces para el menú de la tarde. Hiva los parecía favorecer mucho más.
Un par de horas después, el televisor se apagó, pues había consumido casi por completo las reservas del generador solar dispuesto en la casa, dejando a los tres apenas con una luz tenue encendida en la pieza. Habrían de hacer uso de lámparas de aceite por el resto de la noche.
No suponía eso ningún inconveniente de cualquier manera. Mu podía notar que su compañera se había quedado dormida hacía una media hora antes, recargada en su hombro, y Kiki, yacía desparramado sobre una de las orillas del sofá, el estómago inflado por tanto comer y un curioso ronquido acompañando el subir y bajar de su pecho. El ariano enarcó una ceja y sacudió la cabeza ante la condición de su pupilo, más bien entretenido. Se permitió bostezar muy quedamente para luego volver su atención hacia la mujer dormida. La notaba radiante, serena, tanto así que le apenaba tener que despertarla. Acercó una mano al flequillo de Hiva para reacomodarlo, quitándoselo del rostro en un reflejo casi mecánico; le agradaba la sensación exquisitamente fina del cabello ondulado de ella entre sus dedos.
Las largas pestañas oscuras de Hiva revolotearon lentamente al percatarse de los mimos recibidos para entonces abrir así sus ojos. El sueño siempre le había sido ligero.
Enderezó la espalda y bostezó brevemente, cubriéndose el rostro con una mano mientras percibía sus alrededores. Ya se escuchaba el canto de algunos pocos grillos restantes en oscuridad al exterior de la casa. El clima comenzaba a cambiar, dejando de lado el agradable y cálido verano para traer en su lugar las noches frescas del otoño entrante.
Justamente entonces, una brisa más bien fría se coló por una de las ventanas abiertas haciendo que Hiva tiritara y, aún un poco adormilada, se encogió sobre ella misma, buscando calor. Sin embargo, unos segundo después, sintió una manta afelpada colocarse sobre sus hombros. Mu ya se había puesto de pie, y luego de cubrirla a ella con uno de los kadian de la sala, tomó otro y lo desdobló también para extenderlo sobre su durmiente aprendiz, quien entre sueños, balbuceaba sobre algún tipo de competencia para declarar quién poseía el momo supremo al que todo mundo debía reverencia.
Los dos adultos no pudieron evitar un par de risas al escuchar las incoherencias del muchacho, mas luego de eso, el silencio volvió a hacerse presente, salvo por la ventana que anunciaba la entrada de otra ráfaga de aire. Extendiendo una mano hacia ella, Mu la cerró a la distancia y, acto seguido, comenzó a reunir los remanentes de la cena para llevarlos a la cocina.
“Espere. Le acompaño,” aventuró Hiva, poniéndose de pie y encendiendo una lámpara colocada en el repisero de la sala apenas vio a Mu caminar en dirección a la oscuridad del pasillo que lo llevaría a la cocina.
Una vez ahí, colocó la fuente de luz en la mesa al centro de la pieza, y mientras Mu terminaba de lavar y reacomodar los trastos en la alacena, Hiva se dispuso a calentar agua en la tetera para preparar té.
Esperando a que estuviera listo, se sentó a la mesa, observando con la ligera iluminación de la lámpara los juegos de luz y sombra que se formaban en el perfil y sobre la pálida y lacia cabellera del hombre al éste caminar de un lado a otro. Se le quedó mirando, embelesada, como si cada segundo teniéndolo cerca fuese una experiencia nueva y milagrosa. Y así era para ella: atesoraba cada momento como si fuese un regalo.
De pronto, sus pensamientos derivaron a un comentario que Kiki había hecho esa misma mañana. El chico había mencionado algo intrigante: “Mi Maestro ya consiguió su regalo, pero es secreto. Por eso, no le diga que yo le dije. Sólo espere,” sugirió y con los dedos había pretendido sellar sus labios para señalar que ya no diría más.
Hiva había tomado el comentario más bien con curiosidad, pero sin dedicar mucho tiempo en tratar de descifrarlo. Los regalos de Mu solían ser sencillos pero con significado. Todavía guardaba celosamente las pequeñas cuentas de coral y jade que él le había conseguido cuando pequeño; las distinguidas cartas que en el pasado le había escrito; la cuchillas y herramientas que él mismo había diseñado y decorado para ella, así como también recordaba los postres deliciosos que le había cocinado siempre que la oportunidad se presentaba.
No podía imaginar de qué hablaba Kiki. Tal vez se había confundido y a lo que se refería era a la cena que tan cuidadosamente había sido planeada para ella. Pero eso no había sido ningún secreto. Ella fue consultada de antemano para cada uno de los ingredientes.
Seguía inmersa en sus conjeturas tanto así que no se dio cuenta del momento en que Mu se acercó, colocando frente a ella su tazón de té vacío, y, al alzar la vista de la mesa hacia él, lo encontró sosteniendo entre sus manos una botella alargada de madera oscura, la cual le ofreció cortésmente con una ligera inclinación de cabeza.
Hiva parpadeo un par de veces, confundida, pero, en acto reflejo un par de instantes después, tomó la vasija de las manos de su compañero. ¿Podría ser…? Pensó tentativamente al abrir la tapa del recipiente y así corroborar su suposición: Chaang. El aroma característico de la bebida llegando a su nariz de golpe.
