La tinta en la plumilla se había secado. Tras haber perdido la noción del tiempo mirando el vació de la blanca pieza de papel, abandonó el intento:las palabras no habrían de llegar.
Además, al percibir sus presencias volver,la necesidad de borrar los rastros de pesadez en su gesto fue inmediatamente atendida.
Les escucho reír en la sala y eso fue lo suficientemente reconfortante como para apuntalar su sonrisa, lo cual a su vez fue un alivio, pues es lo que presento ante ellos al girarse hacia la entrada, habiendo escuchado sus pasos acercarse.
“¡Maestro Mu, ya estamos de regreso!” Anunció el joven pupilo con una sonrisa de oreja a oreja y la postura erguida orgullosamente; la señora a su saga, igualmente sonriente.“Sanas y salvas, ¿ve? No tenía por qué preocuparse, ¡puede contar conmigo! Ahora, voy a la cocina por algo para beber ¡¡UFFF!!, ¡¡comimos muchas galletas, pero creo que necesito algo de té para bajármelas que estoy LLENO!! ¿Quieren un poco? Bueno igual hago la tetera completa para más tarde por si se les ofrece. Y puedo ir preparando la cena. ¿Hacemos momos? ¿O mejor unos tallarines? Bueno como sea voy a hacerla masa.” Terminó su perorata efusiva y desapareció en un deslumbrante destello de luz, ocasionando en el ceño de su tutor el enarcar una ceja y en la mujer una risita entretenida, para luego volver ambos su atención uno al otro.
“Tal parece que la visita le ha sido amena, Señora.” Dijo él, aliviado de verla de vuelta y tan notoriamente alegre, mientras terminaba de guardar una blusa en la cajonera de la cómoda en la habitación. El cesto de ropa lavada y seca a sus pies.
“Lo ha sido, mi señor. Además, Kiki es una escolta espléndida. Lhamo y Dawa estaban encantadas con él. Nos ha hecho reír toda la tarde. Bueno, al menos hasta que los hijos de Lhamo lo invitaron a jugar videojuegos.” Se encaminó hacia donde él, riendo un poco más al recordar su velada. Llevaba en las manos una caja envuelta en seda colorida, la cual no tardó en abrir para mostrar su contenido.
“Cuando han sabido que esperaba, se han esforzado en conseguir unas ropitas y amuletos para la pequeña, mire. ¿Son lindos, no le parece?”, presentó varios diminutos mamelucos y camisetas de algodón blanco a su compañero,un gorro y unos pares de zapatitos de tela afelpada en colores brillantes luego de colocar la caja en el buró; las mejillas sonrojadas. “También me han obsequiado unas barritas de mantequilla bendecida y hasta un pescado deshidratado proveniente del Lago Sagrado de Manasarovar.”
Mu sonrió, asintiendo con la cabeza en forma de agradecimiento. “El lazo que sin duda usted y sus amistades comparten es inspirador. El organizar tan prontamente tal reunión en su nombre y procurarle de tal forma, a sabiendas de sus propias limitaciones, es muestra de ello. Me alegra sobremanera que cuente con ellas, mi señora. Es una lástima el que no haya podido acompañarle para expresar mi gratitud en persona.”
“Oh, pero han apreciado los postres que ha enviado para la ocasión con gusto. Además, la plática le hubiera resultado algo incómoda.” Rió por lo bajo, una risa traviesa y cómplice antes de tomar un chuba del cesto y ayudar con la tarea de doblar y guardar prendas. “Siguen teniendo la noción de que es usted un Lama importante en un retiro espiritual en las montañas y no he podido desmentirles aquello.”
La sonrisa del ariano disminuyó una fracción entonces.
“Entiendo que la nuestra es una situación difícil de explicar y debido a ello, la necesidad de idear una justificación a su estancia en este valle en lugar de su hogar,lejos de sus conocidos, seguramente le ha de causar contrariedades. Me disculpo por ello, Señora mía. Sé que preferiría no guardarle este tipo de secretos a personas de tal importancia para usted.”
“Nh,nh” negó Hiva ante la disculpa. “Sus suposiciones no son algo alejado de la realidad si lo ponemos en perspectiva.” Agregó, el tono bondadoso y seguro, acompañado de manos igualmente tranquilizantes que alisaban los dobleces de un camisón de la misma manera en que sus palabras aterciopeladas envolvían el aire a su alrededor; oídos prestos y ahora perceptivos a los más ligeros cambios de voz y ojos alertas ante los gestos y objetos circundantes.
Fue entonces que advirtió el tintero y las hojas sobre la mesita de té al lado de la ventana; el sello del Santuario y la cera colocados en una esquina, sin ser usados. Le bastó un vistazo rápido para comprender. Una sola línea escrita nombraba al destinatario.
