Tiene las manos adoloridas el hombre que esta sentado en la habitación dorada. Las tiene así de tanto pasarse las tardes contando números invisibles. Bienes los cuales invertir, pedazos de nada que sin embargo son la fundación del todo.
Y le digo hombre no para hacerle justicia a lo que ciertamente es un aspecto mas canino que humano, con sus orejas puntiagudas y ojos azules como la profundidad del océano; sino como un compromiso con un ideal, aquel al que los aspectos se juramentaron algún día. Aquellos que pelearon por la revolución.
Pero ahora, con la guerra acabada y el nuevo régimen establecido mas o menos de forma oficial en las sillas que le corresponden, eran estos muebles dorados de suave terciopelo y estos dulces olores a perfume los que mas lo atormentaban. Mucho mas de lo que el frio del acero sobre sus patas y la sangre derramada sobre su pecho jamas lo hicieron.
¡Tírame un hueso! Son las palabras que lo acosaban. Aquellas que le parecía escuchar cada día al salir a las calles en sus andares matutinos, y sus ojos bañados por los primeros brillos del alba observaban con lagrimas culpables los cadáveres de los ancianos que la noche anterior habían muerto de hambre.
Había una enfermedad en el aire, o al menos eso creía, acrecentándose en su cabeza con cruda certidumbre con el pasar de cada corto año: Es la indiferencia.
Ahora mas que nunca, la brecha entre los que tenían todo y los que no tienen nada se había incrementado, tanto en el reino de los vivos como en la Nación Primigenia, y era especialmente vergonzoso recordar que a pesar de todos sus remordimientos, el no se encontraba entre los segundos. Posicionado en las partes mas altas de una pirámide por complicidad a una causa a la cual se arrepentía:
La causa de los hombres buenos que le dicen que si a todo.
-Imbécil- Se gritaba a si mismo con demasiada frecuencia
- ¿Como demonios te permitiste caer de nuevo en la trampa? Compelido no una, sino innumerables veces por las ganas de contribuir a los deseos egoístas de un megalómano, de ayudarlo con sus proyectos de engrandecimiento sin ningún reparo por tus deseos.
Pero no importa que tan acalorados se volvieran los monólogos internos, al final todos estos no eran mas que un funesto pasatiempo.
Incapaz o no de aprender de sus errores, los errores ya estaban hechos, y el estaba -tal como suele decir la gente que jamas ha empuñado un arma en toda su vida- “parado del lado equivocado de la historia”, con las manos tan manchadas de inmerecida generosidad y amplio genocidio como las del monstruo que se sentaba en el trono mas alto de todos.
No obstante, pese a todo, el no era un hombre malo.
Esto era por lo menos lo que la historia necesitaba creer, para justificar darse a si misma un final diferente al de la soga solitaria que cuelga del techo, y si bien es cierto que en su corazón hacia mucho tiempo que había muerto la idea de una redención, una esperanza se mantenía siempre presente:
La de un día finalmente, llegar a hacer lo correcto.
Aunque tal vez no esta noche.
Era una fría noche de septiembre y todos los relojes marcaban las 11:59. En las calles una lluvia torrencial borraba con sus lagrimas todo lo poco que pudo ser considerado preciso de los contornos de la mente.
Mañana es un gran día, de esos que se marcan en el calendario, o por lo menos eso había dicho el Gran Hermano; y mientras en el palacio de legislación, una figura delgada se acomodaba una vez mas la corbata, con sus gestos cuidadosamente estudiados; en las calles las patrullas hacían el trabajo sucio, barriendo de las calles a cualquier escoria mal viviente que pueda hacerlos quedar mal parados frente a ellos. La razón de todo:
Nuestros amados supervivientes.
Apenas ayer se había anunciado el nuevo toque de queda en los noticieros. Con la misma pompa y solemnidad que cada una de las veces que le precedieron, y las mismas pesadas consecuencias para todo aquel que se opusiera.