Volvió su rostro hacia Mu, sorprendida tanto como confundida, para luego regresar los ojos a la botella, con cierto anhelo. Mu había prestado atención, como era costumbre. Las últimas semanas ella había mencionado entre bromas que lo único que extrañaba ahora era el beber su tazón matutino del agridulce licor, especialmente porque, al parecer, era uno de sus antojos más fuertes, más allá del yogurt con albóndigas y las galletas de almendras.
“Se lo agradezco tanto, Mi Gentil Señor… pero… no debo. Podría hacerle daño a la pequeña.” Sonrió un poco resignada al bajar la botella y colocarla sobre la mesa.
“Está usted en lo correcto, Señora Mía. No es propicio que ingiera bebidas alcohólicas en este momento,” aclaró Mu, tomando el recipiente vació y derramando en él el contenido de la botella hasta bordear el límite con el líquido. “Sin embargo, eso no significa que no pueda catar su deje por algunos segundos.” La miró con una sonrisa cómplice y permisiva.
“¡Oh!” exclamó ella al considerar la opción, pero no tardó mucho en recobrar su aire prudente. “No, en realidad no debería. No creo que sea capaz de contenerme de beberlo, Mi Señor. Además, no sería correcto de mi parte el desperdiciar el Chaang de esa manera.”
Hubo una pausa corta.
“Mmm, ya veo,” sopesó Mu, considerando las palabras de su compañera; una mano sosteniendo su mentón. Hiva le miró, para luego, bajar la vista y fijarla en algún punto de la mesa, realmente apenada. La negativa que daba al regalo le pesaba enormemente.
“En ese caso…” interrumpió él los pensamientos cabizbajos. Tomó para sí el tazón y sin previo aviso, lo llevó hacia su boca, no sin antes hacer un brindis breve.
“A su salud, Señora Mía.”
“¡Mi señor Mu!” Inhaló sorprendida y lo miró beber el tazón entero, saboreándolo con expresión ilegible.
“P-pero usted… el alcohol…” balbuceó desconcertada. Una cantidad así era suficiente para intoxicarlo por un par de horas y sabía bien que no era de su gusto particular el sufrir las consecuencias de la deshidratación al día siguiente por ello.
Mu, entonces, depositó el tazón de nueva cuenta sobre la mesa y se inclinó, su rostro tentadora e incitantemente cercano al de ella. Retiró un mechón de cabello que caía por sobre su hombro, esparciéndose sobre la mesa, y, reacomodándolo tras su oreja, entabló el diálogo silencioso con su mirada encajada en la de ella.
Las facciones de Hiva se tornaron de un tono rosado profuso y sus labios se entreabrieron ligeramente, ávidos ante el ofrecimiento. Esa fue la señal.
El ariano, sin ápice de duda, colocó sus labios, aún húmedos por la bebida, sobre los de ella, permitiéndole robar las gotas remanentes a su antojo con roces ligeros.
No mucho después, la ofrenda debió ser presentada más concisamente, pero fue él quien decidió la cantidad a ser degustada. Ondulaba entre permitirle explorar con total libertad y restringirle el acceso, arrebatándole la musicalidad de gemidos tanto ansiosos como satisfechos, acompañados entonces de dedos inquietos que se enrollaban entre sus cabellos y tomaban las orillas de sus ropajes en puños demandantes al disfrutar del dejo agridulce de su boca.
Cuando la dádiva sacra* fue al fin entregada por completo, volvió a incorporarse, no sin antes frotar su frente con la de ella, aprovechando ambos los instantes del gesto para recuperar el aliento.
Risas quedas siguieron a continuación, sin desenganchar sus miradas.
“¿Ha sido de su agrado, Mi Señora?” preguntó retóricamente, una sonrisa pícara muy característica de él que ella conocía bien.
“Podría acostumbrarme a libar chaang de esta manera, si no le importa.” Hiva apostilló traviesamente también, “…aunque ahora temo que más tarde tendré que vigilarle para evitar que trepe por las paredes y camine por los techos, Mi Señor.” Agregó con animosidad juguetona.
Mu se sonrojó ante el comentario y desvió la mirada por una fracción de segundo para contestar luego de encogerse de hombros, regresando a él la sonrisa desvergonzada. “En su nombre, siempre valdrá la pena el bochorno de repetir tal falta de autocontrol.”
Hiva enarcó una ceja. “¿Repetirlo?”
El Santo de Aries guardó silencio. Su respuesta fue un sigiloso y ligero beso en la frente de su amada.
“Kye kar la tashi delek shyu, Hiva la.”
——
Shaptse: estofado de carne con verduras
Kadian: tapete tejido que se usa como cojín o cubrecama
Chaang/chang: bebida fermentada a base de cebada o arroz muy ampliamente utilizada. A veces con motivos ceremoniales y religiosos. *“Néctar de los dioses” es un epíteto común (y por lo que Hiva se niega a desperdiciarla). El sabor se dice que es parecido al Ale occidental.
- y sobre la ocasión repetida
སྐྱེས་སྐར་ལ་བཀྲ་ཤིས་བདེ་ལེགས་ཞུ།
kye kar la tashi delek shyu - Felicitaciones y buenos deseos con motivo de su natalicio.