Conteniendo un suspiro, retiró de las manos de Mu la túnica que él doblaba, dejándola sobre la cómoda y al encontrarse libres de cualquier objeto que los distrajera, lo tomó de las muñecas, acariciándolas, jugueteando apenas con la pulsera en su izquierda, hasta deslizar sus manos para entrelazar los dedos con los de él. Sin mirarle, lo guió hasta la orilla de la cama, sentándose y llevándolo con su movimiento a tomar su lugar cerca de ella.
Frotó sus dedos con los del ariano por unos instantes, para luego liberar una mano y, tras levantarla a la altura de la sien de él, examinar su rostro con detenimiento, no gustándole lo que sus ojos amatista encontraron. Hundió sus dedos, recorriendo el cabello lavanda claro desde el flequillo que le cubría los ojos, hasta alcanzar la base de su nuca, dejándola ahí; ligeros movimientos reconfortantes irradiando su calor.
Mu entonces intentó enmascararse con una sonrisa y descartar el asunto al quitarle importancia; no quería hacerla terminar su maravillosa tarde en una nota deprimente por su culpa, pero estaba consciente de que no la engañaría ahora que se había percatado de su estado, así que optó por bajar el rostro, tratando de contener el deseo de pasar el nudo que se formaba en su garganta.
Hiva no encontró palabras para consolarlo. En su lugar, colmó la frente nívea de su compañero con delicados besos.
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* Mantequilla bendecida y pescado deshidratado del lago Sagrado de Manasarovar: Son parte de los rituales tibetanos en la labor de parto. Se le dan de comer a la mujer como protección espiritual, fortaleza y alivio al dar a luz.
Mis arianos y su forma de dar regalos, caray ♥
Also, si recuerdan lo que ocurrió hace un año, le encontrarán más sentido xD
*~°~°~°~°~*
“Conseguí las películas que le dije la otra vez. ¿Entonces si quiere que las veamos en la cena?, le van a gustar. Uno es una colección de cuentos animados, otros son películas CGI y la otra una serie que acabo de ver no hace mucho y la protagonista me recuerda a usted. ¿Qué dice? Nada más tengo que revisar que esté todo listo para poner la tele en la sala, pero no me tardo nada, ¿sí?”, el pelirrojo ariano dijo sin hacer una sola pausa, con una sonrisa de oreja a oreja.
“¿De verdad? ¿Una colección de cuentos? ¡Suena estupendo Kiki, me encantaría! No se diga más, prepáralo todo, por favor. Mientras, iré a la cocina para avisarle a tu maestro sobre el cambio de planes, ¿te parece?”, ella respondió, aún tomando de los brazos al niño que tenía frente a sí y regalándole una sonrisa igualmente amplia. “¿Quieres que prepare algo en particular como postre?”, ofreció ella.
“No, no, usted no tiene por qué hacer nada hoy. Yo traje galletas de esas que le gustan. Las vimos ayer que estábamos haciendo las compras para preparar la cena de hoy. Mi maestro debe saber dónde están guardadas, pregúntele, ah, y dígale también que se apresure.” Sugirió más bien terminantemente mientras sacudía la cabeza. Entonces le guiñó un ojo, volvió a sonreír y le dio un abrazo rápido y efusivo para luego voltearse en dirección a la puerta y desaparecer en un pestañeo.
Hiva arqueó ambas cejas, sorprendida, para luego sonreír, tanto conmovida como asombrada. Conmovida por la dulzura del niño que desde hacía poco se había vuelto parte de su vida; asombrada porque aún no terminaba de maravillarle lo que para su nueva familia eran labores cotidianas. Objetos que se movían con solo desearlo, presencias que aparecían y desaparecían en la distancia y cercanía, palabras que no necesitaban de una voz para ser pronunciadas. Ella, desde que había aprendido de Mu hacía tantos años que eso también era parte de su naturaleza, se había propuesto desarrollar sus habilidades, y las dominaba a cierto nivel, pero no era aún comparable con lo que ellos lograban hacer con tanta facilidad: siempre parecía haber una forma alternativa de realizar hasta las tareas más simples y por supuesto que le eran desconocidas hasta presenciarlas. Pese a esto, estaba convencida de que no habría lugar más correcto y “normal” en el mundo para ella que aquí, junto a la familia que siempre había soñado. Bajó entonces la mirada hacia su vientre y lo recorrió con una mano cariñosa.
“¿Tú también serás así de animosa, pequeña?”- pensó en voz alta, tratando que sus palabras envolvieran a la diminuta presencia que había aprendido a reconocer dentro de sí. Un gesto apacible suavizó sus ya gentiles facciones y suspiró, regocijándose en el sentimiento de plenitud que la invadía. Tres meses ya. El tiempo parecía fluir tan rápidamente.
Permaneció un momento así, hasta que los aromas provenientes de la cena siendo preparada le llamaron. Se puso de pie, llevando consigo el pequeño alhajero de madera que había tenido en su regazo todo este tiempo. Con delicadeza lo depositó en su tocador, dándole un lugar especial en él, y le dedicó un último vistazo alegre antes de salir de la habitación.
