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Eu gosto.
Eu gosto de como gosto tanto de você. Gosto das palavras que em ti encontram lugar, Gosto das nuances que em silêncio se revelam, Como o tempo que, em calma, escolhe ceder.
Este não é um poema de amor, Mas até bem poderia ser, Pois, afinal, o que é o amor? Não pode ser um desejo que nunca pode florescer?
Gosto do jeito que os dias se moldam, Quando estou onde os pensamentos se soltam. É apenas sobre o prazer de te ter, Na simplicidade de contigo me perder.
Do jeito mais simples que pode ser, Eu só gosto de gostar de você. Linha por linha, como sombras a tecer, E no fim, não é sobre ter você, Mas sobre o que poderia ser, sem jamais acontecer.
Posso criar versos que correm livres, tão fáceis, Rimas que trazem à luz o oculto sentir, Mas que, no silêncio, se recusam a existir.
E assim sigo, sem rumo ou razão, Gostando de ti, sem explicação. Na fronteira entre o querer e o ceder, Apenas gosto de te descobrir. E gosto do gosto de gostar de você.
Fue entonces que ambas tomaron asiento frente a mí, con la oportunidad de darnos un espacio para conversar. Seriamente. Sus semblantes no estaban muy satisfechos con la idea, la de convivir unos segundos juntas; sus expresiones no eran hacia mí, porque sabía que ambas me amaban hasta el final de los tiempos. Más bien eran de repudio a sus presencias. Para mí, era gracioso ver como Lola observaba a Moon con las cejas arqueadas de asombro, con la expectativa de escucharla y ver cómo se elevaba hacia las nubes sin necesidad de helio. Moon, en su caso, evitaba el contacto visual con su acompañante del costado, temía que sus comentarios hirientes arruinaran sus ilusiones pintadas con escarchas y mucho color dorado.
Ellas eran muy diferentes pero representaban a un solo ser lleno de vida; a mí.
Sonreí con el sentimiento que invade a una madre al ver a su hijo crecer a medida que pasan los días. Las tres hemos crecido de una manera que aún no logro explicar, porque no supe cómo pasó. Al pisar las escaleras de la vida, la cabeza se mantiene en las nubes, esperando que el cielo siempre le regale un brillo del sol y una anchura de azul. Sin embargo, conociéndome, mis pies no son muy firmes cuando tengo la mente en otro sitio y suelo caerme. Es ahí que siempre, tal cual como el título de un libro que leí hace tiempo; los pies en el suelo y la cabeza en las estrellas.
Adivinen quién tiene la cabeza en las estrellas y los pies en el suelo.
—Tenemos que hablar…, hay algo que no nos está funcionando—la expresión no decía mucho, pero mis ojos se dibujan brillos que daban una estela preocupante; ansiosa y triste—siento que cada vez mi mente va despertando un monstruo, Cronos que necesita salir para la venganza… hacia nosotras que lo hemos encerrado… Esa voz tan tensa, hostil y llena de crueldad, criticando las cosas que hacemos; a él no le gusta que vivamos. No le gusta saber que estamos vivas y somos humanas—
Ahí pude notar cómo sus posturas cambiaban; la tensión que había en el comienzo de la reunión desapareció, entrando entre nosotras una nube gris de preocupación.
Por supuesto, la primera en llamarla fue Moon… ¿Ya hablé sobre ella? Mi Moon, la luna que me acompaña cuando no la puedo ver en el cielo. La luz que se refleja en las noches oscuras donde las estrellas son opacadas por nubes negras cubiertas de tristeza. Ella es la que se encarga de darme ilusiones, sueños y cosas imposibles de ver ante los ojos de la realidad. Moon, sobretodo, me acompaña cuando mi mente quiere irse lejos de lo cruel que puede llegar a ser el mundo. Busca la forma en cambiar el metal a un algodón, colocándolo debajo de mi cabeza y consolándome que todo irá como lo he planeado.
Seguido por Lola, quien bajó la mirada para que ninguna de nosotras notara que estaba asustada. No tengo preferencias con ellas, pero debía decir que Lola era la que siempre, a todas horas, permanecía conmigo. Se encarga más que todo que mantenga mis pies sobre la tierra, que todos los sueños hay que verlos con un lado negativo y positivo. Nada sobre las ilusiones porque la vida no funciona en una base que no tiene cimientos. Su inteligencia era admirable, analítica y por supuesto, siempre la dejaba relucir. Me identificaba más con Lola al momento de mostrarme delante el mundo. El pecho de mi querida amiga se inflaba de orgullo cada vez que eso ocurría.
Sin embargo, Moon se escondía detrás de las puertas, esperando que alguna vez pudiese salir con nosotras. A Lola no le gustaba que eso ocurriese. Ninguna de las dos se odiaban entre sí pero sus personalidades hacía corto circuito y no podían estar juntas.