Le borregos mas o menos en estos momentos discutiendo sobre las dichosas vacaciones cortesía de don Pose:
Mu:
*sentado es el jardín afuera de sunueva la casa, pensativo*
Hiva: *Se acerca y se sienta a un lado* ¿Sigue preocupado por el evento, mi señor? *una pausa tentativa* ¿Hay posibilidades de que estalle algún conflicto grave?
Mu: *sin verla, niega con la cabeza luego de un silencio* Eventos diplomáticos como éstos se han organizado entre los reinos rutinariamente para limar asperezas, últimamente. No supongo que ocurra nada más que algún roce personal e irrelevante entre las huestes por diferencias nimias. *una pausa* Sin embargo… la duración del evento…
Hiva: Dos semanas.
Mu: Dos semanas importantes. No querría dejarle sola por tiempo tan prolongado. Al menos creí que Kiki podría quedarse a hacerle compañía, pero su nombre está en las listas del evento también.
Hiva: *alisa las arrugas en la chuba que lleva amarrada a la cintura. Sonríe* Su pequeño se ve muy entusiasmado por ir a la playa. Invitado o no, sería mejor que lo llevara con usted. Si no hay peligro, el disfrutar de un momento de esparcimiento no tiene por qué desaprovecharse. Además, estaré bien, son sólo dos semanas.
Mu: … si estuviera en mis manos… pero las listas de invitados son estrictas.
Hiva: No me atrevería a pedirle nada de eso, señor. ¿Pero puede hacerme un favor?
Mu: *arquea una ceja y la mira confundido*
Hiva: Kiki me dijo que usted le encomendó conseguir las vestimentas que requerirán en la playa, así que…
Advertencia: Contiene melosidad, drama y moeness en cantidades desfachatadaz, además de horrible estilo narrativo, but what else is new. O al menos así lo siento yo, pero no me arrepiento :P
Lean bajo su propio riesgo. Mi crackTP es mi OTP forevah and nothing hurts. Bueno de hecho todo duele pero vale la pena, creo. AAH!!!!
Ahora no les pongo notas sobre algunas cosas porque me da flojera, pero las aldeas de niños son ciertas, los problemas de empleo son ciertos, y el drama que evitaron está tan ligado a la política que le saqué la vuelta pero luego lo trataré como se debe.
Esto es pura dinámica familiar y there you go.
Tres de la madrugada y la lámpara de su taller seguía encendida; podía ver el haz de luz que provenía de la escalera, la cual conectaba ambas habitaciones. Algo importante debía estar ocupándola.
Él había fingido no darse cuenta, esperando que regresara en un par de minutos, sin embargo, los minutos se transformaron en horas y ella aún no volvía. Se puso de pie en dirección a la planta baja.
Al escuchar los claros pasos descalzos de su compañero haciendo crujir las tablas de madera, de inmediato se dirigió a él, pero sus ojos seguían soldados a su escritorio.
“Oh, lamento haberle despertado, no era mi intención. Vuelva a dormir por favor.” Su voz cansada y algo adormilada le respondió; la pluma que sostenía en una mano golpeteando su barbilla. Tal vez eso alejara el sueño.
Él la miró a la distancia, sacudió la cabeza y continuó su camino hacia ella despacio, depositando luego sus manos, tibias y firmes, sobre los hombros tensos de ella, el contacto haciéndola enderezar la espalda mientras él se inclinaba hacia adelante para robar un vistazo de aquello que la mujer estudiaba con atención. Apenas leyó las primeras líneas, enarcó una ceja, curioso “¿Solicitud de empleo?”
Hiva se recargó en el respaldo de la silla, levantando la vista para encontrar la mirada inquisitiva de su consorte, acariciando una mano de él con la que ella tenía libre. “Los hijos de Lahmo regresaron de India hace un par de meses, mientras no estábamos. Han tenido problemas para adaptarse a las condiciones de trabajo aquí. Para todo es requisito que sepan hablar Chino y han estado estudiando el idioma apenas llegaron, pero escribirlo…”
Él dio un nuevo vistazo a la cantidad de papeles y los nombres en ellos, conocía un par. Como vecinos de Hiva, ella los había cuidado algunas veces antes de que su madre los enviara a las Villas de Niños en India, hacía ya muchos años. Les tenía un cariño muy profundo al haber sido lo más cercano a una familia para ella mientras vivía sola. “Tenía la noción de que los hijos de la mujer eran tan solo dos.” No iba a dejar acallada esta observación, ya temía la respuesta.
Ella dudó un segundo “…Los amigos que hicieron el viaje de regreso con ellos se enteraron de la ayuda que recibirían para el llenado de los formularios…”
Silencio.
Las miradas de ambos se entrelazaron, oscuras, suplicantes pero al mismo tiempo retadoramente inflexibles. Ya habían abordado temas de ésta índole muchas veces antes y no sería la última vez que lo hicieran, pero iniciar una discusión sabiéndose ambos fatigados no sería conveniente para ninguno. Fue él quien cedió en esta ocasión, volviendo la mirada nuevamente a los papeles sobre la mesa de trabajo y conteniendo un suspiro que obviaría su verdadero sentir.