La sonrisa no había abandonado sus labios cuando entró por el marco de la puerta de la cocina. Él, que tenía las manos ocupadas meneando el estofado en el fuego de la estufa, miró por sobre su hombro para saludarla al escuchar sus pasos. La sonrisa de ella se le contagió de inmediato, y con la mirada, preguntó qué es lo que la había puesto de tan buen humor.
“Kiki. Me regaló un alhajero que hizo él mismo. Le talló mi nombre y un patrón floral hermoso.” Comentó ella, su gesto emocionado.
“Tiene manos hábiles,” dijo él manteniendo la sonrisa, para luego volverse de nuevo hacia la cacerola humeante, “desde pequeño le ha gustado grabar figuras en madera. Practicaba con las gubias del taller sobre las cajas de provisiones.” Volvió de nuevo el rostro hacia ella, invitándola a acercarse. El cucharón del estofado ligeramente elevado, expectante. “Desafortunadamente, no llegó a practicar en tales materiales sino hasta después de decorar sobre toda superficie de madera que encontrara a su paso en la torre de Jamir.”
Hiva alzó las cejas al escuchar la pintoresca anécdota con la inflexión curiosa que hizo él en la última parte y soltó una risita imaginando la escena: Mu corriendo tras el inquieto niño para que no fuera a dañar alguna reliquia antigua e invaluable en pos de su arte.
“Ah, es un muchacho brillante, no hay duda de eso.” Concluyó entre risas. “Y no es para menos, veo mucho de su maestro en él,” agregó luego de recobrar la compostura. “No es de sorprender el profundo cariño que le guarda su pequeño, Mi Señor.” Se desplazó ligeramente, hasta llegar al lado del ariano para probar el guiso que él le ofrecía.
“Dentro del cofre también estaba una carta que escribió para mí.” Comentó sin mucho miramiento para luego bajar la vista y, con una mano, apenas guiar la punta de la cuchara hacia su boca.
Mu arqueo una ceja.
“Mmmm, delicioso.” Ella ofreció como respuesta, notando su curiosidad, pero demasiado ocupada degustando; el sabor del Shaptse abriéndole el apetito. Él ladeó la cabeza despacio, todavía esperando a que elaborara, aunque el tema que le intrigaba ahora no era la sazón del guiso.
La mujer, traviesamente, pellizcó un pedacito de verdura para masticar y entretener su apetito un poco en lo que se decidía a responder.
“Me ofreció palabras gentiles de bienvenida y aprecio. Pero… las más bellas fueron las que lo mencionan a usted.” Confesó Hiva, titubeante, luego terminar el bocadillo y guardar un silencio corto, como si no estuviera segura de poder seguir el comentario. La carta de Kiki la habían conmovido tanto que incluso al repasar su contenido mentalmente, un par de lágrimas de felicidad comenzaban a acumularse en sus ojos.
Luego de años de espera sin contemplar nada a cambio, de resguardar algo intangible a la distancia, de pensar que no habría manera de hacer más por aquél que le significaba tanto, de incluso llegar a resignarse ante su pérdida; los sentimientos y observaciones expuestos por el joven pelirrojo le aseguraban de manera simple y tajante que todo había valido la pena, y eso la llenaba tanto de júbilo como de un orgullo humilde. Con voz baja para combatir un poco lo afectada de ésta por la emoción, trató de repetir eso que Kiki le hizo saber y que era de vital importancia para ella: “Él comentó que… en toda su vida, nunca había visto a su maestro sonreír tan frecuentemente. ‘Usted lo hace muy feliz. Muchas gracias por eso…’ dijo…y…” con esfuerzo logró terminar la frase; la voz ya no le obedecía, estancada en un nudo dentro de su garganta.
“…yo…oh.. perdóneme… ” intentó excusarse sin éxito al llevarse una mano a los ojos, entre risas nerviosas, limpiándose las lágrimas que no podía controlar y que a pesar de ser muestra de su alegría, le abochornaban al no ser capaz de expresar tales sentimientos con mayor entereza y elocuencia. En otro momento tal vez lo habría logrado, pero no ahora. No cuando los milagrosos cambios en ella y en sus alrededores la hacían sentirse más viva que nunca.
Mu regresó el utensilio de cocina a la cacerola con un refinado movimiento de la mano y se giró hacia la mujer, aguardando quedamente a que Hiva le devolviera la mirada. Entonces, al ella levar la vista y encontrarlo, el ariano amplió su sonrisa, ofreciéndosela sin reparos, para luego hacer con la cabeza una genuina y ceremonial reverencia destinada a su compañera, la cortesía extendiéndose por largos segundos. Las palabras de su alumno eran por completo acertadas. ¿Cómo no sentir la gratitud más profunda por aquella que tan desinteresadamente velaba por él, le prodigaba ternura sin límites y cuya felicidad más simple provenía de arrebatarle momentos de alegría a aquellos que le eran estimados? Un ser de una dulzura sólo comparable con la admirable fortaleza de sus convicciones.
