Pedro en un poster de Iron Maiden
En lo que refiere a Pedro, su mejor anécdota no es la de La Pasión. Pedro se avergüenza de todo su pasado y cabe decir que sus anécdotas nunca fueron contadas por él mismo. La tradición se propagó gracias a los infelices de sus antiguas amistades. A Pedro le pegaba su padre. Su mamá lo reprendía todo el tiempo, más cuando a Pedro, adolescente, se le ocurrió la brillante idea de escuchar Heavy Metal. Nunca tuvo buenas notas en la escuela y a sus hermanas menores las querían mucho. Alto y flaco como ninguno de su clase. Sin talento para el deporte, ni para socializar. Jamás se le vio hablar con una mujer que no sea de su familia hasta los quince años. La preparatoria fue una etapa llena de turbulencias. Relaciones amorosas que terminaban en el momento en que Pedro daba a penas una miserable señal de que le gustaba una chica. Reprimendas de los maestros por dibujar punks tristes en las bancas del salón de clase. Sus primeros amigos de verdad; los más grandes hijos de puta que pudo escoger. Encontró refugio para esas y más porquerías cuando abrieron El Ángel, rock shop en su pueblucho polvoriento. Playeras piratas de bandas de punk rock y heavy, pipas para marihuana, guitarras eléctricas, posters y cintos con estoperoles. El logo de las bandas mal impreso en las playeras y el auge de los cyber-café en el pueblo, le permitió a Pedro escuchar música nueva. Nunca antes había tenido un reproductor MP3, ahora quería uno. Ahorraría el dinero de las escuela por dos semanas y se lo compraría en el mercado de los sábados. Su habitación, que a penas era un espacio de 3x3 metros construido por él como anexo a la casa, se había convertido en un santuario del horror. Posters de Helloween, Iron Maiden y Dio decoraban las paredes. CD’s piratas de música y Play Station poblaban las repisas. Películas serie B que le descargaba el encargado del cyber-café de su colonia se reproducían una y otra vez en su televisor. Ahí se podía estar en paz. Dance of Death era su álbum favorito de Iron Maiden. Tenía el poster en la pared frente a su cama. Veía la escena de La Muerte, dirigiendo un vals demoníaco de aberraciones antropozoomórficas. Más que la música de la banda, era esa imagen la que lo conmovía. La Muerte extiende su brazo en una invitación a su aquelarre VIP. Pedro se deja llevar, a penas y se resiste. Se olvida de sus padres exigentes, de sus defectos, de su impopularidad. Deja de gastar energía en mantenerse dentro del margen de la realidad. Flota treinta centímetros sobre su cama, posición faraónica. Los estoperoles y los pinchos se desprenden de sus respectivos cinturones y pulseras, giran alrededor de Pedro en una especie de torbellino. Un hombre en la T.V. ríe a carcajadas con la cara bañada en sangre. No hay vuelta atrás, Pedro. Puedes cambiar de vida, puedes volverte alguien diferente. Porque ya eres alguien: un montón de defectos hacen una personalidad. Afuera de la habitación, en el living, la familia bebe café y come pan dulce. Nadie pensó en Pedro, ni lo imaginaba levitando sobre su cama, rodeado de estoperoles y pinchos de aluminio. Nadie nunca pensaba en él hasta que hacía algo malo. Pedro se despierta bañado en sudor y desconcierto. Son las cuatro de la madrugada. Se levanta de la cama, toma sus lentes de miope, los pone en el suelo y los hace trizas con sus botas. Decide que está muy flaco. Sale al patio trasero y comienza a fabricar unas mancuernas con cemento y varilla de acero. En su cabeza se forma una escena: tiene amigos que lo respetan y él es el líder del grupo. Su novia es guapa y le dice amor y le besa la mejilla, él indiferente. Todo será perfecto en adelante, será como yo quiero.
Alfredo Salazar