“¿Puedo serle de utilidad? Necesita descansar; si gusta yo terminaré de llenarlos. ”
La respuesta de ella se quedó en su garganta cuando un golpe seco se escuchó en el piso de arriba, seguido por un par de gemidos débiles que dieron paso al llanto que los dos conocían, entre el estrépito de pesados objetos cayendo con fuerza al suelo.
“¡P-PA PAAAAAAAAH!”
Hiva apenas se había puesto de pie en un salto cuando Mu ya había desaparecido del taller. Ella corrió escaleras arriba para darle alcance hasta llegar a la habitación de la niña, donde encontró a su pequeña llorando aferrada a los brazos de su padre. Se deslizó hacia ellos evitando los objetos esparcidos en el piso y apenas la tuvo a su alcance, le acarició la cabeza para tranquilizarla, o más bien tranquilizarse ella misma; sus ojos angustiados buscando respuesta en los de Mu, quien parecía sereno. Así respondió él, solemne, mientras seguía frotando la espalda de la bebé, reconfortándola.
“Tuvo una pesadilla y despertó de improvisto. Al parecer levitó de su cama mientras dormía.”
“¡¿No se lastimó?!”
“Nada grave. Un golpe en la frente. Llegó al techo. No podía bajar. ” Habló puntualizando, cualquiera diría que de manera despreocupada, pero Hiva notó de inmediato la intranquilidad de él en sus oraciones cortantes. La pequeña, en su intento por regresar al suelo había lanzado con psicoquinesia todos los muebles dentro de su cuarto. Él entendía la desesperación de su niña, después de todo, le había ocurrido lo mismo cuando pequeño y de manera repetida, con la diferencia de que, en su caso, había aprendido a vérselas por su cuenta al nadie acudir a su llamado de auxilio.
“Estará bien.” Agregó al notar que su compañera seguía pálida del susto. “Solo habremos de tomar algunas medidas en su habitación mientras transcurre esta fase.”
“Aún no se habitúa a los sonidos y ambiente de la ciudad…”
Mu no respondió a eso.
Beyul para entonces había dejado de llorar, un hipo rítmico siendo el único indicio de que aún seguía despierta. Hiva la tomó en brazos, arrullándola hasta por fin dejarla dormida. Luego dio un paso en dirección a la cama de la niña para arroparla entre sus cobertores pero fue entonces que el cansancio y la impresión del suceso cobraron estragos en ella, sintiendo como las piernas le flaquearon por completo.
“¡MU!” Alcanzó a llamarlo en un urgente hilo de voz al nublársele la vista.
—
Despertó en su propia cama, Beyul acurrucada a su lado, Mu velando el sueño de ambas; el rostro del hombre apacible pero su mirada sumamente consternada. Hiva se incorporó pesadamente, sentándose apoyada en las almohadas, aún sentía el cuerpo débil.
Y es que cuando por fin logró convencer a Mu de que volvieran a la casa que ella tenía en Tíbet, de inmediato empezó a trabajar sin descanso para reacondicionar el espacio destinado a Beyul, reactivar su negocio al hacer tratos con nuevos clientes y poner en orden mil cosas que había dejado pendientes, entre ellas, recuperar el contacto con los conocidos en su vecindario, quienes al verla llegar acompañada por su hija no tardaron en aparecer a su puerta con buenos deseos , obsequios y bendiciones para la salud de la niña, para ella y la prosperidad de su matrimonio. Mu tomaba todo esto con extrañeza pero no le molestaba, aunque prefería permanecer tan solo unos minutos con las visitas para luego excusarse y ocuparse nuevamente en las mejoras del lugar o llevarse a Beyul a jugar al piso de arriba; tenía tan poco tiempo disponible para estar con ellas.
Por supuesto que el matrimonio no se había llevado a cabo en un templo, por lo cual no había habido una fiesta a la que sus amistades pudieran haber asistido. Había sido más bien un intercambio de votos entre ellos en una ceremonia privada e íntima, siguiendo las costumbres de sus ancestros según los libros que Mu poseía; parte del legado único de aquella cultura extinta a la que ambos se aferraban con sentido de pertenencia. Y no obstante, no era tan necesario esto tampoco. Ya muchos años atrás, cuando su vida juntos parecía un destino imposible, habían decidido jurarle devoción uno al otro a pesar de nunca ser capaces de completar sus votos y formar una familia.
Pero aún contra toda probabilidad, lo habían logrado y la pequeñita durmiendo ahora entre ellos era la prueba de su compromiso, un regalo viviente de aquel origen del que ambos estaban tan orgullosos.
“Hiva…” La arrebató de sus pensamientos la voz grave de él, el tono conocido, el uso de su nombre propio pronunciado tan solo en dos ocasiones específicas, esta vez indiscutiblemente con un significado no tan afectuoso como imbuido con la intención de llamar su atención, sin duda preocupado.
“Temo pensar que el haber decidido regresar a la ciudad sea en cierta medida contraproducente a la salud de ambas, Señora Mía. Tal vez hubiese sido preferente y sensato tomar con un poco más de prudencia el cambio a este nuevo estilo de vida. No deseo más que su bienestar, lo sabe, ustedes son mi prioridad.” Dijo él, su mirada clavada en la de ella. Había estado por tanto tiempo receloso de dejarlas volver a la ciudad, una infinidad de razones de por medio, mas Hiva era insistente; una criatura que necesitaba serle de utilidad a otros para sentirse completa y a la que la soledad del retiro afectaba enormemente.