Se enderezó cuando la escucho hipar débilmente; sus sollozos sigilosos confundiéndose entre risitas casi mudas; hilos brillantes resbalando por sus mejillas y enmarcando una sonrisa temblorosa. Fue entonces que la acercó hacia sí en un abrazo reconfortante: los dedos de una mano acicalando el cabello rubio cenizo mientras con la otra frotaba la angosta espalda con el fin de calmar sus agites involuntarios. Hiva aceptó las atenciones con agrado, escondiendo el rostro en los ropajes de él y encogiéndose entre los afectuosos brazos y caricias, como una niña bajo el resguardo amoroso de su guardián protector.
La tranquilidad los envolvió tras momentos de un silencio casi absoluto, apenas entrecortado por el bullir de los alimentos y las respiraciones serenas de ambos cuando -
“¿YA ESTÁ LISTA LA CE- ay… perdón, jejeje”, entró Kiki corriendo por la puerta para encontrarse con la escena que acababa de interrumpir, aunque no por eso la discreción y el sentido común habían ganado en su fuero interno. Se quedó ahí plantado viendo, la lengua de fuera y una mano rascando su nuca, algo apenado, si acaso un poco sonrojado, pero no lo suficiente como para devolverles el momento de privacidad. “Les quería decir que ya está todo listo en la sala. ¿Si vamos a comer ahí? Puse las mesitas de té y los cojines para ver las películas en el sofá. ¿Les ayudo a llevar todo?”
Mu estuvo a punto de reñirlo, no tanto por la interrupción como sí por la impertinencia, su rostro mostrando desaprobación al desplante escandaloso del muchacho, pero Hiva, quien ya había limpiado sus ojos y se apartaba de los brazos de su compañero, lo interrumpió para contestar ella misma a las preguntas del joven aprendiz.
“Si Kiki, por favor. ¿Podrías poner la vajilla allá? El Shaptse está listo, solo debemos dejarlo enfriar un poco. Además, aún nos falta encontrar esas galletas que decías.”
“Ahhh. Está bien, Hiva, ¡llevo los platos entonces!” Sin más, desapareció de la puerta para reaparecer frente a la alacena, tomar los objetos que necesitaba y desaparecer de nuevo, presumiblemente, regresando ahora a la sala.
Hiva rió por lo bajo y se volvió hacia Mu para elaborar sobre la idea. “Kiki trajo e instaló su sistema de teatro en casa porque hace unas semanas que platicábamos sobre historias favoritas, le comenté que tenía curiosidad por ver algunas películas animadas que él mencionó y muy amablemente recordó eso para cumplirme el capricho hoy en mi ‘fiesta de cumpleaños’. Se suponía que eso venía a avisarle, Mi Señor. ¿No le molesta?”
“En absoluto,” afirmó él, inclinando la cabeza para luego mirarla amablemente, “es una actividad que usted desea realizar.” Acotó entonces, jugando con un bucle dorado que caía sobre el hombro de ella, causándole una ligera y risueña sonrisa. Pasaría por alto la impertinencia de su alumno debido a la generosidad de sus intenciones, aunque hablaría con él luego por esto de interrumpir tan estrepitosamente. Ya debería entender que se suponía debía comportarse con más propiedad a su edad.
La cena fue algo diferente a las que solían hacer siempre en el comedor estando los tres juntos. Usualmente, luego de la merienda, en la que conversaban sobre cualquier cosa, Mu se encargaba de limpiar la mesa, los trastos, y terminaba los quehaceres o asuntos pendientes del Santuario mientras Hiva atendía el huerto que habían plantado a un lado de la casa. Terminando estas labores, se encontraban al frente de la puerta principal para pasar la tarde retozando entre la hierba y el campo de flores cercano al arroyo que corría no muy lejos de su hogar, disfrutando de las últimas horas de luz y las primeras estrellas de la noche en compañía uno del otro. A veces Kiki los acompañaba, pero era demasiado inquieto como para permanecer en el mismo lugar por más de media hora. Prefería entrar a la casa y ocuparse en el taller con algún proyecto o explorar en las laderas del valle.
Esta vez, luego de terminar con los aperitivos y el plato fuerte, sentados relajadamente en el sofá, comentaban alegres las ocurrencias de los personajes en pantalla, principalmente Hiva y Kiki, quienes parecían estar más interesados en sus pláticas y en picar golosinas y galletas que en poner atención en algunas secciones de las películas. De todas maneras, si algo de importancia era pasado desapercibido, Kiki hacía la explicación correspondiente al ya haberlas visto antes.
Magos, hechizos, puertas que desafiaban las leyes de la física, jóvenes aprendices y criaturas mágicas aliadas a los protagonistas. Tanto la joven mujer como el muchacho pelirrojo parecían estar encantados con la velada. Mu por su parte guardaba silencio y observaba, no tan inmerso en las narrativas, pero sin duda complacido por el sonido de las armoniosas y animadas voces de su familia.