Quizá si se tratase de la primera, o segunda, o incluso la décima vez, la gente se lo hubiese tomado mas en serio, pero después de un Statu Quo que se había prolongado ya por tanto tiempo, ni el humillante peso de la corona, tan imperante como siempre resulta, fue suficiente para impedir que la gente saliera de sus casas y se dedicara cada quien a lo que mejor le convenía.
Al fin y al cabo la noche era joven, y en esa economía, razones no faltaban para ir a intentar ganarse unos duros a como de lugar, o gastarse lo poco que tenían como si se fuese a acabar el mundo.
Se trataba pues de una velada extraordinariamente activa, repleta de una vida clandestina que, enclaustrada entre el constante sonido de las sirenas, los recordatorios axiomáticos repetidos a través de las pantallas y la lluvia que no dejaba de imponer su majestad sobre sus cuerpos; hacia lo mejor para mantener a flote cada una de sus empresas, tanto licitas como ilícitas. Otros en cambio se dedicaban a darle rienda suelta a sus peores vicios, e incluso habían unos cuantos niños por ahí, jugando sobre las aceras húmedas con mascaras de demonios.
Fue en este contexto que hizo su aparición la silueta sinuosa de un canino, moviéndose a gran velocidad entre la muchedumbre con una expresión tenue de preocupación irresoluta.
El disfraz no era perfecto, pero en compañía del chubasco y la oscuridad nocturna, tanto el suéter viejo sin mangas color verde, como los lentes gruesos de fondo de botella cumplieron con creces su labor de evitar que las personas levanten una ceja ante el accionista.
Él por su parte tampoco le prestaba gran atención a sus alrededores, mirando con frecuencia su reloj de pulsera (el mas viejo que había logrado encontrar en su guardarropa) con la espera de no retrasarse ni un solo minuto del trayecto.
¿Que caso tenia recorrer ahora estas calles? Esa era la pregunta con la que lo atormentaba ahora su mente inquieta. La respuesta por su parte era tan decepcionante como de costumbre: No mucho.
Todo lo que le quedaba era la triste corazonada con la que uno se topa cuando se halla desprovisto de todas las otras alternativas,
Y con esto en mente, además de la plena conciencia de que en sus hombros cargaba la mitad de las mentiras, los asesinatos y las desapariciones orquestadas por el gobierno de Oceanía, cerro los ojos a las injusticias que ahora eran el pan de cada día y ni siquiera se inmuto cuando a lo lejos pudo divisar a un grupo de jóvenes de 12 o 13 años siendo subidos a golpes a la parte trasera de una patrulla, presos quizá por el crimen de expresar una emoción sincera en un momento no debido.
Aunque ¿Importaba realmente eso?
Unos pasos mas adelante, uno de los miles de altavoces instalados en la calle repetiría su molesta cantaleta, con esa misma voz lacónicamente humanitaria:
-Por favor... Por el bien de todos, no olvide llevar su mascara en todo momento...
-Manténgase alejado de cualquier interacción significativa.
-Evite las aglomeraciones con seres queridos.
-No crea nada de lo que escucha, salvo que venga... de su querido amigo... Power.
Hubo un tiempo no muy atrás, en el que él también hubiese creído que sus acciones se hallaban sustentadas en una buena causa. Que...
como decían las consigas del partido, pero hoy sus orejas ya estaban hartas de todo esto; y aun si su cara había masterizado hasta el absurdo el arte de no mostrar casi nada de si mismo, sus pies sirvieron de testamento al hastío, apresurando tanto como pudieron su paso.
Finalmente, después de un largo rato de caminar bajo la lluvia, su agotado cuerpo se reconoció en el lugar de su destino: La plaza de la Justicia, misma que durante eones había servido de hogar a la figura titánica de Arbitran: portadora reverenciada de palabras magnánimas, que repartía sin miramiento sin importar que tan crueles resultasen. Esto era, por supuesto hasta que Power se cansó de ella, y la borro del horizonte, arrancándola a su vez de la memoria inmediata del pueblo.
