No fue sólo mi imaginación
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Me llevó casi unos 365 días madurar esta crónica (y tengo peores). A un año de la llegada de los Rolling Stones a Uruguay, me dejé llevar por un rescate emocional.
Si alguna vez viajo en el tiempo, voy a irme al Londres de comienzos de los sesenta para verlos tocar esos covers de Rhytm and Blues que levantan cualquier lunes del mundo. En aquella época se movían con una timidez lanzada o sería que la pequeñez de los escenarios y la locura de los fans adolescentes no les dejaba mucho margen de movimiento. Ya casi van a hacer unos cincuenta y cinco años de esas noches londinenses en las que todo comenzó. A pesar de que tengo pendiente ese viaje temporo-espacial, una y no cualquier noche del verano pasado tocaron como si no hubiera transcurrido el tiempo.
—Eso ya lo dijo todo el mundo. Tratá de evitar los lugares comunes y la cursilería. De lo contrario no publiques esto.
—Haré lo posible, pero no te prometo nada. Lo que te digo es que ya quisiera tener setenta años y esa vitalidad…
—¿Me estás jodiendo?
No voy a decir que sentí que estaba en el Marquee o en el Crawdaddy, porque el repertorio no era el mismo y el Estadio debería ser unas mil veces más grande que aquellos clubes. No voy a decir que los tuve frente a frente porque ni en pedo llegué a la súper zona vip. No voy a decir que el tiempo se detuvo. Pasó demasiado rápido.
Ventilator Blues
Fue el día más sofocante del verano. Sentados en el pasto, cuidando una hilera de mochilas en la calle, la gente se refugiaba del calor debajo de algún árbol, esperando que se hiciera la hora del ingreso al Centenario. “Esto es lo más cerca de Woodstock que voy a estar en mi vida”, pensé, mientras estaba sentada en el pasto, tomando agua helada y comiendo una barrita de cereal. Decime si eso no es rock. Igualmente la historia cuenta que ellos no estuvieron en ese emblemático festival, sino en el trágico de Altamont que no se podía comparar con esta previa.
Cuando todos se alinearon en la fila, los vendedores de las remeras más truchas que he visto jamás comenzaron a pregonar de un lado a otro. Una mujer de unos sesenta años compró una que tenía una lengua algo deformada y la inscripción “2006” en la espalda. Ella pareció no darse cuenta o no importarle ese dato y se la puso encima de la ropa. Con movimientos mágicos, logró sacarse la musculosa que había quedado debajo. Ahora estaba a tono. Lose your dreams and you ‘ll lose your mind. Mi remera tenía una frase de “Ruby Tuesday” que me había mandado a estampar y que por un error de sublimación me había quedado con una pequeña línea celeste entre las letras negras. Mi remera también era trucha.
Cada tanto chequeaba las entradas en la mochila para comprobar si eran reales, si no se habían derretido o si no me las había olvidado en casa, aunque ya las había revisado unas ochenta y un veces (mentira, no las conté, tan loca no estoy).
Y cada tanto, también, comía caramelos para mantener los niveles de azúcar, porque el calor…el pesimismo y los trastornos obsesivos estaban a pleno. Mucha ansiedad. Y quién no. Había guardado los caramelos en los lugares más recónditos de la mochila porque supuestamente solo se podía ingresar una botella de agua. Esa tarde iba a poner a prueba mi ratismo exacerbado cuando tuviera que pagar cien pesos por un paquete de papas fritas y otros cien por una botella de agua.
Sirenas. Eran sirenas, sí. ESTABAN LLEGANDO. Ellos iban a tener aire acondicionado en sus camarines. Cómo no pensarlo. Cómo no pensar también en esas composiciones de profundidad infinita que me dejan en un constante descubrir. Cómo no pensar en esos acordes que abrieron una puerta en mi cabeza que no sabía que existía, y en el aire que me rodea cuando los escucho. Qué querés que te diga, es satisfaction. Son voces nuevas en mi cabeza. Eso. Y aunque suene raro, me genera una calma movilizante escuchar a los Stones. Es solo rocanrol, ya sé, pero me gusta y más.
No salía de mi cabeza ni de ningún aparato sonoro cercano, era música real y venía desde el escenario. Era la prueba de sonido o al menos eso pensé. Me recorrió un cosquilleo al escuchar el riff de “Beast of Burden”. Mirá si la tocaban. Escuché también viejos covers de Chuck Berry como “Around Around”, “Carol” y “Route 66”. Imposible que esa fuera la lista de temas: estaba escuchando cualquier cosa o esa no era la prueba de sonido. Pero juro que los pude sentir.