En algún momento, habiéndose terminado los bocadillos, el hombre se levantó de su asiento para preparar un postre rápido de yogurt con frutas a los contentos espectadores, quienes ahora miraban una serie animada con niños protagonistas. Hiva parecía haberse enganchado de inmediato con los personajes y no separaba la vista de la pantalla, aunque comía su personalizado postre con gusto. Mu había añadido ingredientes extra para satisfacer el peculiar paladar característico de la mujer los últimos meses y Kiki prefería no imaginar a qué sabía, entre lo extremadamente dulce de las chispas de chocolate y la mermelada de manzana con canela, como lo extraño de las minúsculas albóndigas cocidas y los trozos de calabaza revueltos junto a todo eso. En realidad esa era la razón por la que no habían preparado un pastel dulce para ella y en cambio habían optado por sabores más salados o agridulces para el menú de la tarde. Hiva los parecía favorecer mucho más.
Un par de horas después, el televisor se apagó, pues había consumido casi por completo las reservas del generador solar dispuesto en la casa, dejando a los tres apenas con una luz tenue encendida en la pieza. Habrían de hacer uso de lámparas de aceite por el resto de la noche.
No suponía eso ningún inconveniente de cualquier manera. Mu podía notar que su compañera se había quedado dormida hacía una media hora antes, recargada en su hombro, y Kiki, yacía desparramado sobre una de las orillas del sofá, el estómago inflado por tanto comer y un curioso ronquido acompañando el subir y bajar de su pecho. El ariano enarcó una ceja y sacudió la cabeza ante la condición de su pupilo, más bien entretenido. Se permitió bostezar muy quedamente para luego volver su atención hacia la mujer dormida. La notaba radiante, serena, tanto así que le apenaba tener que despertarla. Acercó una mano al flequillo de Hiva para reacomodarlo, quitándoselo del rostro en un reflejo casi mecánico; le agradaba la sensación exquisitamente fina del cabello ondulado de ella entre sus dedos.
Las largas pestañas oscuras de Hiva revolotearon lentamente al percatarse de los mimos recibidos para entonces abrir así sus ojos. El sueño siempre le había sido ligero.
Enderezó la espalda y bostezó brevemente, cubriéndose el rostro con una mano mientras percibía sus alrededores. Ya se escuchaba el canto de algunos pocos grillos restantes en oscuridad al exterior de la casa. El clima comenzaba a cambiar, dejando de lado el agradable y cálido verano para traer en su lugar las noches frescas del otoño entrante.
Justamente entonces, una brisa más bien fría se coló por una de las ventanas abiertas haciendo que Hiva tiritara y, aún un poco adormilada, se encogió sobre ella misma, buscando calor. Sin embargo, unos segundo después, sintió una manta afelpada colocarse sobre sus hombros. Mu ya se había puesto de pie, y luego de cubrirla a ella con uno de los kadian de la sala, tomó otro y lo desdobló también para extenderlo sobre su durmiente aprendiz, quien entre sueños, balbuceaba sobre algún tipo de competencia para declarar quién poseía el momo supremo al que todo mundo debía reverencia.
Los dos adultos no pudieron evitar un par de risas al escuchar las incoherencias del muchacho, mas luego de eso, el silencio volvió a hacerse presente, salvo por la ventana que anunciaba la entrada de otra ráfaga de aire. Extendiendo una mano hacia ella, Mu la cerró a la distancia y, acto seguido, comenzó a reunir los remanentes de la cena para llevarlos a la cocina.
“Espere. Le acompaño,” aventuró Hiva, poniéndose de pie y encendiendo una lámpara colocada en el repisero de la sala apenas vio a Mu caminar en dirección a la oscuridad del pasillo que lo llevaría a la cocina.
Una vez ahí, colocó la fuente de luz en la mesa al centro de la pieza, y mientras Mu terminaba de lavar y reacomodar los trastos en la alacena, Hiva se dispuso a calentar agua en la tetera para preparar té.
Esperando a que estuviera listo, se sentó a la mesa, observando con la ligera iluminación de la lámpara los juegos de luz y sombra que se formaban en el perfil y sobre la pálida y lacia cabellera del hombre al éste caminar de un lado a otro. Se le quedó mirando, embelesada, como si cada segundo teniéndolo cerca fuese una experiencia nueva y milagrosa. Y así era para ella: atesoraba cada momento como si fuese un regalo.
De pronto, sus pensamientos derivaron a un comentario que Kiki había hecho esa misma mañana. El chico había mencionado algo intrigante: “Mi Maestro ya consiguió su regalo, pero es secreto. Por eso, no le diga que yo le dije. Sólo espere,” sugirió y con los dedos había pretendido sellar sus labios para señalar que ya no diría más.
Hiva había tomado el comentario más bien con curiosidad, pero sin dedicar mucho tiempo en tratar de descifrarlo. Los regalos de Mu solían ser sencillos pero con significado. Todavía guardaba celosamente las pequeñas cuentas de coral y jade que él le había conseguido cuando pequeño; las distinguidas cartas que en el pasado le había escrito; la cuchillas y herramientas que él mismo había diseñado y decorado para ella, así como también recordaba los postres deliciosos que le había cocinado siempre que la oportunidad se presentaba.