Sus ojos se posaron pues, con lagrimas camufladas, alrededor del enorme cartel de su símil que el Gran Hermano había mandado a colocar en su lugar, tan rebosante de aquella majestad sombría con la que su perfil se había ido intoxicando en los últimos años. Su ojo omnisciente caía con severidad por encima de la muchedumbre, como un espíritu cruel que esculcaba hasta lo mas profundo de sus corazones.
Ante esto el millonario no pudo evitar sentir un dolor muy fuerte en su pecho y un aire de mal agüero volvió a llenarle los pulmones, llevándolo casi a desfallecer en medio de la multitud; sin embargo en un giro irónico del destino, sería esta misma mirada lúgubre la que finalmente daría la pauta de su salvación, revelando justo debajo de la pupila purpurea algo que rápidamente le hizo recobrar la compostura:
Un sujeto de complexión delgada y gruesos muslos, con la apariencia de un conejo, que con cierta indiferencia parecía mirar en varias direcciones a la vez, como si buscara a alguien. Iba ataviado con una chamarra color azul y unos pantalones cortos del mismo tono, ademas claro, de una corbata, que sin embargo relucía notoriamente mal anudada.
El perro se acerco con las manos en los bolsillos, y estuvo ahí parado, por una larga y vergonzosa cantidad de minutos, hasta que el joven, que no habría de tener mas de 21 años lo miró y sin decir nada se alejó de ahí, caminado en medio de la gente.
El accionista hizo su mejor esfuerzo por seguirlo hasta que finalmente ambos se encontraron en un callejón vació donde solo las ratas y el sonido lejano de algunos disparos policíacos lograba dar algo de dimensión a la escena.
Al otro lado de la calle, unas letras gigantescas escritas en fuertes luces de neón, confirmaron sus sospechas.
El conejo se acerco a el y le pregunto su nombre.
-Eros- respondió él, tergiversando los hechos con un romanticismo para nada sutil, pero inofensivo, pues no tenía el afán de engañar a nadie.
Ambos sabían muy bien como se llamaba realmente, no obstante, en el submundo es un pacto muy conocido respetar los alias, aun cuando se hacen negocios con celebridades.
Lentamente el muchacho se agachó, y una vez de rodillas no tardó en desenvolver el paquete.
Se lo llevó a la boca y sus labios tocaron una y otra vez contra su pelvis. Había algo en la succión que resultaba mesuradamente contradictorio.
Quizá en otro día o circunstancia hubiese disfrutado mucho mas de ese trato, pero ahora, especialmente con la consciencia de con quien trataba, no podía quitarse ciertas inquietudes de la mente, sin importar que tan satisfactoria le pareciera la vista.
Lo reflexiono un poco. Sin duda podría haber luchado mucho mas, pero para ser honesto, con el simple hecho de estar ahí bien podría hallarse ya en el fondo de su tumba, por lo que sin nada mas que hacer, el hombre se rindió y tomando a su compañero con fuerza de la cintura lo monto sobre sus piernas y lo ensamblo hacia si mismo como si fuese una parte mas de su propio cuerpo.
Ninguno de los dos dijo nada. Tan solo miradas, pero para asegurarse, le tapó también la boca, y así, abrazados el uno al otro, de una manera mas posesiva que amorosa compartieron por varios minutos dos piernas y un miembro.
Finalmente cuando su deseo se hubo ya satisfecho, los ojos de Lucio miraron con intimidad a los del conejo, como preguntando por el destino de una semilla, y en ese lenguaje sin palabras, pareciera que cualquier lugar hubiera bastado.
Sin embargo los tiempos eran demasiado difíciles para desperdiciarla dentro de un cuerpo que no poseía la capacidad de engendrar hijos, por lo que al final decidió apelar a su fama filantropica y darle de comer al que probablemente era un muchacho hambriento.