Brian, Keith, Mick, Bill y Charlie. Mick no puede creer lo hecho pelota que está el Centenario (Ronnie estaba esperando en la cola del cajero)
Tenía que ir al baño. Podía aguantar, pero después iba a estar complicado y qué tristeza espiritual agitar con la vejiga llena. Así que me metí en el baño químico. Papel higiénico mojado tirado en el suelo, ¿agua? en el suelo, cuarenta grados fácil en un cubo de plástico. No me podía mover. El water estaba muy alto o era demasiado pequeño o no podía respirar del olor. Los gérmenes subían por mis piernas. Puse el papel alrededor del water. El papel se mojó. Mis dedos también. Salí del baño pasándome alcohol en gel hasta el codo. No pude mear.
La fila se empezó a movilizar cerca de una hora después de lo previsto. Mujeres por un lado. Hombres por otro. Solo tuve que abrir apenas la mochila. Perfectamente habría podido llevar un tupper de torta de fiambre que nadie se habría percatado. Al pedo escondí los caramelos. Soy el colmo. Igual pasé dos botellas de agua. Transgresora si las hay.
Lo primero que hice al llegar a la tribuna Ámsterdam fue ir al baño. Meé en el baño de la Ámsterdam. Quién diría. Nos sentamos casi en la parte más alta de la tribuna, contra la Olímpica. El escenario se veía bien. La gente que llegaba al campo se veía como puntitos.
Nunca me habían transpirado tanto las piernas. La piel se me estaba derritiendo en el plástico maltratado de la butaca. Los demás aplaudían cuando las nubes tapaban el sol. En la Colombes no daba el sol. Yo no embocaba una.
Algunas personas tenían las remeras del Olé Tour que parecían originales, ¿serían suertudos fans extranjeros o las habrían comprado por internet? Un hombre de unos cuarenta años pasó con una remera con la tapa de Let it Bleed. Tengo momentos en los que ese es mi álbum favorito, otras voy por Beggars Banquet o Between the Buttons y otras, Some Girls. Creo que me haría una remera con los cuatro.
Una mujer de unos setenta años tenía una remera con una lengua bordada. Ese fino trabajo lo tenía que haber hecho ella. Era la abuela que bordaba escuchando rocanrol. Estaba junto a un hombre de su misma edad, su marido quizás. Ellos podían haber estado en Londres en los sesenta, por qué no.
Las tribunas estaban repletas y aún seguía entrando gente. Unos cuantos se acomodaron en los escalones, incluso en la especie de pasillo que conduce a la salida. La Colombes estaba igual. En la Olímpica, sin embargo, había claros hasta que dejé de fijarme. Ya casi eran las nueve.
Mick siendo peinado momentos antes de subir al escenario.
Time waits for no one
START ME UP. El espectáculo comenzó tan rápido que ojalá hubiera podido parar el tiempo, apretar un botón de pare y observar todo por un rato. Quería captar el momento con todos mis sentidos. Ahí estaban. Ahí estaba toda la energía que había contenido durante meses, estaban tocando para mí y unas 45 mil personas más. Sabía que era un momento único y quería hacer más que mirar y escuchar: quería tocar, oler, sorber todo lo que llegaba hasta mí.
Pero veía puntitos. Mick, Keith, Charlie y Ronnie eran puntitos. No importaba, bueno, no era momento para que eso me importara, así que mis ojos se fijaron enseguida en las enormes pantallas. No podía pensar mucho o quizás no claramente, porque tenía un estado de enshockización total. Fue ahí, mirando las benditas pantallas (no sé cómo habrá hecho la gente para poder ver algo en los mega conciertos de los setenta, bueno, una posibilidad está en la foto de portada) cuando empecé a intercalar punto-pantalla-punto-pantalla-punto-pantalla en cada parpadeo y descubrí cómo los puntitos crecían, tomaban forma y yo podía verlos tan grandes como la imagen de la pantalla, pero sin mirarla. Juro que no consumí más que agua.
A decir verdad no fui a la tribuna por rata, fui a la tribuna porque, hay que admitirlo, tengo muy poco rock. No quería que el pogo me dejara sin aire o que no pudiera ver nada desde mi metro cincuenta y siete. Algún especialista me había alertado que lo mejor era el campo, pero no quise tomar riesgos. Como siempre.
LLegaron “It’s Only Rock And Roll (but I like it)”, “Tumbling Dice”, “Out Of Control” y estoy segura de que canté cualquier cosa. Creo que más bien lo que hice fue cantararear. Me descubrí saltando, estaba haciendo pogo (a mi estilo) en una butaca, en medio de la Ámsterdam. En la parte superior de la tribuna, justo atrás mío, unos rollingas cuarentones arengaban al mejor estilo barrabravero: “¡Vamo’lo’ eston, vamo’ lo’ eston, lo’ eston, vamo’ lo’ eston!” Las demás personas alrededor mío parecían inmutadas. ¿Estaba en medio de un montón de paracaidistas? Quizás era su forma de vivir el recital y conocían los temas mejor que yo. No lo iba a saber nunca.
Lo que sabía era que el tema elegido por el público no iba a ser “Just My Imagination”, pero lo voté igual. Qué decirles, es la historia de un tipo que ve a una chica y se imagina cómo sería la vida con ella, pero la mina ni bola. Decime si este tema de los Temptations no es el cover más loser de los Stones. Las otras opciones eran “Let’s Spend the Night Together”, “Get Off Of My Cloud” y “She’s So Cold”. Terminé votando también por las tres primeras para que no saliera la última. Ganó la última.