No podía imaginar de qué hablaba Kiki. Tal vez se había confundido y a lo que se refería era a la cena que tan cuidadosamente había sido planeada para ella. Pero eso no había sido ningún secreto. Ella fue consultada de antemano para cada uno de los ingredientes.
Seguía inmersa en sus conjeturas tanto así que no se dio cuenta del momento en que Mu se acercó, colocando frente a ella su tazón de té vacío, y, al alzar la vista de la mesa hacia él, lo encontró sosteniendo entre sus manos una botella alargada de madera oscura, la cual le ofreció cortésmente con una ligera inclinación de cabeza.
Hiva parpadeo un par de veces, confundida, pero, en acto reflejo un par de instantes después, tomó la vasija de las manos de su compañero. ¿Podría ser…? Pensó tentativamente al abrir la tapa del recipiente y así corroborar su suposición: Chaang. El aroma característico de la bebida llegando a su nariz de golpe.
Volvió su rostro hacia Mu, sorprendida tanto como confundida, para luego regresar los ojos a la botella, con cierto anhelo. Mu había prestado atención, como era costumbre. Las últimas semanas ella había mencionado entre bromas que lo único que extrañaba ahora era el beber su tazón matutino del agridulce licor, especialmente porque, al parecer, era uno de sus antojos más fuertes, más allá del yogurt con albóndigas y las galletas de almendras.
“Se lo agradezco tanto, Mi Gentil Señor… pero… no debo. Podría hacerle daño a la pequeña.” Sonrió un poco resignada al bajar la botella y colocarla sobre la mesa.
“Está usted en lo correcto, Señora Mía. No es propicio que ingiera bebidas alcohólicas en este momento,” aclaró Mu, tomando el recipiente vació y derramando en él el contenido de la botella hasta bordear el límite con el líquido. “Sin embargo, eso no significa que no pueda catar su deje por algunos segundos.” La miró con una sonrisa cómplice y permisiva.
“¡Oh!” exclamó ella al considerar la opción, pero no tardó mucho en recobrar su aire prudente. “No, en realidad no debería. No creo que sea capaz de contenerme de beberlo, Mi Señor. Además, no sería correcto de mi parte el desperdiciar el Chaang de esa manera.”
Hubo una pausa corta.
“Mmm, ya veo,” sopesó Mu, considerando las palabras de su compañera; una mano sosteniendo su mentón. Hiva le miró, para luego, bajar la vista y fijarla en algún punto de la mesa, realmente apenada. La negativa que daba al regalo le pesaba enormemente.
“En ese caso…” interrumpió él los pensamientos cabizbajos. Tomó para sí el tazón y sin previo aviso, lo llevó hacia su boca, no sin antes hacer un brindis breve.
“A su salud, Señora Mía.”
“¡Mi señor Mu!” Inhaló sorprendida y lo miró beber el tazón entero, saboreándolo con expresión ilegible.
“P-pero usted… el alcohol…” balbuceó desconcertada. Una cantidad así era suficiente para intoxicarlo por un par de horas y sabía bien que no era de su gusto particular el sufrir las consecuencias de la deshidratación al día siguiente por ello.
Mu, entonces, depositó el tazón de nueva cuenta sobre la mesa y se inclinó, su rostro tentadora e incitantemente cercano al de ella. Retiró un mechón de cabello que caía por sobre su hombro, esparciéndose sobre la mesa, y, reacomodándolo tras su oreja, entabló el diálogo silencioso con su mirada encajada en la de ella.
Las facciones de Hiva se tornaron de un tono rosado profuso y sus labios se entreabrieron ligeramente, ávidos ante el ofrecimiento. Esa fue la señal.
El ariano, sin ápice de duda, colocó sus labios, aún húmedos por la bebida, sobre los de ella, permitiéndole robar las gotas remanentes a su antojo con roces ligeros.
No mucho después, la ofrenda debió ser presentada más concisamente, pero fue él quien decidió la cantidad a ser degustada. Ondulaba entre permitirle explorar con total libertad y restringirle el acceso, arrebatándole la musicalidad de gemidos tanto ansiosos como satisfechos, acompañados entonces de dedos inquietos que se enrollaban entre sus cabellos y tomaban las orillas de sus ropajes en puños demandantes al disfrutar del dejo agridulce de su boca.
Cuando la dádiva sacra* fue al fin entregada por completo, volvió a incorporarse, no sin antes frotar su frente con la de ella, aprovechando ambos los instantes del gesto para recuperar el aliento.
Risas quedas siguieron a continuación, sin desenganchar sus miradas.
“¿Ha sido de su agrado, Mi Señora?” preguntó retóricamente, una sonrisa pícara muy característica de él que ella conocía bien.
“Podría acostumbrarme a libar chaang de esta manera, si no le importa.” Hiva apostilló traviesamente también, “…aunque ahora temo que más tarde tendré que vigilarle para evitar que trepe por las paredes y camine por los techos, Mi Señor.” Agregó con animosidad juguetona.
