Cuento n.º 5 El cuerpo también se cansa
Un esguince de tercer grado. Una fractura en el pie. Una caída en el metro. Un ataque de ansiedad.
Podría parecer una lista exagerada, pero no lo es. Y aun así, sé que eso no alcanza a mostrar todo. Es apenas una fracción, tal vez un uno por ciento de los accidentes que se han ido acumulando en el último tiempo. Lo suficiente como para dejar al cuerpo agotado y a la mente alerta, esperando el próximo golpe.
Camino con la sensación constante de cargar un peso sobre los hombros. No es algo visible, pero está ahí. Como si una mano negra empujara desde atrás, no para derribar de una vez, sino para desgastar. Para dañar lento. Para recordar que no hay descanso.
Sigo levantándome. Siempre lo hago. Me levanto por costumbre, por inercia, porque no parece haber otra opción.
Pero mientras avanzo, una pregunta se repite, cada vez más fuerte: ¿cuándo va a parar? ¿cuándo se va a aburrir de jugar conmigo? ¿o si antes de eso va a pasar algo peor, algo que ya no tenga arreglo?
No es miedo a caerse otra vez. Es miedo a que el cuerpo, algún día, decida no levantarse más.











