Fic: The Swingers - Cap. 01
@morita-zul, soy tu secret santa! Espero que este 2019 te traiga mucha felicidad.
Acerca del fic... pues bueno, la tengo difícil con los OC’s porque no los conozco bien, así es que me tuve que ir a una petición del año anterior y partir por algo conocido. Sigo escribiendo, pero quería publicar el primer capítulo antes de que se pase el día. Ya va el segundo.
Espero que te guste, o que al menos... te intrigue.
Palabras: 1318
―¡Mierda! ―exclamó Aioros frente al espejo.
―¿Te cortaste? ―se escuchó la voz de Seika desde detrás de él.
―No, menos mal ―respondió él, lavándose y revisándose―. Pero estuvo cerca. ¿Ves lo que pasa cuando arreglas algo que no estaba roto? ―agregó volviéndose hacia su mujer que estaba nada menos que entronizada en el excusado, con el vestido de noche abierto por el tajo, orinando en la posición más incómoda que él hubiera visto jamás.
―¿Qué no estaba roto? ―Seika se limpió y tiró la cadena―. Para la otra aféitate mejor y así no tendré que devolverte al baño desde la puerta. Ahora vamos a llegar tarde.
―Estamos a tiempo ―rezongó él terminando de secarse la cara y volviendo a perfumarse.
―¿Y bien? ―Seika modeló frente a él―. No se arrugó, ¿cierto?
―Te ves preciosa.
―¿Crees que sea suficiente?
―Es excesivo.
Lo era. Un vestido azul de vampiresa, contrastando exquisitamente con la piel clara de su esposa, y con sus labios pintados de rojo debía ser mucho para cualquier cena en casa de amigos.
―Pero tú lo dijiste: hay que hacer que la petición entre por lo estético ―replicó Seika, mirándose en el espejo la espalda que el vestido dejaba al descubierto.
Aioros asintió. Era una cena en casa de amigos, pero eso no la hacía “cualquier cena”.
―¿Crees que acepte?
Con doce años de matrimonio, los ojos brillantes de Seika volvieron a parecerle los de la muchacha que él sedujo una vez. “No la seduje, no la llevé por mal camino, debo dejar de pensar eso”, se recriminó, sin dejar de mirar el bonito rostro anhelante que tenía en frente.
―¿El labial es permanente? ―preguntó.
Seika solo había asentido a medias cuando él ya tenía sus labios atrapados entre los suyos.
―Ningún hombre podría decirle que no a mi linda esposa ―dijo―. Aunque si sigues poniendo esa carita me voy a poner celoso de veras ―agregó, volviéndola para poder abrazarla por detrás y ver qué retrato hacían los dos juntos en el espejo.
―Sabes que no es así como funciona ―dijo ella y él podía ver en sus ojos que le agradaba lo que veía en ese espejo tanto como a él―. Pero puede que ellos no lo vean así. Sobre todo ella.
Aioros asintió, oliendo el perfume en el cuello de su esposa. Era el perfume caro, el que le había dado por el aniversario de bodas.
―Prometiste que te encargarías de ella ―agregó Seika.
Los nervios inflaban temblorosamente su delicado diafragma, podía sentirlo entre sus brazos. “Y esto me está gustando un poco más de lo que debería”, se dijo a sí mismo, al sentir que el aliento en sus propios pulmones comenzaba a calentarse.
―Lo hice ―dijo, respirando en la oreja de su muchacha.
―Le tengo miedo.
―Es mi amiga, no pasará nada.
―Amiga… ―Seika echó una leve risa―. ¿Te acuerdas de ese masivo encaprichamiento que tuviste con ella, nada más volver?
Y el calor de sus pulmones se le subió a las mejillas sin que pudiera controlarlo.
―Sí, me acuerdo ―admitió con la vista baja, soltando a Seika que se volvió para tomarle las manos.
―Hasta lloraste abrazado de mí, según recuerdo.
Vio de reojo que Seika se lo estaba pasando más o menos bien al echarle en cara ese recuerdo que casi parecía de adolescencia a esas alturas.
―Sí, me acuerdo ―dijo él, alzando los ojos―. Y recuerdo que mientras yo lloraba como un idiota, tus tripitas me hablaron.
―¡Eso no es verdad!
Allí estaba la muchacha nuevamente y así él no se sentía tan solo reducido a un chiquillo.