Mu se sonrojó ante el comentario y desvió la mirada por una fracción de segundo para contestar luego de encogerse de hombros, regresando a él la sonrisa desvergonzada. “En su nombre, siempre valdrá la pena el bochorno de repetir tal falta de autocontrol.”
Hiva enarcó una ceja. “¿Repetirlo?”
El Santo de Aries guardó silencio. Su respuesta fue un sigiloso y ligero beso en la frente de su amada.
“Kye kar la tashi delek shyu, Hiva la.”
——
Shaptse: estofado de carne con verduras
Kadian: tapete tejido que se usa como cojín o cubrecama
Chaang/chang: bebida fermentada a base de cebada o arroz muy ampliamente utilizada. A veces con motivos ceremoniales y religiosos. *“Néctar de los dioses” es un epíteto común (y por lo que Hiva se niega a desperdiciarla). El sabor se dice que es parecido al Ale occidental.
- y sobre la ocasión repetida
སྐྱེས་སྐར་ལ་བཀྲ་ཤིས་བདེ་ལེགས་ཞུ།
kye kar la tashi delek shyu - Felicitaciones y buenos deseos con motivo de su natalicio.
Esto es pura melosidad y probablemente inexactitudes porque yo no sé de estas cosas pero se supone que mi borrego si (si hay cosas incorrectas por favor, díganme para corregir). Juro que tenía mas sentido cuando lo pensé… que fue hoy en la mañana acabando de despertar y estaba medio adormilada… PERO ES QUE MAMA!HIVA ES LSKDFJLSKDF
Anywaaay…
Están advertidos (y esto derivará en otro fic pero ese no irá aquí muwahahaha) xD
Papás borregos entrando en la semana 12 8D
~°~°~°~°~°~°~°~°~
El agua tibia de su baño la había hecho perder la noción del tiempo.
¿Se había quedado dormida unos minutos acaso?
A juzgar por la apariencia de la punta de sus dedos, así había sido. Con un poco de renuencia, se levantó para salir de la tina. El cuarto de baño, acogedor por sí mismo gracias a las paredes y pisos de piedra que parecían irradiar su propio calor, ayudando a que la transición no fuese brusca y, por el contrario, resultándole bastante cómoda.
Se enrolló en una de las toallas y se sentó para secarse el cabello y aplicarse las lociones fragantes que habían sido de gran ayuda los últimos meses al aminorar las náuseas además de hidratar su piel.
Las molestias matutinas habían disminuido por fortuna, pero unas cuantas incomodidades más habían comenzado a hacer su entrada triunfal en su lugar. No importaba eso, no cuando disfrutaba de la bendición de deslizar sus manos sobre su vientre, ahora ligeramente abultado. Sonrió para sí mientras se ponía de pie, tomando una de sus túnicas de algodón para vestirse y dar un vistazo rápido a su avance sobre la báscula, antes de retomar su camino por las escaleras que conectaban inmediatamente hacia la habitación.
Estaba terminando de cepillar su cabello cuando lo vio entrar. Traía consigo una bandeja con té y algunas frutas picadas en un tazón. Hiva le sonrió de inmediato y él le respondió a su vez con una de sus características sonrisas enigmáticas antes de acercarse, invitarla a sentarse sobre la orilla del lecho y colocarle el tazón de la bebida humeante en las manos. Ella agradeció el gesto con una inclinación de la cabeza y tomó un par de sorbos, deleitada en la fragancia del aromático líquido. Se volvió hacia Mu, observando con detenimiento al ariano: sus pasos ligeros sobre la duela de madera, sus movimientos meticulosos mientras terminaba de acomodar el resto del contenido de la bandeja en una mesita cercana. Al sentir la mirada de ella sobre la nuca, Mu giró sobre sus talones para responder al silencioso llamado y sentarse a su lado.
“Se ve usted radiante esta mañana, Mi Señora,” aventuró sonriente mirándola a los ojos mientras le retiraba un mechón húmedo de la frente para luego bajar la vista y extender una mano con la palma hacia arriba. “¿Ha sido el té de su agrado?”
“Sin duda. se lo agradezco. El té de jazmín más exquisito que he probado, como todo lo que mi buen señor tiene la gentileza de ofrecerme,” dijo ella devolviéndole el recipiente y ruborizándose un poco, ya sea por el calor brindado por el líquido o por la cercanía embriagante de su compañero. “Pero no tenía por qué molestarse. Estaba a punto de bajar para acompañarle a la mesa.”
“Imaginé que le complacería tomar su desayuno en la habitación luego de refrescarse.” Respondió Mu , haciendo levitar el tazón vacío hacia la mesita. “Además, si me permite, desearía…”, retomó un aire un poco ceremonioso, se puso de pie frente a ella y tomándola de la muñeca, esperó a que diera su consentimiento antes de continuar.
Hiva levó la vista hacia él, le regaló una sonrisa nuevamente y se acomodó en la orilla de la cama, enderezando la espalda. “Adelante, por favor.”
