Lorraine vuelve a la sede cuando las festividades han pasado. Casi un mes luego de haber rescatado a los últimos prisioneros de Abstergo, se deja caer por el hospital para visitar a William y sus hermanos.
Nunca le han gustado los hospitales, clínicas ni sitios del estilo. Odia el olor a desinfectante, la palidez en particular que parece asentarse sobre la piel de cada persona allí metida y le da la sensación de que, independientemente de cómo te sientas realmente, todo empeora si tienes que quedarte en una habitación blanca que le sabe a claustrofobia.
Camina con pasos tranquilos y con las manos en los bolsillos hasta alcanzar la habitación en la que Steve y Charlie duermen la siesta. Sonríe ligeramente al verlos y echa un vistazo en los informes médicos. Entiende menos de la mitad de las cosas, pero parecen bien, nada pone allí que sea particularmente alarmante.
Alza la mano para golpear con los nudillos la siguiente puerta medio abierta. William, sentado en la cama, sostiene un libro olvidado entre las manos y tiene la vista perdida en la ventana. Se pregunta qué estará viendo porque la condenada entrada de luz parece de mentira, tras los cristales texturizados que no dejan ver fuera con ninguna claridad. Cuando escucha el ruido de la puerta, se vuelve a mirarla y Lorraine nota la rigidez que toma el cuerpo del chico de forma casi inmediata. No sabe quién es, por lo que Lorraine mantiene la mano en alto a modo de saludo.
— Mi nombre es Lorraine. ¿Puedo entrar?
El muchacho entrecierra los ojos y la mira con desconfianza.
— ¿Eres médico? ¿Una enfermera? ¿Una psicóloga?
— No, no soy nada de eso. Fui con el equipo de rescate para sacarlos a ti y a tus hermanos de aquel sitio. Quería hablar contigo un momento.
— ¿De qué? Ya les he dicho a esos hombres todo lo que sabía, no puedo ayudarlos más.
— No quiero que me ayudes en nada, Will. Quiero ayudarte yo.
Lorraine toma el silencio que sigue a su última frase como una invitación. Como William sigue tenso, da unos pocos pasos hasta el sofá que descansa junto al intento de ventana que él miraba antes. Cruza las piernas y se acomoda tranquilamente. Quiere darle tiempo por si prefiere sacarla de allí, pero como no dice nada, se queda y lo mira de nuevo.
— Como dije, mi nombre es Lorraine —comienza, entrelazando los dedos de sus manos sobre la rodilla—. Por si no te lo han dicho, estás en el hospital de la Orden de Asesinos en la sede de Londres. Con ustedes tres, hemos rescatado a otras nueve personas, que descansan en este mismo piso. No te preguntaré sobre lo que has pasado, podrás contarme de ello si lo deseas, no estoy interesada en eso ahora mismo. Has visto a tus hermanos, ¿cierto?
William tiene los ojos enrojecidos. La mira con la misma expresión que reconoce en otras personas, tal vez incluso en ella misma. Le han hecho daño mucho más allá de lo que cualquiera pudiera entender y no va a pasarlo bien. Ha visto a muchos como él, por lo que mide sus palabras y le da su espacio.
— Sí, he estado con ellos hasta que se durmieron. La enfermera me dijo que era mejor que volviese a recostarme, dicen que necesito reposo, pero no quiero dormir. Tampoco quiero estar en la cama, pero no me dejan pasear por el hospital. Llevo demasiado tiempo encerrado entre cuatro paredes y no me apetece estar acostado.
— ¿Cómo los has visto? ¿Cómo los has sentido?
— Bien, creo. Están mejor que yo y eso es lo que importa.
— Tienes razón —asiente Lorraine con una sonrisa en los labios.
— Una. Brianna. Pero no está metida en todo este lío, a mi madre le alcanza con una suicida en potencia —bromea.
Will sonríe a su pesar y Lorraine ve como sus ojos se llenan de lágrimas que se esfuerza por no soltar. En cambio, sorbe por la nariz y pasa la mano allí mismo, secando el agüilla que moja el labio superior. Desvía la mirada hacia la pared junto a la puerta, a la derecha.
— Dijo que quería ayudarme. ¿Cómo? —dice él con la voz ligeramente ronca.
Lorraine se inclina hacia delante y abre las piernas, apoyando los cojos en las rodillas, un gesto que ha adoptado de John. Relaja el gesto y deja de ser esa persona a la defensiva, algo orgullosa y ligeramente vanidosa para dar paso a esa parte de sí misma que considera una debilidad. Siente pena por todo lo que ha perdido, pero no le deja ver eso. No siente compasión, pero su mirada es amable y su rostro está desprovisto de toda burla o intención.
— Mira, Will, estoy aquí porque sé que va a ser difícil. No me malinterpretes —le ataja levantando las manos para interrumpir lo que el chico va a soltar—. No estoy diciendo que entiendo lo que sientes. No lo hago, desde luego. Todos aquí estamos por un motivo u otro y todos lo sufrimos de una forma u otra —toma aire y suspira con pesadez—. Será difícil porque siempre lo es. Y me interesa estar aquí mientras pases por eso. Estaré aquí si necesitas hablar y aunque no lo necesites. Estaré aquí pase lo que pase y decidas lo que decidas. Pretendo ayudarte con tus hermanos y tengo la esperanza de que encuentren la paz que se merecen. Pero allí fuera habrá gente que siempre querrá dar con ustedes y tengo la forma de ayudarte con eso.
Will frunce el ceño y se cruza de brazos.
— ¿Cómo? —repite cortante.
— Puedes unirte a nosotros y evitar que te pase a ti, a tus hermanos y a cualquiera que sea necesario para ellos lo que les pasó a ustedes y a otro centenar de personas. Puedes unirte a nosotros y me encargaré especialmente de que aprendas a lidiar con toda esta nueva situación. O puedes no hacerlo. Decidas lo que decidas, la orden procurará un lugar seguro para ti y tus hermanos, lejos de aquí si así lo quieres. Podrán volver al colegio y al instituto, estudiar o trabajar. No les faltará de nada cualquiera sea tu decisión.
— ¿Cómo sé que puedo confiar en ustedes? Abstergo nos dijo lo mismo apenas llegamos. Uno de sus médicos intentó hacerse el bueno con nosotros y luego, de pronto y sin venir a cuento, mi familia ya no estaba. ¿Cómo sé que no me harán lo mismo? ¿Cómo sé que no dañarán a Steve y Charlie?
Lorraine hace un gesto con la boca y vuelve a suspirar. La confianza es algo que se gana con el tiempo en la mayoría de los casos. En otros, pocos, es más fácil. A esos casos, se les menciona como almas gemelas, excusándose en una conexión particular para referirse a la facilidad de poner las manos en el fuego por alguien que no sabes de dónde salió, quién es o qué piensa. A Lorraine no le ha pasado muchas veces, pero desde que se unió a la Orden han pasado ya años, y ha aprendido a no estar a la defensiva. Ahora, podría decirse, es un poco más positiva.
— No puedo pedirte que confíes en mi, Will. Eso lo decidirás tú. No tengo forma de demostrarte mis promesas más que haciendo cosas que te creen una sensación de seguridad y eso llevará tiempo. Y lo entiendo. Yo te tiendo la mano, tú decides para qué. De momento lo único que puedo prometerte es sacarte de aquí más pronto que tarde y mostrarte de lo que hablo —musita Lorraine fijando la mirada en la del chico—. Piénsalo, ¿sí? Volveré en unos días. La enfermera tiene mi número si necesitas hablar conmigo antes. Sea lo que sea, estará bien.