No hubo ni una pizca de vergüenza en los segundos que siguieron, mientras ambos se ajustaban la ropa a sus puntos originales, tan solo una sonrisa sincera de parte del conejo:
-Es un regalo de bienvenida de parte del jefe -dijo.
Luego, retomando la compostura y sin miramiento del asunto, se dirigió a la puerta y parándose justo debajo de las luces de neón, toco tres veces.
-¿QUIEN DEMONIOS ES? -respondió una voz muy profunda desde dentro- ¡YA LES DIJE MIL VECES QUE NO ABRIMOS HASTA EL MES QUE VIENE!
-Maldita sea Cerberus- replico a su vez el muchacho- Soy yo Bel. Traigo conmigo al invitado ¿Puedes por favor abrir la puerta?
Los cerrojos sonaron rápidamente y pronto la cara dura y morena de un hombre se asomo al otro lado.
Se trataba de un tipo verdaderamente imponente, con piernas anchas y músculos capaces de poner a dormir a un caballo. Rockeaba un traje negro parecido a un frac pero sin mangas y dos guantes de cuero del mismo color, ademas claro de la acostumbrada corbata, que comparada con la inmensidad de su torso palidecía casi ridícula.
Hubiese sido una imagen verdaderamente atemorizante de no ser por que muy en la profundidad de sus ojos era posible leer cierta chispa de dulzura que no dejaba de contrastar con el resto de su imagen.
-¿Lucio? ¿Es usted?- dijo levantando las cejas- Yo... disculpe, yo no sabia que...
Paró en seco al ver la discreta pero severa cara del conejo sobre el.
-Erm... -se corrigió - Lo que quiero decir es: ¡Sea usted bienvenido al Morningstar!
Y con un gesto educado se aparto del umbral saludando a los invitados.
-Le ruego que lo perdone -dijo al final el conejo- Es nuevo en el negocio, y aun no se sabe los pormenores, pero ya aprenderá. ¿Le parece si entramos?
El can se tomo un tiempo para reflexionar.
¿Estaba realmente seguro de esto?
Por un momento sus ojos se posaron en los charcos dejados por la lluvia. Las luces de neón se reflejaban con melancolía sobre ellos, revelando de paso, tanto las ojeras que encuadraban sus cansados ojos, como la serena mirada de la liebre que se derramaba sobre él, expectante; pero mucho peor que eso, a sus espaldas le fue posible ver algo que le resulto incluso mas doloroso: Un heraldo terrible que lo hizo aterrizar de pronto de sus meditaciones, y confrontar la desolación de la terrible era en la que vivía.
Esto era, un cartel gigantesco montado en la corona de un edificio, desde el cual, al ojo inquisitivo del Gran Hermano le había sido posible vigilar con severidad cada acción intima y vergonzosa ocurrida en la oscuridad de la noche, incluyendo las suyas.
Con esta certidumbre fue que su mente regreso finalmente sobre sus pasos y reconsidero con una madurez impropia para él, las muchas cosas que le habían tocado presenciar, atrapado en su torre áurea durante los últimos años.
No cabía duda que durante todo este tiempo tan largo de incertidumbre, a la gente le había parecido fácil simplemente decir que sí a decenas de cosas que eran literalmente... 1984, pero de entre todas ellas ninguna dolía mas que haberle dado la espalda a todo lo que eran, lo que sentían y lo que pensaban para satisfacerlos a ELLOS.
Los débiles, estúpidos y egoístas. Los asustadizos y complacientes. Los tiránicos, mentirosos, y al final del día, inexistentes Pequeños Hermanos de la carne.
Lo considero todo, y finalmente tomo algo de aire y poniendo el pecho en alto, se decidió por primera vez en mucho tiempo, a dar un paso hacia lo desconocido.
Lucio no era un hombre valiente ¿He dejado ya lo suficientemente claro esto? Y a menos que fueses uno de esos fanáticos empedernidos que gustan de oler los gases de los millonarios, no te tomaría mucho darte cuenta de que tampoco era muy listo.
