“¿Cuántas veces tengo que repetirte que me vale mierda?” bufó, sintiéndose ya frustrado con la presencia contraria. Tan solo quería un poco de paz y no la estaba consiguiendo.

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“¿Cuántas veces tengo que repetirte que me vale mierda?” bufó, sintiéndose ya frustrado con la presencia contraria. Tan solo quería un poco de paz y no la estaba consiguiendo.
“¿Qué parte de quiero estar sola no comprenden?” Comentó malhumorada mientras abría la puerta. Ainhoa no quería visitas, aunque en lo más profundo rogaba porque alguien estuviera ahí, incluso si era para fastidiarla. Tomó un sorbo directo de la botella de whisky mientras observaba a la persona que se encontraba frente a ella, esperando alguna respuesta.
La letra de aquella canción era un tanto cliché y aun así la tenía en constante repetición, era como si significara algo para ella, algo que ni siquiera podía describir. Caminaba, sin darse cuenta de que sus audífonos se habían enredado en el brazo de alguien, sintiendo como se le salían de las orejas en un solo jalón. Volteó, encontrándose con la figura contraría, sintiéndose inmediatamente apenada. “¡Lo siento! Iba demasiado distraída.”
“Vine a pedirte amablemente que le bajes el volumen a tu estéreo, estás perturbando al edificio entero. O qué, ¿acaso es muy difícil?”
Para poder salir por un café y después ir con su hermana a visitarla con lo que parecía ser su sobrina era lo único que tenía planeado por ese día. El hecho de tener que decirle a su hermana que era una bailarina exótica por las noches era lo que no quería y buscaba cualquier cosa para poder evitar a su hermana. Cerró la puerta de su apartamento con seguro detrás de ella mientras caminaba reconoció un rostro a unos metros de ella, “El mundo es pequeño.. ¿qué haces aquí?”
“Oh, por la ---” se interrumpió y antes de escupir su primera maldición o en el mejor de los casos, cualquier disparate sin sentido, luchó con el vestido que se había atorado en sus caderas. Perfecto. “¿No te enseñaron a tocar la maldita puerta? Nope, claro que no lo hicieron.”
“¿Cuántas veces tengo que pedir que no toquen el timbre a estas horas? ¡¿Sabes todo lo que tengo que luchar para que esos dos mocosos se duerman?!” Susurró de forma agresiva al abrir la puerta. Había tenido un día agotador y cuando creyó que por fin podría relajarse, alguien más venía a perturbarla. De todas formas se dio cuenta que no tenía por qué ser tan ruda, por lo que decidió calmarse un poco. “Y bien, ¿qué se te ofrece?”
“Juro que no es lo que parece” explicó. La rubia estaba sentada en las escaleras tocando algunas cuerdas de una guitarra abandonada que rescató de las frías calles de la ciudad. “La encontré en la calle y no tengo idea de lo que estoy haciendo” declaró con gracia a la persona frente a ella.