Miércoles 17,2017: Cuando tu ausencia hizo más ruido que tu estancia, me di cuenta de una cosa. Algo que no te dije aquel día: Te amo.
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Miércoles 17,2017: Cuando tu ausencia hizo más ruido que tu estancia, me di cuenta de una cosa. Algo que no te dije aquel día: Te amo.
Me percibo no una, sino cinco veces y en todas ellas la experiencia es diferente.
Toco mi piel y el tacto se pierde al instante porque al hacerlo brota una sensación distinta de la original.
¿Qué se siente cuándo se siente? Miro mis manos un tanto extrañada de las proporciones únicas de mi cuerpo. Me escucho y desconozco con cierto asombro el tono de mi voz. No es melódica, no es severa pero sin lugar a dudas soy yo. Trago saliva mientras palpo mis mejillas con mi lengua esperando encontrar algún sabor particular pero hallo con enojo que el sabor que guardo no es dulce como la fruta que probé de otra boca. Me recuesto sobre mi brazo, respiro profundamente y el palpitar aletargado de mi corazón apenas es perceptible a mi oído, suelto el aire. Contengo la respiración y todo cambia, me pregunto cuándo cambió el ritmo en mi interior.
Abrazo ese trozo de carne que soy yo. Percibo estrías, apices del cuerpo que alguna vez habité. Soy pliegues, rollos, formas posibles e imposibles, un conglomerado de sensaciones y sin embargo todas me resultan increíbles y ajenas. Los ojos se llenan de imágenes; mías y del mundo.
Y entonces, qué soy... Soy un retablo inacabado, uno que ni las manos más diestras pueden labrar o quizás el golem que espera su alma encontrar.
H. Carso
ASPIRANTE A NIHILISTA
DESIDERATA REACTIVA
[Panfleto]
¡Océano, te odio! Tus brincos y tumultos
los encuentra mi espíritu en sí; la risa amarga
del hombre derrotado, llena de sollozos y de insultos,
yo la escucho en la risa tremenda de la mar.
Charles Baudelaire en Obsesión. Las Flores del Mal.
Recuerdo que, en el pregrado de Filosofía, no faltaba el bufo que se creía el superhombre nietzscheano en tierra muisca; por "leer" el Zaratustra de Nietzsche. Lo mismo ocurrió con los que se creyeron la reencarnación del Che Guevara, luciendo como él en su peor momento, a causa de leer o escuchar a unos marxistas pretenciosos y dogmáticos; los cuales, era evidente, ni siquiera leyeron a Marx de primera mano o si lo hicieron, fue sin la rigurosidad intelectiva que corresponde.
Yo mismo caí en el estereotipo de la “irreverencia”, creyendo ser al igual que Poe, un poeta gótico maldito; un incomprendido especial que amaba la noche, acompañado de una botella de vino, cigarros, libros, una guitarra y papeles arrugados con poemas mediocres. Sí, esas mismas composiciones atesoradas que, al igual que tú, creía innovadores y especiales.
Amigo mío. Te lo digo a ti, mi accidentado lector:
NO, NO ERES ESPECIAL.
No lo eres,
no lo has sido
y nunca lo serás.
Ayer tuviste quince años, hoy veinte y mañana treinta, quizás. Tu vida solo es un cúmulo de sueños rotos, que se arrastra -inevitablemente- al silencio eterno del sepulcro.
Que tengas un gran día, una tarde agradable o una feliz noche; según sea.
Buen viaje.
Cientos de veces recorrí aquel sendero siendo mi única guía la memoria de mis dedos, pero nunca reparé en ello, así que miré por primera vez con grato detenimiento y tras hacerlo un impulso vertiginoso se abrió paso entre mis anhelos para desembarcar en aquel vado que circunda desde su boca hasta sus senos y que al poco tiempo desbordó nuestro deseo. H Carso
Mi corazón irradia cada palabra tuya como la mágica iridiscencia del rocío de la mañana, tan clara y tambaleante, que sin importar su esencia etérea siempre deja huella.
H. Carso
Le mentí con cada atisbo que di sobre su piel, por cada suspiro que mis dedos engendraron entre su vientre y su ombligo, por cada beso extraviado entre el camino que va desde su nuca hasta su cintura. Una patraña tras otra así fue como lo diseñé sin imaginar que la ingenuidad me alcanzaría también, convirtiendo mi corazón en la víctima de mi propia estafa
H. Carso
Esta noche también te escribiré, quizás no responderás e incluso puede que mis palabras no lleguen a ti pero el corazón no concede deseos a los incautos que buscan su libertad y yo soy uno de ellos.
H. Carso
Lo supe desde el principio, la puerta siempre estuvo abierta. Cada una de tus miradas era una invitación para cruzarla y sin embargo entré a hurtadillas. Fui palpando cada rincón de tu recinto, encendiendo con cada roce un nuevo aliento y con cada suspiro el ávido remanso de tu piel gritaba por el abrazo de mis labios. Fui más allá esperando por tu regreso pero era tarde, el éxtasis se había alojado ahí y ya nada podría regresar de aquel umbral.
H. Carso