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Dom., 25 de noviembre
(del 2018), 11:09
— ¿Y esto? — Manifestó con cierta curiosidad el veinteañero, al mismo tiempo que observaba la caja que yacía en esos momentos entre sus manos. — Parece que lleva tu nombre. — Agregó, haciendo referencia a la etiqueta que decoraba el presente, antes de aproximarlo hacia la morena.
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La voz del americano llamó la atención de la morena, que hasta entonces había estado en un interminable camino de ida y vuelta, desde el armario hasta la maleta que yacía sobre la cama. No solo se acercó con curiosidad y una sonrisilla en los labios hasta la figura masculina, sino que acortó toda distancia existente entre él y ella con un besito casto (y escueto) a la altura de sus carnosos labios antes de coger entre sus dedos la caja que sostenía. — ¿Y esto…? No tenías por qué…
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A pesar de la pretensión femenina, el veinteañero se las ideó para dilatar en el tiempo, un poco más, aquella acabada e impecable unión entre labios, antes de aceptar la partida de su pareja. — ¿Recuerdas la bufanda que solías tomarme tanto prestada el año pasado? — Mencionó, coincidiendo con el desempaquetado del regalo. — He creído que te haría mayor ilusión poder tenerla al fin, solo para ti, antes que comprarte una que pudiese asemejarse a ella.
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Qué bonitas eran las sonrisas posteriores a un beso. Pero aún lo eran más aquellas que se dibujaban cuando todavía estaban unidas ambas bocas, entre beso y beso. Con el regalo ya desempaquetado, la sonrisa que hasta entonces había estado luciendo la fémina, se ensanchó considerablemente al descubrir de qué se trataba. La bufanda… Se había acordado. Automáticamente, agarró ésta para pasarla tras la cabeza de su pareja y ajustarla a la altura de su cuello; ¿con qué fin? Atraerlo hacia sí y repartir una serie de rápidos y sonoros besos sobre la superficie (aún húmeda) de sus labios. — Te voy a comer a besos. Si es que eres perfecto. ¡Es que te como!
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— ¿He acertado? — Consultó, a medida que una gradual y tierna sonrisa emergía de entre sus sonrosados labios, dotando a sus facciones de luz: de candidez. — ¿Te gusta? — Adicionó apenas unos instantes después, mientras contemplaba con devoción el semblante femenino y reconocía, a la altura de la nuca, el amoroso tejido de la que había sido, hasta la fecha, su bufanda favorita. — Te quiero. — Confesó al cabo de unos segundos, coincidiendo con la constitución de un beso notoriamente más lento a cualquiera de sus antecesores.
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— Yo sí que te quiero… — Murmuró, en un tono íntimo y apenas audible, ahora boca contra boca: correspondiendo y permitiéndole unos segundos más de unión, gozo y deleite. Premiándole (y nunca mejor dicho) con un beso algo más duradero que los que había recibido segundos antes para, poquito a poco, agarrar la bufanda, tirar inclusive de ésta para atraerlo más hacia sí mientras sus manos ascendían, enredándose con el tejido, hasta terminar el trayecto a la altura del cuello (o, más concreta y específicamente, sobre ambos laterales); y su boca se amoldaba a la ajena como si la vida le fuera en ello.
La yema de sus dedos se anclaron y aferraron a la dermis masculina, durante un margen de segundos muy corto, a pesar de haberse parado el tiempo… Fue entonces cuando, dio por finalizado el beso; separándose con un par de piquitos y una sonrisa en los hinchados labios. — Has acertado, y de lleno. Muchísimas gracias, mivi. Por todo.
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Tan contento como sonriente, el veinteañero se aventuró a tomar tranquilamente asiento junto a los pies de la cama, arrastrando consigo a la figura femenina. — ¿Necesitas ayuda con la maleta? — Comunicó, nada más desviar la atención de su mirada del armario entreabierto y depositar, con suma delicadeza, los labios sobre el hombro ajeno más próximo a su ubicación. No satisfecho con ello, rodeó la cadera femenina con uno de sus brazos para así, atraerla hasta el torso.