“…en dos días termina el permiso que le ha otorgado el Santuario en esta ocasión para que usted permanezca con nosotras…” Fue su respuesta. No quiso decirlo, escapó de sus labios sin pensar pero a pesar de entender las razones, el sentimiento seguía ahí, latente. Dentro de su cabeza los pensamientos racionales se mezclaban atropelladamente con sus sentimientos. Volteo de inmediato hacia él, al darse cuenta de lo que había dicho y notó con amargura como él bajaba la mirada y apretaba los labios. El corazón se le hundió a los pies como plomo cuando lo vio desaparecer frente a sus ojos en un destello de luz.
Escondió la cara entre sus manos, sus labios temblando. Por todos los dioses ¿qué estaba haciendo? Sabía bien que eso era un pesar con el que Mu lidiaba por su propia cuenta como para recordárselo ella misma. ¿No se había jurado esforzarse para hacerle llevadera esa carga y evitarle la miseria que le ocasionaba? Hiva entendía que su deber como Santo era parte intrínseca de su persona, y lo había aceptado siempre de esa manera. Si, ella también padecía su ausencia, pero cuando lo tenía a su lado, el hacía todo lo posible por compensar el tiempo perdido a la mayor de sus posibilidades. ¿No era eso más que suficiente?
El sonido lejano de trastos en la cocina la volvió a la realidad y le anunció hacia donde él se había dirigido, a donde había huido, cauteloso de no hacer mucho ruido. Con un suspiro pesado, Hiva arropó a Beyul entre los cobertores, le dejo un beso amoroso en la rosada mejilla y se puso de pie, cuidando su balance luego de comprobar que los efectos de la fatiga habían cedido un poco.
Al llegar al lugar, se quedó inmóvil y algo nerviosa en el marco de la puerta, observando a Mu mientras él preparaba algo, al parecer té, el cual sirvió con cuidado en un tazón. Él alzó la vista cuando se percató de la presencia de Hiva, su expresión ilegible.
“No debió haber bajado, señora. Justo ahora me dirigía de vuelta a la habitación. ” Tomo el tazón entre sus manos, de nueva cuenta desviando la mirada. “Se le ve agotada, pensé que un poco de té…” No dijo más. Hiva lo notó de inmediato, sabía advertir cuando él trataba de ocultar las extrañas ocasiones en que su voz comenzaba a quebrarse y el que evitara mirarla lo comprobaba; sus palabras, descuidadas y no exactamente mal intencionadas, le habían herido.
Respiró hondo y caminó hacia él.
Al estar frente a frente, le retiró el tazón de las manos y con cuidado lo depositó nuevamente sobre la mesa para luego obligarlo a mirarla a los ojos, como hacía cuando de pequeño le veía alguna tristeza escondida de la que no quería hablar. En el momento que por fin él le devolvió la mirada, ella pudo entonces ver en sus ojos esmeraldas lo que temía: lágrimas no derramadas llenas de aflicción, remordimiento y culpa. Hiva apretó los labios con fuerza y lentamente comenzó a rodearlo con sus brazos, escondiendo su rostro en el pecho de él al completar el abrazo. Su olor nostálgico de lavanda y avellanas, el latir de su corazón resonante, seguro y tranquilizante y su respiración profunda le dieron la fuerza para hablar a pesar de que sus labios temblaban y eran ahora sus ojos los que se llenaban de lágrimas.
“Tenerlo entre mis brazos es mi mayor alegría, Mi Señor. Si es por tan solo un instante o una eternidad, no importa. Me ha bendecido con su presencia de tal forma que ni mil vidas llenas de alegrías podrían igualar la dicha que siento ahora.”
Apenas dicho esto, Hiva comenzó a sollozar, asiéndose a él con mucha más fuerza en su intento por calmar los agites de su propio cuerpo así como para evitar que él se desvaneciera de sus brazos.
Mu entonces, al principio sorprendido por la reacción de ella, al entender sus palabras, le regresó el abrazo con igual intensidad. Hundió su rostro en los cabellos ondulados de Hiva y se permitió derramar las lágrimas que había contenido obstinadamente. Siempre temiendo no ser lo que ella y la pequeña Beyul necesitaban; temeroso de, en su afán por protegerlas, restringirlas, pero principalmente, aterrorizado de haber tomado la decisión incorrecta al poner su deber antes que a su familia a pesar de que en su corazón esto no podía estar más alejado de la realidad.
Transcurrieron largos minutos sin que ninguno de los dos se moviera o pronunciara palabra alguna, hasta que el reloj de la sala sonó marcando las 6 de la mañana. Dentro de nada habría que comenzar el día y ninguno de los dos creía tener la fuerza suficiente para afrontarlo.
Hiva sugirió algo entonces, habiendo recobrado la compostura de su voz.
“ Mi Señor, ¿qué le parece si nos tomamos un par de días libres? No abriré el taller, ni contestaré llamadas; tampoco recibiremos visitas. Adecuaremos la habitación de Beyul y pasaremos el día los tres juntos. Eso es todo.”