―Sí lo es, me dieron un pequeño concierto ―con un beso en la frente la soltó y salió del baño―. ¿Te había caído mal algo, o para entonces ya eras intolerante a la lactosa?
―Que a mí no me suenan las tripas ―la escuchó rezongar a sus espaldas mientras él se volvía a colocar la corbata―. ¡Tú! ¡Tú te echas pedos mientras duermes!
―Uy, golpe bajo ―dijo él con una sonrisa divertida bailándole en los labios, volviéndose hacia ella para mostrarle el nudo―. Ya sabes lo que dicen: culo con sueño no tiene dueño. Yo no digo nada del tuyo ―agregó dándole un suave pellizco en la mentada parte mientras ella le enderezaba la corbata con cara de pocos amigos.
Justo cuando se ponía la chaqueta, su celular vibró en repetición.
―¿Quién es? ―preguntó Seika.
―La señora María.
―¿Le pasó algo a los niños?
―Nada, solo que una de las chicas chocó a Natsu muy fuerte en los autitos chocones y él se mordió la lengua.
―¡A ver!
Seika se abalanzó sobre el teléfono.
―¿Cuál fue? ―preguntó la madre de aquel niño bienamado que tenía ocho, pero parecía de seis.
―Creo que es Fiamma, al menos es a ella a la que Dione está increpando. ¿A que no fue una maravilla enseñarle a la señora María a enviar fotos por Telegram?
Seika parecía mucho más tensa de lo que a él lo ponían las fotos de los cuatro chicos en la feria local a la que la señora María los había llevado para permitirle a sus respectivos padres tener una cena de parejitas. En la primera imagen salía Natsu llorando y Dione arremangándose. En la siguiente aparecía ella discutiendo con Fiamma como si fueran a llegar a las manos, aun cuando Dione le sacaba unos años en edad. Y en la que venía después aparecía Özlem agarrando a Dione de la trenza, en defensa de su hermana. Una cuarta fotografía se estaba cargando.
―Fiamma es la que se parece más a ella, ¿no es así? ―dijo Seika pensativa, pasando el dedo sobre la imagen de la chica.
―Hey, todo estará bien. Van a aceptar ―replicó él con una sonrisa.
Y supuso que su sonrisa seguía teniendo el mismo poder de siempre, porque ella le sonrió de vuelta y no le importó arrugar vestidos y chaquetas para el abrazo.
―Sé lo importante que esto es para ti ―murmuró él contra los bucles que ella había pasado un par de horas armando en casa―. Y saldrá bien. Aceptarán.
―Si sale mal, tú…
―Yo te protegeré, pero ya te dije, ella es mi amiga. Seguramente ella también quiera, ya sabes, por mí.
Seika se alejó y le dio un golpe en el pecho.
―Tampoco tienes que darme celos ―dijo, respirando profundo.
―Tú dijiste que no se trata de eso. Y no soy yo el que se la pasa diciendo “qué hombre más hermoso” ―replicó él de buen humor, aunque no sin un cierto vértigo guardado en alguna parte de sí―. ¡Oh! Llegó la otra foto y un audio.
La siguiente foto era un enredo como esas esculturas de Laocoonte y la serpiente: Natsu mordía a Özlem en el brazo, Özlem se llevaba con ella a Dione al suelo y Dione se llevaba a Fiamma a su vez. Lo peor es que era una selfie: la señora María y su conservadora pañoleta en el pelo salían en primer plano. Tan inexpresiva como siempre, Aioros sabía lo que venía en el audio que venía a continuación solo por la chispa en sus ojillos hundidos.
―Ya todo está en calma, señor, y no hay heridos porque vieron que le había enviado las fotos a usted y a la mamá de las gemelas ―decía el audio, con voz átona y sombría.
Y a continuación venía otra foto de los chicos en perfecto orden de formación. Aioros rio de buena gana, tanto que le contagió algo a Seika.
―Vamos, tienes que hacer tu parte ―dijo ella, tomando el celular para tomarle una foto a él.
―Espera ―dijo él, tratando de tragarse la risa―. Bien, ahora ―agregó poniendo su mejor cara de caballero de Sagitario, con todo y cosmos encendido.
La última foto en la que los cuatro niños aparecían dándose la mano como grandes amigos, les llegó cuando abordaron el taxi rumbo a la residencia en Atenas de Shaina y Afrodita.










