(Seguir, o no) Las fases del amor
Como si querer o enamorarse se tratara de un estándar en el que existen tiempos predeterminados en los que caben (y pasan) solo ciertas cosas.
Nos vendieron la idea de unas “fases del amor”, como unos periodos con tiempos establecidos en los que se racionan los sentimientos (dizque) como una garantía para que las cosas salgan mejor o para no salir (tan) lastimados. Eso de no demostrar más de la cuenta y no salir-se de esos moldes o “pasos a seguir” que suelen tener las relaciones, las que (supuestamente) sí valen la pena o sí van para algún lado, parecieran ser las únicas cosas claras que tenemos en la cabeza cuando alguien se nos cruza en el camino.
Varios de nosotros, por la presión social o porque se nos ha enseñado que eso es lo correcto: ir despacio, con cautela y hasta con prevención, sin saltarse ninguna de esas fases, pasamos algún momento, media vida o (desafortunadamente) la vida entera, creyendo que así funciona.
Que cuál será el mejor momento (si es que lo hay) para demostrar interés; que cuántas llamadas o salidas deben ocurrir para avanzar al siguiente paso; que cuáles son las señales que puedes dar, o más bien las que debes esperar, para animar el amor o para retirarse; hasta dónde contar (y al cuanto tiempo), de ese pasado de relaciones, historias o solo rollos (que todos hemos tenido), del desamor, del olvido, de los aciertos, aprendizajes o errores anteriores.
(Al cuanto tiempo) Entrar en su vida o dejarlo entrar en la tuya. Léase, entre otras cosas: conocer a la familia, a los amigos; o dejar por fin de estar en modo conquista, ese modo en el que uno se muestra perfecto para el otro y se “vende” bien, para pasar a la vida real, en la que lo conocen a uno tal cual como uno es.
Buena parte del tiempo (de esta, por cierto, corta vida) se nos va en intentar tener las respuestas a todas las preguntas que, o nos hacen, o nos hacemos nosotros mismos, consciente o inconscientemente, sobre las adecuadas y correctas “fases del amor”. El amor de a pocos, por periodos, como medida para asegurar una relación trascendental o significativa, no tiene ningún sentido; es más bien contradictorio.
La dosificación en tiempos, del amor, o demasiada atención a los indicadores de éxito (demasiado técnico para mi gusto), pervierten el sentido de las relaciones, las revuelve y les pone cargas innecesarias a algo que vendría bien (alguna vez o muchas veces) pensarse menos, vivir y sentirse más.