Él sonrió, un tanto melancólico, pero la idea de Hiva le parecía esplendida y le había hecho recuperar el ánimo lo suficiente como para intentar bromear. “Lahmo, sus hijos y los amigos de sus hijos no estarán muy complacidos con eso.” Dijo entonces, su inflexión delatando un poco de malicia juguetona. Hiva percibió el ánimo de él por aliviar la tensión también, así que siguió el juego, después de todo, era justo el comentario.
“Ah, tiene razón. Una promesa es una deuda adquirida. Bueno, en ese caso, Mi Señor tendrá que ayudarme con esos formularios para terminar pronto y así Lahmo y compañía no se vean en la necesidad de importunar alguna actividad pendiente entre nosotros, ¿cierto?”
“Considérelo hecho, Señora Mía.” Respondió el con una risa baja, mientras Hiva lo tomaba de la mano guándolo en dirección al taller. Llegando ahí, él la detuvo en seco, un poco más serio y recobrando su aire ceremonioso.
“He estado hablando con Kiki. Su desempeño al cubrir mis actividades mientras permanezco aquí ha sido sobresaliente. Es… una posibilidad que he de discutir con su Santidad una vez que regrese al Santuario. Podría traducirse en periodos más largos en los permisos que me son otorgados y, tal vez…”
Hiva le apretó las manosy guiándo una con la suya propia, la llevó hasta su pecho, mientras ella depositaba la que tenía libre sobre el pecho de él. Entonces lo miró nuevamente, determinación en sus ojos. “Lo que sea que el destino señale para nosotros de ahora en adelante, Mi Señor, será fuente de inmensas bendiciones, pues así lo hemos decidido. La voluntad de estos corazones no cederá ante nada.”
Mu no dijo nada, tan solo asintió, una sincera sonrisa en su rostro.
Advertidos están. Esto es para mis camaradas agropecuarias, compartiendo nuestros crackships y sus crías. Favor de abstenerse si no es su cup of tea y eso.
Y como todo lo mio, es más drama que cute, así que ya saben a que se atienen aunque esta vez creo que estuvo más balanceado, pero horrible estilo narrativo anyway. KTHNX.
Beyul
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Hilos de seda en pálido lila plateado se asomaban de entre el pasto y las flores, revueltos por las brisas de la mañana.
La niña se encontraba tirada sobre el césped, boca abajo, sus manitas sosteniendo su carita regordeta mientras observaba detenidamente un caminito de hormigas, las cuales llevaban semillas y hojas de vuelta a su nido. Su carga era muchas veces más grande que sus cuerpos minúsculos, ¿cómo lo lograban? Ella podía hacerlo, pero sin tocar nada.
Tratando de demostrar esto a sus amigas las hormigas, volteó a sus alrededores y divisó una piedra grande cruzando el río, de esas que usaba su padre para entrenar. Se concentró en el objeto y empezó a hacerlo levitar algunos metros hacia ella entre risitas. Una voz serena la interrumpió entonces.
“Mi preciado cristal lavanda, por favor, no uses tus habilidades sin la guía de tu Señor Padre o de su alumno. Sabes que yo no puedo ayudarte en caso de un accidente. Ten cuidado.” Su madre le llamó la atención desde el pórtico de la construcción de piedra y madera, su hogar desde que se habían mudado a este valle escondido.
Hiva, aprovechaba la luz del sol para remendar los pantalones y blusas de la pequeña niña, quien a pesar de su carácter apacible, era de naturaleza curiosa y energética. Inclinó la cabeza de lado para apreciar mejor su trabajo e hizo una mueca. Nunca había sido buena con el hilo y la aguja; las puntadas necesarias para coser telas y pieles rígidas que ella conocía no servían en prendas delicadas como ésta. Se sentía más segura de su destreza si era acompañada por sus confiables buriles y martillos. Con ellos si podía atestiguar su habilidad para los detalles minuciosos. Suspiró, regresando las ropas dentro de la canasta a su lado y caminando en dirección a su pequeña. Tal vez debería dejar esto a su compañero, quien afortunadamente tenía mejor mano y mucha más experiencia en estos menesteres. Podrían mejor considerar confeccionarle ropitas de materiales más resistentes, algo que ella pudiera malear con más facilidad. Una hermosa pieza de cota de malla en oro y plata, por ejemplo, eso tal vez le duraría un poco más. Rio para sí.
Caminó hasta su pequeña y se sentó a su lado, acicalando el cabello lacio de la niña mientras esta le sonreía cándidamente. Era la viva imagen de él: la sonrisa amplia, los ojos brillantes e inteligentes; que decir de la habilidad innata y prodigiosa para dominar la telequinesia. Volvió a repetirle que dejara de jugar con el montículo rocoso, tocando la mano minúscula de la nena con la suya y señalando al objeto. “Puedes jugar con eso nuevamente cuando regrese tu Señor Padre, luz de estrella.” Obedientemente la niña siguió el consejo luego de parpadear un par de veces, para luego abrir los ojos, emocionada, mirando sobre el hombro de Hiva.
