Miró las estrellas, respiró profundamente y dio un paso al frente...
Momentos después la noche se pone de cabeza ante él, prefiere cerrar los ojos.
La naturaleza del momento solamente le trae nostalgia y recuerdos, su familia, sus amigos, sus amores, cada una de las pláticas nocturnas se han quedado clavadas en su memoria.
El aire golpeando su rostro le recuerda los espacios abiertos, lugares guardados en su mente y que decidió atesorar por el sentimiento de libertad que le hicieron sentir. hoy es libre otra vez.
Lleva una canción en la cabeza, nada profundo, inspirador o angelical, ni su canción favorita o alguna metáfora que resuma el momento, dentro de él suena la última tonadita pegajosa que escuchó en el radio.
El piso llegó más rápido de lo que esperaba, y para pesar de todas las personas que se habían reunido abajo a observar, la ambulancia llegó más tarde de lo que todos hubieran deseado.
Un esguince de tercer grado.
Una fractura en el pie.
Una caída en el metro.
Un ataque de ansiedad.
Podría parecer una lista exagerada, pero no lo es. Y aun así, sé que eso no alcanza a mostrar todo. Es apenas una fracción, tal vez un uno por ciento de los accidentes que se han ido acumulando en el último tiempo. Lo suficiente como para dejar al cuerpo agotado y a la mente alerta, esperando el próximo golpe.
Camino con la sensación constante de cargar un peso sobre los hombros. No es algo visible, pero está ahí. Como si una mano negra empujara desde atrás, no para derribar de una vez, sino para desgastar. Para dañar lento. Para recordar que no hay descanso.
Sigo levantándome. Siempre lo hago.
Me levanto por costumbre, por inercia, porque no parece haber otra opción.
Pero mientras avanzo, una pregunta se repite, cada vez más fuerte:
¿cuándo va a parar?
¿cuándo se va a aburrir de jugar conmigo?
¿o si antes de eso va a pasar algo peor, algo que ya no tenga arreglo?
No es miedo a caerse otra vez.
Es miedo a que el cuerpo, algún día, decida no levantarse más.
Cuento n.º 3
Cuando la fe se vuelve último recurso
Según yo,
el accidente fue el comienzo.
Pero si miro con más cuidado,
ya antes había grietas.
Pequeñas.
Silenciosas.
Ignoradas.
Intento analizarlo todo
como quien revisa ruinas:
malas decisiones,
mala suerte,
o tal vez esas bromas antiguas
que un día dejan de dar risa.
Que romper un espejo
trae siete años de desgracia.
Que “hazte una limpia,
estás muy cargada”.
No sé si creer.
Nunca lo supe.
Pero lo que sí tengo claro
es que los ánimos ya no están.
Llega el año nuevo
y con él la promesa automática:
este sí,
este año va a ser mejor,
vamos a salir adelante.
Mensajes por todas partes:
el año uno,
los portales energéticos,
el año del caballo,
los nuevos comienzos.
Y esa esperanza
no nace de la fe,
nace del agotamiento.
De no saber
de dónde más agarrarse
para no seguir hundiéndose
en el mismo abismo.
Aquí estamos,
contando hasta el último centavo.
Llegan unos pesos
y se van de inmediato
en gastos comunes.
Aquí estamos,
sin saber qué se va a comer mañana,
ni cuándo va a llegar
el aviso final.
Aquí estamos,
donde el solo hecho de vivir
da más miedo
que salir a caminar de noche.
Así estamos hoy.
No cayendo de golpe.
No tocando fondo.
Solo suspendidos,
flotando en el aire,
esperando que algo —lo que sea—
nos sostenga
un poco más.
Cuando miro hacia atrás,
no busco recuerdos felices,
busco el inicio del derrumbe.
Ese punto exacto
donde todo empezó a torcerse.
Lo encuentro siempre en el mismo lugar:
un momento breve,
un accidente,
una grieta mínima
que bastó para derrumbar
el castillo de naipes
que llamaba vida.
Fue suficiente una mala pasada.
Suficiente una persona equivocada.
Suficiente amar a alguien
con quien querías compartir todos los días
para que el mundo cambiara de forma irreversible.
Desde entonces,
el cuerpo quedó atrapado
en un descontrol sin nombre.
La mente llena de voces
hablando todas al mismo tiempo.
Ira.
Enojo.
Tristeza.
Angustia.
Un nudo en el pecho
y esas ganas primitivas de gritar
a todo pulmón,
hasta romper la garganta:
¿por qué a nosotros?
¿por qué a él?