Al final del día no eran si no sus “proezas” las que habían puesto a todos en esta incomoda situación, no solo a gran escala, como artífice elemental de la crisis, si no también en lo pequeño, posicionandolo ya, en respaldo a sus vergonzosos deseos carnales, en la lista de clientes ejemplares de un bar al cual jamas había asistido en persona.
En ese momento particularmente se arrepentía mucho de ello.
El cuarto que se abría ahora frente a él, era particularmente oscuro, empapado si es posible de una extraña aura nostálgica, que si bien no era realmente aterradora, no dejaba por ello de dejarle los pelos de punta. Los pocos muebles que era capaz de distinguir relucían como sombras a los lados de un pastoral fúnebre y una niebla muy densa se elevaba desde el suelo, complicando aun mas la ya difícil tarea de ver para donde se iba.
-Si hay un lugar ideal para morir, es este- Eso pensaba.
Y tal era su certidumbre en el asunto, que sin miramiento se preparó para recibir el golpe de gracia, impartido quizá por las gruesas manos del guardaespaldas sobre su cuello, o alguna navaja guardada celosamente en las mangas de la liebre. No obstante este jamas llego.
En vez de eso la voz misteriosa del joven, como un fantasma cortó el silencio, sobrada de majestuosidad.
-Es la galería -dijo con simpleza, tomándose un tiempo antes de continuar, para mirar a los alrededores.
-El jefe quería usarla como un museo que celebrase sus mas grandes hazañas, pero un día... simplemente cambio de parecer, y no ha servido de nada desde entonces.
La cara aun pálida de Lucio, pudo entonces divisar, que a través de lo que antes tan solo parecía un cementerio olvidado en el interior de un viejo edificio, se extendía en realidad una enorme antesala repleta de puertas, la mayoría de las cuales parecían estar cerradas a cal y canto, aunque no por mucho tiempo, tal y como podía predecirse.
El conejo miro entonces hacia el enorme cuerpo del guardaespaldas y sin cambiar su tono sobrio de voz dijo:
-Cer ¿Podrías hacerme el favor de guiar a nuestro invitado a la oficina? Yo tengo otros clientes que atender; y antes de que hubiera un chance si quiera de girar la cabeza, este ya había desaparecido, consumido por la espesura de la niebla.
El guardaespaldas tomó entonces la iniciativa, surcando el cuarto como una sombra gigantesca, hasta que finalmente, tanto él como Lucio se encontraron cara a cara con un umbral, el único en todo el recinto que no se hallaba tapado por una puerta de madera, ni sellado con con candado de hierro.
En cambio, una tela muy delgada de color rojizo hacia el pobre esfuerzo de ocultar los misterios que se cernían al otro lado, dejando no obstante, cruzar a algo de luz y el ligero susurro de la música, que no tardo en resultar ominosa.
-Esta canción... -Dijo Lucio para sus adentros, y su cara finalmente recupero un poco de color, dejando escapar una inconfundible expresión de desconcierto.
El guardaespaldas por su parte, tomo su posición a un costado de él, y extendiendo gentilmente su mano, jaló la cortina, abriendo con ello una ventana a un mundo completamente diferente, repleto de colores y sensaciones intoxicantes, las cuales jamas habían sido vistas en toda la historia de Primigenia.
O por lo menos eso creyó el accionista.
Era como si ahí adentro se hallase la respuesta mística a una pegunta hace mucho olvidada.
En una pista de baile mas grande que la vida misma, una cantidad incontable de almas desprendía de sus cuerpos las penas, dejándose poseer por la voluntad de las luces, la música y otros estímulos palpitantes, en una orgía de bailes, juegos y platicas indescifrables.
A decir verdad era muy difícil definir lo que sucedía. Todo lo que era posible discernir es que la música sonaba, y cada uno de los presentes hacia algo abismalmente diferente, como si cada quien estuviera en su propio mundo, jugando a su propio juego.