“¡Pha Lags! ¡Pha Lags!”*
Gritó entusiasmada, poniéndose de pie y corriendo a saludar al hombre que acababa de llegar, más bien, de materializarse. Al verla acercarse, el sonrío, una pequeña curva apenas visible en las comisuras de su boca, pero su entusiasmo era reflejado sin duda en sus ojos.
La levitó para recibirla con ambas manos, mientras la niña se deshacía en sonrisas y risitas, claras y agudas como campanitas de cristal. Después de colocarla sobre uno de sus brazos, acercó su rostro al de ella, rosando apenas su tersa mejilla con una mano para luego, cerrando los ojos y con un ligero tope de por medio, acariciar su pequeña frente con la propia mientras la niña le devolvía el gesto, tomando el rostro de él entre sus diminutas manos; ahora en completo silencio, pero con la sonrisa grabada en su carita.
Hiva observaba la escena a unos cuantos metros de distancia, la felicidad inundando su faz. Había seguido a la niña de inmediato al verla correr pero era considerada del espacio que requería con su padre. Contaba ya varios meses en su corta vida sin verle y la criatura lo extrañaba enormemente, preguntando por él cada noche. Por supuesto que ella misma también le echaba de menos, pero a comparación de su hija, estaba acostumbrada a la espera; sabía que valía la pena.
“Bienvenido a casa, Mi Señor Mu.” Dijo cariñosamente ella por fin, al notar que él levantaba la vista en su dirección, mientras su hija acurrucaba su cabeza en el espacio entre el cuello y hombro de su padre; sus bracitos rodeándole y buscando refugio entre sus largos cabellos, no queriéndose separar de él por temor a que fuera a desvanecerse en el aire como le era costumbre.
“Señora Mía, tiene a su siervo nuevamente a su disposición.” respondió él, serenamente, haciendo una reverencia ante ella, sus ojos destellando intensamente.
“Pa pha, ¿te quedas con nosotras?” Interrumpió la niña, esperanzada en una respuesta positiva a su súplica.
“Por unos días, así será, Beyul.” Le respondió él, limpiando una mancha de césped que se encontraba en la punta de la respingada nariz de la chiquilla.
“Hey, Beyul, ¿no hay abrazo para mí?” Una voz irreverente y jovial resonó desde el interior de la casa haciendo que los tres voltearan en su dirección. Saliendo por la puerta, la figura de un adolescente pelirrojo se hizo presente.
“Las provisiones están ordenadas en la cocina, Maestro.” Se dirigió reverencialmente hacia Mu para luego volverse hacia la mujer y sonreírle ampliamente. “Hiva, un gusto verle de nuevo. Mi maestro ansiaba poder regresar como no tiene una idea. Los últimos días ha tenido la cabeza en las nubes en vez de en sus labores mientras esperaba por este momento. Debió haberlo visto hace dos noches, redactó mal la petición de ausencia programada que presentaría a su Santidad Shion. Lo bueno es que la leí antes o hubiera sido bastante bochornoso.” Dijo el muchacho, su actitud optimista y juguetona de siempre cargando de energía el ambiente. Hiva rio por lo bajo, encantada por la revelación, aunque Mu estuvo a punto de reprender a su alumno por su falta de decoro, entre sonrojos. Por fortuna Beyul interrumpió oportunamente.
“¡KIKI! ¡KIKI!” saltó de los brazos de su padre con la clara intención de taclear al joven aprendiz, de nuevo vuelta un alboroto de risitas. “¡Juega conmigo, Kiki! ¡Ven! ¡Juega!” Dijo mientras tiraba de las manos del chico, obligándolo a caminar con ella de vuelta a su área de juegos en el césped.
“¡Ya voy! ¡Tranquila, Beyul, ya te oí! ¡Vamos a jugar, pero no me jales así! Auch, auch, ¡jajaja!¡Con cuidado!” Se le escuchaba decir exageradamente, haciéndola reír aún más, mientras caminaba tras la niña, quien no lo soltaba ni un momento.
Sus padres observaron entretenidos la cómica escena, principalmente Mu. Kiki era cuidadoso con ella, pero la pequeña en cambio había veces que no se medía. Alguna vez le lanzó un enorme tronco seco directo a la cara al no hacerle caso en sus juegos. Su pequeña había heredado sin duda sus habilidades y la asertividad efusiva de su madre (lo cual era una combinación de cuidado), así como también sus resplandecientes y profundos ojos violetas.
Consciente entonces de la cercanía física a su compañera de vida, dio un paso hacia ella, rodeando sus hombros con un brazo para luego bajar su rostro hasta depositar un ligero beso sobre la frente de ella. Hiva por su parte, entrelazó los dedos de Mu entre los propios, mientras recargaba el peso de espalda y cabeza sobre el pecho de él. No había necesidad de nada más.
Así permanecieron por algunos minutos hasta que fue Mu quien rompió el silencio, su nariz sumergida entre los cabellos de Hiva.
“Lamento la demora. Quise regresar mucho antes pero…”
“Shh. Entiendo.” Le confortó “Ella también entenderá.”
“¿No les ha hecho falta nada?¿Los víveres han sido suficientes? Había calculado para una estancia de varios meses pero no quisiera haber errado las cantidades obligándolas a racionar…eso…” El tono consternado de su voz era claro. Ella le apretó las manos reanimándolo.