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Sin duda, en un instante como aquel; a Eleanor le encantaría verse desde fuera. Visualizar detenidamente aquella estampa, e inmortalizar también el momento. Porque, ahí estaban. Eran una pareja. Una pareja en la teoría, y en la práctica. Con planes. Con deseos en común. Y un futuro por vivir.
Tras haberse acomodado y, también, haber pasado uno de sus brazos sobre los hombros de su chico; la mano vacante se deslizó de arriba abajo sobre el torso masculino. Una nueva carantoña, fue la respuesta. Un besito de esquimal. Aquel movimiento horizontal podría darle la pista. Sin embargo… Cuando sus miradas se encontraron, la veinteañera sonreía. — Hagamos unas fotos. Aquí, ahora. Así. — Sugirió, a medida que se inclinaba unos centímetros y con la mano que había estado acariciándole, cogía su teléfono móvil que descansaba sobre el colchón.
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« Hagamos unas fotos.
Aquí, ahora.
Así. »
Aprovechando la ligera inclinación adoptada por Eleanor, el muchacho lo tuvo claro: si perdía el equilibrio… sería cuestión de tiempo que la gravedad hiciese acto de presencia, haciéndoles caer sobre la superficie de la cama.
Dicho y hecho.
El americano no sólo terminó al cabo de unos escasos segundos con la espalda sobre el colchón sino que, además, remolcó consigo la figura femenina. — ¿Preparada? — Murmuró, en referencia a la sesión fotográfica que a continuación tendría lugar. Inmediatamente después, la mano diestra del muchacho terminó soterrada efímeramente entre los cabellos ajenos, antes de ser deslizada paulatina y gradualmente desde la nuca hasta la base de la garganta.
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Las carcajadas femeninas, sonoras e indudablemente divertidas, llenaron hasta el último escondrijo de la habitación cuando el americano cayó sobre la superficie del colchón, y la arrastró consigo a la mullida e inevitable caída. Todavía se carcajeaba cuando (tras su debida acomodación) desbloqueó el teléfono y, la yema de su dedo índice, pulsó sobre el iconito de la cámara fotográfica.
Una vez dentro de la aplicación, aparentando excesiva concentración, la veinteañera volvió a pulsar sobre la pantalla táctil para hacer las fotografías desde la propia cámara frontal, aunque… Debía reconocerlo; el recorrido que estaba llevando a cabo la extremidad de su pareja sobre la piel expuesta, estaba desconcentrándola hasta tal punto que le sonsacó, sin ser consciente, una media sonrisa.
Click…
Cuando ambos rostros y también parte de la zona superior de ambos cuerpos estaban en pantalla; la muchacha viró sutilmente el rostro. — Yo siempre estoy preparada. — Acto seguido, aproximó el propio hasta el ajeno para romper la escasa distancia que los separaba.
¿Un beso?
Casi. Pero no.
La fémina atrapó el labio inferior masculino y apretó –con fingida maldad que (sí o sí) debía captar– un ápice la dentadura contra éste, para fotografiar el momento exacto.
Click.
Click.
Click…
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El primero de los retratos tomó por sorpresa al veinteañero, abstraído nuevamente -¡qué novedad!- con el rostro ajeno: en esta ocasión, concretamente, con el tinte y pigmento de sus iris.
« Click. »
— Mierda… — Murmuró prácticamente para sí mismo y con una media sonrisa fijada a los labios, consciente del descuido en el que había incurrido. No obstante, tras peregrinar con la mirada desde las facciones femeninas hasta el aparato de telefonía móvil y una vez allí, deshacer el camino de ida, el americano volvió a olvidarse de cualquier elemento que no fuese ella. — Si te pidiese que… durante los próximos treinta segundos me mirases a los ojos, ¿aceptarías? Treinta segundos sin emplear la voz. Treinta segundos sin tocarnos. Tan sólo treinta segundos mirándonos, en silencio. — Manifestó al cabo de unos segundos, tras la última de las muestras de afecto físico desarrolladas por su pareja.