Siguieron “Wild Horses”, “Paint It Black” y “Honky Tonk Woman”. Aunque no era la primera vez, levanté los brazos al cielo para atrapar algo de la fuerza que salía del escenario. Tantas veces había escuchado esas canciones a través de los auriculares, en el ómnibus con la nariz contra la ventanilla, que ahora no podía creer que sus propios creadores estuvieran tocándolas.
Llegó el turno de Keith. Comenzó “Slipping Away”. Los que estaban alrededor se sentaron.
—Qué falta de respeto, es Keith Richards el que está ahí, cómo se van a sentar —Le susurré a mi hermano. Una chica que estaba con su novio me miró de reojo. Keith dijo que estaba muy feliz, que había recibido un regalo en el hotel, se trataba de un pastel personalizado. Parecía que estaba hablando con una emoción sorprendida, realmente agradecido por el gesto. Lo entendí sin mediadores y espero que mi profesora de inglés esté leyendo esto.
Keith interpelándolos.
Sway
Cuando Keith terminó de tocar “Can’t Be Seen”, volvió Mick al escenario y la gente a mi alrededor se volvió a parar. Tocaron “Midnight Rambler” y cuando llegó el turno de “Miss You”, él le pidió a la gente que cantara el estribillo o algo así, mucho no le entendí y por lo visto más de uno tampoco, porque en un momento se quedó esperando la respuesta del público y solo algunos lo seguimos. Él se rió.
—Traela para acá —gritó uno de los rollingas del fondo cuando apareció en la pantalla la corista Sasha Allen, cantando “Gimme Shelter” junto a Jagger. Algunos silbaron. Lamentablemente los pelotudos nunca faltan a ningún lado. A este tema le siguió “Brown Sugar” y después “Sympathy For The Devil”. Mick se puso una capa con una especie de plumaje y todo se ruborizó. Dicen que cuando tocan ese tema pasan cosas raras, de hecho el último día de grabación de la canción, en 1968, hubo un incendio en el estudio Olympic. A pesar de todo el fuego de esa noche, nos salvamos.
I was born in a crossfire hurricane. Es increíble la energía que contiene el comienzo de “Jumpin’ Jack Flash”. Bueno, en realidad no es increíble, es audible, lo escuchás y lo comprobás. Ya casi me estaba quedando sin aliento. A miles les debe haber pasado lo mismo. Menos al viejo que de viejo no tiene nada.
Por momentos alejaba la vista de la pantalla y me enfocaba en quienes no estaban siendo tomados por las cámaras en ese instante. Algo pasó. Creo que por un segundo adquirí un poder telescópico y los puntos se transformaron en personas. Vi a Charlie encendido detrás de su batería, a Ronnie retorciéndose con su guitarra y a Keith, ¿dónde estaba Keith? Allá, en un extremo del escenario muy cerca de la gente. Solo pensé en quienes estaban ahí, en lo que sentirían viendo cómo sus dedos artrósicos se deslizaban por la guitarra. Esos mismos dedos son los responsables de los riffs más famosos de la historia de la música. Quizás alguno llegó a ver hasta su anillo craneano. Yo no pude.
El antepenúltimo tema fue “You Can’t Always Get What You Want” y yo sabía que no podía tener todo lo que quería, pero como dice la canción, si lo intentaba, a veces, podía obtener lo que necesitaba. Ahora la pregunta es ¿lo que necesitabas es suficiente para llegar a satisfacerte? Por supuesto que la última fue “(I Can’t Get No) Satisfaction”. Cuando sabés que algo se termina, yo qué sé, lo disfrutás, pero ya estás respirando esa melancolía.
Esa melancolía tan sway que te sopapea, que te dice: —Desde ahora solo van a quedar los recuerdos. ¿Cómo puede algo que viviste hace unos instantes transformarse tan rápido en un recuerdo? No sé. Supongo que así son las cosas.
Salimos del estadio despacio, embotellados entre la gente, aspirando un asqueroso olor a meado. Una vez afuera le pregunté a mi hermano qué le había parecido.
—Estuvo bueno, pero no vi nada. No sé si esos eran los Rolling Stones, porque solo vi puntos que se movían.
Fuerte. Y yo que había adquirido mirada telescópica por momentos y la visión punto-pantalla-punto-pantalla…no podía creer que todo aquello hubiera sido just my imagination.
Sentí un vacío. Podía ser hambre y sed, pero lo cierto es que ya no tenía que esperar más para que llegara el 16 de febrero de 2016. Solo me conformaba pensar que algún día podría llegar a vivir lo mismo. Ese día me iba a ir al campo.
(*) Portada: Fans de los Rolling Stones por Joseph Szabo, 1978.
Feb. 2017