No obstante una cosa era clara:
Sea lo que fuera eso, en definitiva no era parecido a lo que había afuera.
-Si. Se lo que se siente -dijo con una sonrisa Cerberus al mirar la expresión conmocionada del perro- A mi me paso lo mismo la primera vez que entre.
¿Es bastante sobrecogedor cierto?
-El Jefe dice que así solía lucir Primigenia, antes de la era de las mascaras y de la corona maldita.
Lo llamaban el estado natural de las cosas. Normalidad.
Yo no se de eso -agregó- pero por un demonio si es bastante estimulante.
Apenas habían pasado unos cuantos minutos ahí dentro y el mismo Lucio se sintió compelido a unirse a la celebración, dejándose gobernar por una serie de impulsos primitivos que ni siquiera sabia que poseía. Sin embargo tenia una cita a la cual atender y los gruesos pero gentiles brazos del guardaespaldas que lo tomaban de los hombros mientras caminaban entre la gente no dejaban de recordárselo.
Finalmente llegaron a una puerta. La ultima que vería esa noche. En la perilla y los bordes tenia grabados la imagen de una estrella, y tan solo una frase subsistía escrita sobre la lustrosa superficie de mármol negro:
-Aquí esta- dijo con solemnidad Cerberus soltándole el hombro- La oficina del maestro, ultimo umbral entre el antes y el después - luego, mirándolo con una sonrisa algo nerviosa, como si estuviera arrepentido de su ambigüedad, agregó:
-No tengo idea de cual sera el asunto que hablaran, pero sea lo que sea, le deseo mucha suerte. Hablar con el jefe...erm... no suele ser una tarea... sencilla.
Le dio una palmada amistosa en la espalda y justo antes de que el otro terminase de girar la perilla, abrió sus ojos y concurrió.
-¡Oh si! Y haga lo que haga, por lo que mas quiera, hable literalmente. Las únicas metáforas que es capaz de entender son las que el mismo construye.
No tiene caso describir cada minúsculo elemento que infestaba esa pequeña oficina.
Y con esto no quiero decir que no hubiese motivación para hablar largo y tendido del par de estatuas de Baphomet que con los pechos desnudos coronaban la entrada, o de las miles de estrellas luminosas que se levantaban sobre sus cabezas a lo largo del techo cupular.
Es solo que al entrar a aquel lugar, tan solo hubo una cosa que causó verdaderamente un choque dentro de Lucio, y esta fue encontrar sentado con los pies encima del escritorio a un niño de no mas de ocho años, el cual, enfrascado en sus propios asuntos, no pareció ni si quiera notar su presencia.
Iba calzado con unas enormes botas rojas, medio salpicadas en las suelas por el lodo, y en las piernas se escurría desalineado un pantalón de tonos entre purpuras y anaranjados el cual tampoco se veía muy limpio. Finalmente llevaba puesta una camisa negra de cuello alto, la cual hacia un loable esfuerzo de ocultar entre su negrura la gran mayoría de su pálido cuerpo.
El accionista se acerco con temblores al escritorio, y se desconcertó aun mas al observar de entrecejo los ojos rojos del infante, los cuales a pesar de su edad, terminaban de impregnar en su aura una porte inquietante.
-¿Que?... ¿Tu eres Protigious?- Pregunto algo confundido
-Oh por favor, respondió el otro algo irritado ¿Podemos saltarnos todo este segmento del tipo incrédulo y prejuicioso?
No es que no me guste dar explicaciones por supuesto- añadió mientras se llevaba a la boca un puño de botanas coloridas de un plato que tenia frente a él- pero no es como me gustaría, ya sabes, invertir mi tiempo ahora.
Lucio no supo muy bien que responder, pero tampoco fue necesario hacerlo. En cuestión de segundos su interlocutor ya había cambiado por completo su punto de interés y ahora se dedicaba a analizarlo de arriba a abajo.
Así anduvo durante un rato, envuelto en un silencio que tan solo pareció ser incomodo para uno de ellos, hasta que eventualmente una sonrisa se pinto en el rostro del infante.