“No, no hemos tenido ningún problema con las raciones. Mi Señor Mu ha planeado todo tan meticulosamente que no nos hemos preocupado por nada de ésa índole. Incluso hay varios árboles frutales a los que acudimos para preparar postres. Aunque…”
“¿Si?”
“Desde que Mi Señor se enteró que yo daría a luz, nos ha resguardado a su servidora y a nuestro tesoro en este hermoso paraíso escondido entre las montañas. Eso se lo agradezco infinitamente. Los mejores momentos de mi vida han transcurrido aquí y sin embargo… es algo solitario cuando usted y Kiki se encuentran lejos…” hizo una pausa, tratando de elegir las palabras correctas. En realidad no quería mortificarlo pero debía ser clara con sus deseos. “No me malinterprete, Mi Señor, no quiero parecer malagradecida, en realidad me hace feliz que tenga tales consideraciones con nosotras pero, ¿no cree oportuno que ella y yo volvamos a la ciudad? Yo puedo ver por ella para que usted no tenga la constante preocupación sobre sus hombros. Muchas responsabilidades recaen sobre usted como para aunar una más.”
Al oír su petición, la abrazó con fuerza. Sabía que ella le sugeriría esto tarde o temprano y en parte estaba de acuerdo. Hiva siempre se había valido por sí misma y pese a las dificultades sabía salir adelante. Probablemente se sentía atada de manos aquí, como un canario en una jaula de oro. Cinco años de reclusión para él no eran nada, pero Hiva era diferente. Además, su vocación por ayudar a otros latía tan fuerte dentro de ella como el llamado de Santo que el mismo tenía. Suspiró.
“Kiki y yo fuimos justamente a Shigatse por las provisiones en esta ocasión con el fin de reconocer el estado de la situación actual en el mercado. Visitamos también el hogar y vecindario de Mi Señora. Ciertamente en términos francos, la tranquilidad puede sentirse en los alrededores, pero es una tranquilidad tensa que a la mínima vibración, se doblará sobre sí y causará olas.” Hizo una pausa breve, sintiendo como ella apretaba aún más sus manos. Luego continuó “Los registros de propiedad tienen que renovarse ante la administración actual ya que miles de trabajadores chinos están siendo reubicados en territorios tibetanos. Pero no se preocupe, de esos trámites ya me encargo. Su patrimonio está a salvo.
Si me permite este arrebato de egoísmo, desearía que al menos Beyul gozara de sus primeros años lejos de cualquier tipo de confrontación. Además, Kiki y yo podemos entrenarla mejor en éste lugar, que siendo de otra manera llamaría demasiado la atención estando cerca de la ciudad, lo cual no me parece conveniente dada la situación.” Se quedó pensativo. Sumado a todo eso, también le preocupaba la seguridad de Hiva, cuyas habilidades psicoquinéticas no eran lo suficientemente fuertes como para sacarlas de ahí en caso de estallar algún conflicto. En su ausencia, debería confiar en su hija para protegerla si llegara el momento. Le eran demasiado preciadas como para arriesgarse.
“¿No le parece que Mi Señor está siendo un poco sobreprotector? Ese era el papel de su servidora.” Hiva rió traviesamente para aligerar el ánimo entre ellos. Había percibido la inquietud en él y sabía que hacía las cosas por una razón. Él no respondió más que con una leve sonrisa, mientras volvía la mirada hacia la pequeña fuente de risitas que jugueteaba alegremente con Kiki .
“Podemos ir de visita a la ciudad mientras Kiki y yo estemos con ustedes. ¿Eso le parece justo, gentil Dama?”
“Justo y apropiado, Mi Señor. Le agradezco.” Hizo una pequeña reverencia para luego, de improviso, plantarle un fugaz beso en la mejilla, tomándolo desprevenido y, curiosamente, haciéndolo sonrojar. Sonrió. El hombre seguía siendo en el fondo el pequeño niño tímido y encantador que ella conocía.Lo tomó de la mano caminando hacia el edificio.
“Por el momento, que le parece si me ayuda en casa. Hay un cesto de ropa que quisiera presentarle.”
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Notitas:
Beyul: Palabra de una tradición tibetana. Son como se le conoce a valles escondidos entre las montañas, que solamente pueden ser visitados por aquellos con una mente y corazón puros. estos Santuarios escondidos son lugares de paz, prosperidad y progreso espiritual; un paraiso y un refugio. Según la leyenda hay 108 de ellos, Shambala siendo uno de los mitos más conocidos.
Incidentalmente, Mu llevó a su familia a vivir en un Beyul conocido sólo por él, y pues decidieron ponerle el nombre la beba por tradición familiar. Ya saben, eso de ponerse nombres de lugares es cosa generacional xD;
Could I but win the maiden
For whom my heart doth pine,
I’d prize her as a jewel
From depths of ocean brine.
I’d guard her fragrant body,
Like white turquoise so rare.
My wanderings all behind me,
I’d know no earthly care.
As luscious fruit well ripened,
Hangs tempting on the tree;
So is thy beauty, maiden,
Temptation sore to me.
From longing for thy beauty,
How can I sleep at night?
By day I seek thee vainly,
My heart is tired quite.