Cuento n.º 1 Hasta aquí llegamos
“¿Te parece que después de aquí vayamos a la piscina?” La idea cae liviana, como si aún fuera posible el descanso. “Sí, linda… pero no tengo bloqueador. Pasemos primero a comprar uno.” Pequeños planes, pequeñas precauciones, como si el futuro todavía se dejara ordenar en pasos simples.
“Disculpen, ¿quieren ketchup y mayonesa con su pedido?”
Las miradas llegan antes que la respuesta. Miradas que pesan. Como si algo estuviera mal en la piel, como si el cansancio fuera contagioso, como si la necesidad tuviera olor.
Asienten. Ellas siguen ahí, intactas, envueltas en esa burbuja invisible que algunos llaman buena vida y otros, simplemente, suerte.
Tal vez sea envidia. Tal vez celos. O tal vez sea solo el dolor de estar aquí, trabajando por casi nada, sumando deudas como quien cuenta los días, sin saber dónde caerá el cuerpo el próximo mes.
La mente vuelve siempre al mismo lugar: ¿en qué momento se torció el camino? ¿qué decisión fue la grieta? ¿qué hicimos mal para terminar cayendo así?
Y la respuesta nunca llega.
Porque no queríamos grandezas. No queríamos lujo. Solo un lugar pequeño y acogedor, un trabajo que no temblara, una vida sin sobresaltos, la paz como costumbre y no como recuerdo.
Pero algo se rompió en el trayecto. Y ahora, en medio del ruido, entre pedidos, miradas y pensamientos circulares, una certeza se posa suave y cruel al mismo tiempo:
Hasta aquí llegamos.