-No eres tan intimidante como pensaba, apuesto a que yo podría noquearte.
-HAHAHAHA No lo haré por supuesto, claro que no. Aunque podría... En fin. Siéntate por favor ¿Cual es el asunto?
Lucio titubeó un poco antes de hablar. Había tanto con este individuo que no dejaba de parecerle aterrador, y no se trataba solo de lo evidente, sino mas bien el hecho de que jamas pareciera que lo mirara realmente a los ojos, ni siquiera cuando era seguro que le hablaba de frente.
-Yo- Le temblaban las orejas.- Yo tengo una propuesta
-Eso he oído- Interrumpió el niño. Sus manos estaban manchadas del rojo de la capsup. Con un gesto señalo a Lucio para que continuara, aunque su atención parecía mas enfocada en algún fantasma parado mas allá del hombro del accionista.
-Bueno, tu sabes como esta la cosa. ¿No necesito decirlo verdad? La gente... la gente se esta muriendo ahí afuera. Hombres buenos están cayendo en la cárcel por decir cosas que hace algunos años hubiesen sido consideradas normales.
-Como si me importara -dijo el niño rascándose la cabeza y al hacerlo un poco de catsup se le quedo pegada en el pelo.
-Eso he oído, si. - se apresuro a decir el otro- La verdad es que si he venido aquí no ha sido para intentar apelar a tu altruismo. A estas alturas, en realidad es lo ultimo que querría.
-He venido por que tengo una oferta de negocios, y he oído que tu tienes el talento para llevarla a buen cabo, si estas interesado, claro.
Se tomo unos segundos para inhalar aire, y luego prosiguió:
-Es necesario quitar al Gran Hermano de su puesto.
-El hombre...-suspiró - Bueno, quizá no es correcto decirlo. Lo conozco bien y no tiene malas intenciones, de eso estoy seguro. Bueno quizá eso sea lo mas trágico...
Movió las manos en gesticulación, y luego, identificando un pequeño banco justo a un lado del escritorio, se sentó como si fuese a hablarle en un confesionario. Luego prosiguió con voz mas lenta.
-El tipo ha perdido la cabeza. Se ha vuelto poco mas que una sombra complaciente, al servicio de sus supuestos “amigos”.
Nos ha encerrado en esta cantona de su invención, sin ningún otro fin que para mantenerlos contentos.
Ha retrasado nuestros planes de titulación en el mundo de los existentes, y se ha guardado para si mismo sus propias opiniones acerca del mundo, opiniones importantes.
La economía va en picada por su culpa- titubeo- Bueno, una parte al menos.
Sigue enfrascado en invertir e invertir en proyectos absurdos del extranjero mientras nuestra gente se muere hambre.
Quizá lo mas terrible es la fuerza con la que pretende aferrarse al presente, siempre con la excusa de salir adelante, pero sin hacer realmente nada. Ha convertido a la mitad de nuestros hermanos en enemigos políticos, simplemente por sugerirle la idea de que deberíamos de ponernos YA en marcha.
En fin... no se que decir... Quizá sea demasiado extremista, pero temo que de seguir así no haya un futuro para Primigenia.
Levanto la mirada para descubrir la sonrisa macabra del niño y sintió como si su corazón se arrugase.
-¡No quiero matarlo!- aclaró con aire agitado- hehe... es decir: Eso es obvio ¿Verdad? El.. Bueno yo, todavía le guardo algo de aprecio. No tiene nada que ver, pero hace mucho tiempo solíamos ser amigos. Es solo que las cosas se han salido demasiado de control.
Consideralo simplemente como un asunto de negocios nada más, y por el bienestar del país y de la gente.
-”eL bIeNEsTaR dEl pAiS y dE lA gEnTe”- se apresuro a mofar el niño.- Si claro...
No había dejado de sonreír, pero ahora su expresión tomo un tono mucho mas severo, sus ojos se encontraban fijos en el borde de la mesa.
