—Eh amigo, te conozco. Sé que no eres mala persona. Al contrario, eres uno de los hombres más bondadosos que me he cruzado en mi vida. Algo creído y pedante, pero buena persona —se encogió de hombros aguantando la risa por aquella broma antes de continuar—. Así que piensa bien lo que vas hacer. Esa muchacha tiene ya su vida aquí en Londres. No tienes derecho alguno a reclamarla. Como mucho, a echarla una mano si es que la necesita a estas alturas. Pero no hagas ninguna locura. Prométemelo —le apuntó con un dedo casi amenazador. Sabía que su amigo podía ser muy persistente llegado el momento y se le veía casi emocionado por reclamar a esa cachorro.
Sean Maxwell