—Si me hubieses escuchado una vez…—La primera que habló fue Lola, frunciendo el ceño y cerrando sus manos convirtiéndolos en pequeños puños de frustración—Esto no estaría pasando si tú me hubieses hecho caso… ¡me encerraste! ¡nunca me encierras!—
—Ella no te encerró, ¡tú ni siquiera saliste! ¡necesitaba a alguien!—Exclamó Moon, levantando su cabeza provocando que sus abundantes cabellos bailaran tras la espalda—Era la primera vez que se confundía, sentía felicidad y a la vez miedo, ¿qué querías que hiciera? Ya estaba ahí adentro, alejarse no era una opción.—
—¡Sí lo era!—ignoró la mirada inocente e intensa de Moon, observándome a mí con un deje de decepción y dolor—Tanto que habíamos hablado de esto… Las cosas que habíamos visto, lo que tuvimos que plantearnos para ser lo que somos ahora, ¡en un segundo se fue!—
—¡¿Por qué lo dices como si fuese lo peor del mundo?!—Su voz se rompió como el pétalo herido de una rosa.
—¡¡Porque lo es!!—Otra voz llorosa que podía lastimar al corazón más frío.
—¡Silencio!—Grité.
Entre el silencio de las tres, la tierra tembló y se escuchó un crujido; entre aquéllos sonidos, yo sabía de qué se trataba. Las confusiones de esas dos se reflejaron de inmediato y sus manos se unieron por inercia, buscando la forma de no sentir miedo. Me levanté de donde me encontraba, dándoles la espalda. El cielo que estuvo gris durante nuestra discusión, se tornó negro con grietas rojas, combinadas con anaranjado; simbolizando el fuego. Un gruñido grave salió a asustarnos, sacudiendo el suelo. Moon exclamó un chillido, Lola se quedó sin voz. Yo, por mi parte, me detuve en la ventana para observar el panorama de la destrucción.
Humo grisáceo, olor a azufre, la pradera de Moon estaba oscura; no veía sus flores. La cabaña de Lola parecía que en algún momento se encendería en fuego y que en cualquier instante, nuestro mundo caería en un agujero negro.
Suspiré.
—Es él—
Había llegado el día en que debíamos convivir por un tiempo muy prologando, lamentándome de inmediato no haberles enseñado a trabajar en equipo. Por mi culpa, habían choques entre ellas y eso causaría algo que no les mencioné y tampoco quería hacerlo, porque tenía miedo. Si esto seguía consumiéndome, si provocábamos que mi Cronos despertase, significaba que podría morir.
Y ellas eran las únicas que podían salvarme.
Prólogo
El amor es paciente, servicial y sin envidias. No quiere aparentar ni se hace el importante. No actúa con bajeza, ni busca su propio interés. El amor no se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y perdona. Nunca se alegra de algo injusto y siempre le agrada la verdad. El amor disculpa todo; todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta.
1º carta a los corintios; 13; 4-7.
Prólogo:
La luz de la luna iluminaba el jardín delantero de la casa.
Ese era el momento. Lo iba a conocer.
Conocería al chico que había estado dejando tulipanes de todos los colores durante el verano.
Estaba tan emocionada, agazapada. Esa misma noche, cuando todos se habían ido a dormir, me escabullí por el balcón de mi habitación, bajé por el naranjo, recorrí la cochera, luego escalé un manzano y salté la muralla, aterrizando en las ramas de un castaño mediano.
El aire movió las hojas del árbol. Me había acomodado en el castaño más grande de los que flanqueaban el jardín delantero, el que estaba al lado del portón de la cochera.
Miraba por todos lados, a la espera de mi admirador secreto. Todo este tiempo habíamos estado dejándonos cartas y regalos ahí mismo, a las afueras de mi casa.
Voltee a la calle. La acera parecía plateada a la luz de la luna llena.
Fue entonces que una sombra se proyectó sobre la banqueta. Se movía rápido; haciéndose más y más grande a medida que el tiempo pasaba. Al llegar a la altura del sendero que llevaba hasta el portón de la casa, se detuvo y giró a la izquierda. Lo seguí con la mirada.
Debido al espeso follaje y a que me encontraba en la parte más oscura del árbol no pude verle bien las facciones.
Me decidí a poner mi plan en marcha. Me acomodé de tal forma que yo fuese visible, mientras que él se recargó contra el tronco del árbol, cincuenta centímetros debajo de mí. Pude oír su respiración entrecortada. Sabía que si llegaba a saltar, podría lastimarlo.
Poco o nada me importaba. Ese chico era la razón por la cual no quería irme a París.
Me puse en posición... y salté al vacío.
Mi cuerpo chocó contra el de él. Los dos caímos sobre el césped,-gracias al cielo que el olvidadizo del jardinero, quien no lo había cortado, ahora era una cómoda alfombra verde-, uno al lado del otro. El chico soltó un gemido de dolor. Me levanté y me arrodillé. El tipo se apoyó en su codo izquierdo, mirando el pasto. Ambos levantamos la vista al mismo tiempo.
-¿Tú?-pregunté con voz estrangulada.
Fue entonces que me arrepentí de haberlo esperado.
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