Lo que precede a la tormenta
No puedo con los días como hoy, donde amanecen los pájaros piando un día de calor y anuncian tormenta.
Me refiero a estos días, donde el sol pica e irradia su luz en forma de nubes demasiado claras, esas que luego se tornaran oscuras.
Adoro las tormentas, pero no puedo con la previa tan nítida y brillante cubriendo un cielo blanco demasiado deslumbrante para mis pupilas.
Mis ojos se achican, incapaces de procesar la cantidad de lúmenes que imana el ambiente.
Aunque suene a poesía, es literal, es así como reaccionan mi mirada, hormonas y cerebro.
En estos días, también me oxigeno despacio, a mi mente le falta aire, se vuelve olvidadiza y despistada, más de lo normal y apenas mis sinapsis pueden hacer un esfuerzo por desperezarse y darme un día plenamente productivo.
En estos momentos, tiendo a alejarme de la gente, es algo instintivo, soy consciente del bien que de normal me hacen, pero tampoco puedo con sus luces que me parpadean.
Los colores de sus nombres y figuras se convierten en semáforos en ámbar y yo no tengo ni la disposición ni la entrega para saber si cruzar o no la vía.
Entonces, con todo ese ruido intermitente invadiendo mi espacio, puede que no sea la compañía que acostumbras, ni siquiera para mi misma. Los saludos y las charlas proliferas otras tardes se me atascan hasta revelar mi antipatía.
Adoro a las personas, ¿Cómo sino iba a conocer todo lo que he aprendido? ¿Cómo sino iba a reconocer el dolor y su contracción en la cara apenas un segundo antes de que a alguien le explote dentro?
Pero es precisamente eso, eso que yo veo con colores que nunca es o blanco o negro, lo que el brillo de un día tan claro y radiante no asimila y enloquece.
Se acercan días donde todo es algarabía, la gente puebla las aceras para entregar lo que tras la pantalla estamos olvidando. A ratos me escuecen tanta gente ebria y el descontrol revestido de pretexto que a veces a alguno le hace latir su verdadero ser.
Para no ser hipócrita soy la primera que de alguna forma lo necesita para anestesiarse, en mi caso siempre corre la necesidad de alejarme de mi misma, de distanciarme, que por otra parte no evidencia sino de lo que carezco.
Por eso huyo y cierro las persianas, porque necesito quedarme a oscuras y en silencio redactando una nueva línea en este borrador.
Mi cuerpo sabe que se acerca la tormenta, como un perro aulla cuando sabe de un terremoto aunque desconozca el epicentro.
Supongo que desde cada tejido, lo único que queremos es palpar la llamada de algo grande, alertar y compartir algo que nos haga sentir precisamente que pertenecemos al mismo planeta siendo tan únicos…
Esta es la confesión que hoy os dejo, más que la estrella, que el nombre con el que me bautizaron, soy un satélite orbitando, esperando alguien o algo lo describa, que le de fuerzas para un nuevo giro, porque ni yo lo consigo, ni tanta claridad me deja.
Los días claros esconden una extraña melancolía y anhelo que mis células no descifran pero tiritan.