Las preguntas no buscan respuesta,
buscan salir,
porque pesan demasiado por dentro.
Nunca hicimos daño a nadie.
Nunca cerramos la puerta
cuando alguien pidió ayuda.
Siempre hubo una mano extendida,
incluso cuando no sobraba nada.
Y aun así,
la caída llegó.
Sin aviso.
Sin justicia.
Sin sentido.
El castillo no se reconstruyó.
Solo quedaron las cartas esparcidas en el suelo,
y la certeza silenciosa
de que algunas vidas
cambian para siempre
en un solo instante.
“¿Te parece que después de aquí vayamos a la piscina?”
La idea cae liviana, como si aún fuera posible el descanso.
“Sí, linda… pero no tengo bloqueador. Pasemos primero a comprar uno.”
Pequeños planes, pequeñas precauciones,
como si el futuro todavía se dejara ordenar en pasos simples.
“Disculpen, ¿quieren ketchup y mayonesa con su pedido?”
Las miradas llegan antes que la respuesta.
Miradas que pesan.
Como si algo estuviera mal en la piel,
como si el cansancio fuera contagioso,
como si la necesidad tuviera olor.
Asienten.
Ellas siguen ahí, intactas,
envueltas en esa burbuja invisible
que algunos llaman buena vida
y otros, simplemente, suerte.
Tal vez sea envidia.
Tal vez celos.
O tal vez sea solo el dolor de estar aquí,
trabajando por casi nada,
sumando deudas como quien cuenta los días,
sin saber dónde caerá el cuerpo el próximo mes.
La mente vuelve siempre al mismo lugar:
¿en qué momento se torció el camino?
¿qué decisión fue la grieta?
¿qué hicimos mal para terminar cayendo así?
Y la respuesta nunca llega.
Porque no queríamos grandezas.
No queríamos lujo.
Solo un lugar pequeño y acogedor,
un trabajo que no temblara,
una vida sin sobresaltos,
la paz como costumbre
y no como recuerdo.
Pero algo se rompió en el trayecto.
Y ahora, en medio del ruido,
entre pedidos, miradas y pensamientos circulares,
una certeza se posa suave y cruel al mismo tiempo:
˗ˏˋ Caída Libre: Donde el Agua Esconde Más que Secretos ˎˊ˗
Entre las paredes de una piscina universitaria, Ali Hazelwood nos sumerge en una historia donde el deporte de élite y el romance colisionan de la manera más inesperada. "Caída libre" no es solo otro romance deportivo; es una exploración profunda de la recuperación, el trauma y la química explosiva que surge cuando dos almas heridas se encuentran en las profundidades.
⋆ título: Caída libre (Deep End)
⋆ autora: Ali Hazelwood
⋆ género: Romance deportivo contemporáneo
⋆ ambiente: Academia + Deporte de élite
⋆ recomendado para: Amantes del romance maduro y las historias de superación
En Stanford, conocemos a Scarlett Vandermeer, una saltadora de trampolín luchando por recuperarse de una lesión que casi destruye su carrera. Su mundo se entrecruza con el de Lukas Blomqvist, un campeón mundial de natación cuya disciplina férrea oculta sus propios secretos. Lo que comienza como un acuerdo temporal pronto se convierte en algo mucho más profundo.
La narrativa de Hazelwood brilla especialmente en esta ocasión, alternando momentos de intensidad emocional con escenas más ligeras que te mantendrán enganchado. La representación del mundo deportivo universitario es sorprendentemente precisa, y la exploración de temas como la salud mental y la recuperación física añade capas de profundidad a lo que podría haber sido una simple historia de amor.
Este es, sin duda, el libro más maduro de Hazelwood hasta la fecha, manejando elementos de BDSM con respeto y consentimiento, mientras mantiene su característico humor y química entre personajes.
↳ Representación realista del deporte de élite ↳ Química explosiva entre protagonistas ↳ Exploración profunda de la salud mental ↳ Narrativa que alterna intensidad y humor
★★★★☆ Fortalezas:
Desarrollo complejo de personajes
Manejo respetuoso de temas sensibles
Ambientación deportiva convincente
Punto de mejora:
El último tercio del libro pierde algo de impulso
Perfecto para leer: Junto a una piscina en una tarde tranquila, con el sonido del agua como banda sonora y tu bebida refrescante favorita a mano.
¿Hasta dónde estarías dispuesto a sumergirte por amor?
Caída Libre de Ali Hazelwood: Una historia de amor, superación y secretos en Stanford. Romance deportivo con nadadores de élite y saltos al