Mu entonces levantó la manga ancha de la túnica celeste que cubría el brazo de Hiva hasta enrollarla por encima del codo de ella, para luego girarle la muñeca y colocarla boca arriba. Con una mano firme, se dispuso a tomar las pulsaciones de la mujer presionando su pulgar sobre la delgada articulación. Permaneció en silencio hasta haberse asegurado de registrar el ritmo con exactitud.
“¿Ha sentido algún malestar los últimos días?”
“Las náuseas han disminuido pero a veces…”
“¿Si?”
“A veces siento un poco de agotamiento y tirones en la parte baja del estómago cuando me giro.”
“¿Se ha pesado?”
“Si, 62.700 esta mañana.”
“Está evolucionando en orden, el peso ha aumentado correctamente y aún no debería causarle desgaste a sus ligamentos, pero debería evitar los movimientos bruscos para ayudar a los músculos a evitar lesiones ahora que empiezan a expandirse. Si necesita algo de las partes altas de las alacenas, no dude en decírmelo. Un poco de calentamiento antes de comenzar sus actividades más exigentes ayudaría también.”
“Entiendo.”
“¿Sus extremidades no han mostrado edemas?” Se arrodilló para revisar los pies de Hiva, tomando uno de ellos en sus manos y comenzando a masajearlo con movimientos circulares.
Hiva cerró los ojos un momento antes de contestar. La había tomado por sorpresa, pero no era desagradable la sensación en absoluto. Suspiró y luego volvió su atención a la pregunta. “No, no en realidad, aunque por las tardes siento algo de pesadez y calor en los pies, pero no llegan a hincharse.”
“Cuando eso ocurra, hágamelo saber. Su sistema circulatorio está irrigando mucha más sangre ahora que su metabolismo empieza a acelerarse. Mantener los pies unos cuantos minutos elevados sería beneficioso. Un masaje como éste aliviaría el malestar también.” Dijo, mientras tomaba el otro pie de la mujer para darle la misma atención que al primero. La escuchó exhalar un suspiro breve nuevamente y sacudió la cabeza con una sonrisa traviesa para luego volver a ponerse de pie.
Sin avisar, lentamente la hizo levitar hasta ponerla de pie frente a él y ya que ella hubo recobrado el balance, Mu le hizo una pregunta con la mirada. Hiva sonrió y asintió con la cabeza, entusiasmada.
El ariano entonces depositó sus manos sobre la cintura de ella para luego, deslizándolas con tersura, acopar protectoramente entre ellas las líneas redondeadas y suaves del vientre de su compañera. Cerrando los ojos, se concentró en ese pequeño cosmos que podía sentir palpitando con seguridad bajo el resguardo de su madre.
Era aún muy pequeña como para intentar un enlace más complejo, pero estaba desarrollándose muy satisfactoriamente y tenía una presencia fuerte. Sonrió generosamente y dejó escapar una risita sonora.
Pequeña.
Al abrir los ojos de nuevo, encontró la mirada expectante de Hiva, que se había emocionado al escucharlo reír, sus dedos delgados presionando nerviosamente sobre los de él. Mu entonces se inclinó hacia ella, depositando su frente sobre la de Hiva, sin dejar de sonreír.
En cuestión de segundos, la risa emocionada de Hiva hizo eco en la habitación también.
Le borregos mas o menos en estos momentos discutiendo sobre las dichosas vacaciones cortesía de don Pose:
Mu:
*sentado es el jardín afuera de sunueva la casa, pensativo*
Hiva: *Se acerca y se sienta a un lado* ¿Sigue preocupado por el evento, mi señor? *una pausa tentativa* ¿Hay posibilidades de que estalle algún conflicto grave?
Mu: *sin verla, niega con la cabeza luego de un silencio* Eventos diplomáticos como éstos se han organizado entre los reinos rutinariamente para limar asperezas, últimamente. No supongo que ocurra nada más que algún roce personal e irrelevante entre las huestes por diferencias nimias. *una pausa* Sin embargo… la duración del evento…
Hiva: Dos semanas.
Mu: Dos semanas importantes. No querría dejarle sola por tiempo tan prolongado. Al menos creí que Kiki podría quedarse a hacerle compañía, pero su nombre está en las listas del evento también.
Hiva: *alisa las arrugas en la chuba que lleva amarrada a la cintura. Sonríe* Su pequeño se ve muy entusiasmado por ir a la playa. Invitado o no, sería mejor que lo llevara con usted. Si no hay peligro, el disfrutar de un momento de esparcimiento no tiene por qué desaprovecharse. Además, estaré bien, son sólo dos semanas.
Mu: … si estuviera en mis manos… pero las listas de invitados son estrictas.
Hiva: No me atrevería a pedirle nada de eso, señor. ¿Pero puede hacerme un favor?
Mu: *arquea una ceja y la mira confundido*
Hiva: Kiki me dijo que usted le encomendó conseguir las vestimentas que requerirán en la playa, así que…