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« Si te pidiese(…), ¿aceptarías? ».
El rostro femenino fue ladeándose unos centímetros según escuchaba (cómo no, con su característica curiosidad) la sugerencia que, palabra a palabra, iba pronunciando el americano. Hacia tan sólo unos segundos desde que su atención se había condensado en sus facciones y en los detalles faciales que tanto disfrutaba admirando, a diario. No necesitó pensárselo, pese a que guardó silencio y simuló darle alguna que otra vuelta mentalmente a aquella propuesta. — Acepto. Pero… Hoy treinta segundos sin contacto físico se me van a hacer eternos. — Confesó a bocajarro: con sinceridad y desparpajo. Y lo hizo. Lo hizo a pesar de querer robarle antes un beso.
¿Cómo lo hizo? Tumbándose bocarriba sobre el colchón, acomodándose y colocando el teléfono móvil sobre la tripa, donde posaría también la palma de sus manos (sosteniendo éste) para evitar caer en una posible tentación.
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« Acepto. Pero… Hoy treinta segundos sin contacto físico se me van a hacer eternos. »
Allí estaba… una vez más, aquella inevitable y holgada sonrisa, colgándose de las comisuras masculinas. Instalándose en ellas. — Estarás sintiéndome mucho antes de lo que imaginas. — Reprodujo apenas con un hilo de voz, a medida que orientaba el rostro en dirección al opuesto.
Treinta segundos.
Treinta segundos de absoluto silencio, durante los cuales el veinteañero mantuvo en todo momento un contacto visual cómplice y directo con su pareja.
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Treinta segundos…
Treinta malditos segundos.
Podía. Claro que podía, y lo haría. Sin embargo, y pese a que la muchacha pudiese pasarse no sólo segundos, sino horas mirándolo sin mediar palabra; la sonrisa que fue floreciendo de entre sus labios fue una de las más inevitables y dulces que jamás habían dibujado. Sus mejillas, casi corrieron la misma suerte: tintándose y adquiriendo –poquito a poco– un rubor y tono (son)rosado.
Qué tenían aquellos ojos.
Qué tenía ese hombre. Qué.
Desconocía el tiempo que había trascurrido desde que empezó aquella particular cuenta atrás y, aunque no podía utilizar las manos, ni tampoco la boca… Estaba convencidísima de dos cosas: La primera, se habían besado en el alma. Y la segunda, se habían colmado de caricias. Todo ello, con la mirada. No hacía falta más. No era necesario.
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Una vez la cuenta atrás hubo llegado a su final… el americano procedió a depositar las yemas de sus dedos centrales sobre la mejilla femenina más alejada. — ¿De qué sueño te has escapado? — Se interesó en saber, a medida que escoltaba con la mirada las caricias que, en aquellos precisos momentos, estaban constituyéndose sobre la epidermis ajena. — ¿De qué cuento…? ¿De qué fantasía? — Agregó, nada más aproximar una de las aletas de la nariz a la parte contraria.
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Como consecuencia del acercamiento de su pareja y, también, de los interrogantes pronunciados: el labio inferior femenino fue atrapado por la fila dental superior durante un margen muy, pero que muy breve de segundos. ¿Por qué motivo? Por una sencillísima razón. El mismo pensamiento de los últimos días volvió a reproducirse en el interior de su mente. « Te voy a comer ». No obstante…, la única acción que llevó a cabo fue trasladar la posición de sus manos a la zona occipital masculina; para enredar y hundir los dedos entre su pelo. Estirar, de manera leve, apenas perceptible mientras apegaba su sien a la opuesta, y mecía la cabeza verticalmente: a modo de caricia, de roce. — ¿Y tú? ¿De dónde has salido tú? — Susurró, en voz baja; privada del sentido de la vista.