-Dime perrito ¿Por que habría de creerte? ¿Acaso no eres miembro de su administración? Viéndote aquí en mi oficina, bien podría estar viendo al mismísimo Power.
-Tu decidiste dejarme entrar- respondió Lucio con algo de valentía actuada- Pudiste haberme dejado afuera, ignorado mi mensaje. Diablos, todo esto puede ser una trampa, y tan solo estas a la espera de mi momento de mayor vulnerabilidad, para que le ordenes a uno de tus matones que acabe con mi vida de la forma mas humillante.
-¿Eso te gustaría no?- respondió la criatura con un sarcasmo detestable.
Esta bien -dijo finalmente- Tienes un buen punto. La verdad es que contigo o no, la idea de deshacerme de ese molesto filantropo que tenemos de presidente es algo que ya estaba en mi mesa de diseño. A lo mucho tu propuesta, lo mas que logra es, bueno... darme esperanza de que las cosas realmente van tan mal para él, como suponía.
-No obstante si hay algo que puedo pedirte que sin duda haría mi vida mucho mas sencilla...
-Aunque antes- reflexiono moviendo rápidamente sus dedos frente a su rostro- Si, quizá sea necesario pedirte una prueba como parte de nuestro compromiso secreto.
-¿Una prueba?- preguntó con voz chillona Lucio, estirando la cara.
-¿Que te parecería?- dijo el otro sin interrumpir su linea de pensamiento- si te pidiera que mates a la liebre.
-Ya sabes, ¿Ese conejo inútil al que le ordene que fuera a buscarte al centro? Con solo un botón lo puedo hacerlo cruzar por esa puerta, yo mismo te daría el arma.
-Pero -replico Lucio. Un sudor frio empezó a correr por las palmas de sus manos- ...Para que... es decir... ¿Porque razón lo querrías muerto?
-¿Importa?- Le pregunto con sus ojos posicionados tan cerca como jamás habían estado de los suyos. Directamente sobre su hocico.
Pasaron unos segundos. Luego el niño rompió súbitamente en risas y la pesada atmósfera se disipo casi tan rápido como se había construido. .
-Hahahaha ¡Es una broma!- dijo con lagrimas en los ojos. Luego se rio un poco mas.
- Por supuesto que no pensaba hacerte matar al conejo ¿Crees que no te conozco? Se muy bien que no serias capaz de hacerlo.
Su ojos se fijaron entonces en el enorme candelabro de estilo gótico que pendía sobre sus cabezas. Le dio un mordisco a su papita frita.
-En realidad mi petición se enfoca en algo a lo que le tienes considerablemente menos cariño... Tu mismo. O lo que es igual, tu dinero.
Su sonrisa se hizo expresa, como si se hubiese acordado súbitamente de algun otro chiste. Se rio durante unos segundos y luego continuó
-Puede que no lo entiendas muy bien ahora mi querido perro desgraciado, pero este negocio, este bar es una pieza elemental en la caída de ese imbécil.
Sus parpados se abrieron de arriba a abajo como repletos de una emoción muy sobrecogedora y Lucio se dio cuenta de que sus pupilas eran particularmente extrañas, con una forma rectangular como las de algún animal deleznable. El infante le dio poca importancia y continuo con su monologo:
-Tengo una visión profética, de que, así como tu entraste aquí hoy, la vida de Power y cada una de las partes que lo componen encontrará su final en un lugar como este. Con un alcahuete igual de orgulloso que yo, y con inadaptados del calibre de los que ahora bailan y juegan fuera de este cuarto.
-¿Has oído alguna vez de la espiga que rompió la espalda del camello?
-Llamo a este cuarto: El umbral entre la vida y la muerte...Literalmente
-No obstante tal y como en el mundo real, las cosas buenas tienen mas posibilidad de suceder si hay gente dispuesta a invertir una buena parte de sí en ello.
-Ahí es donde entras. Tu tienes dinero ¿No? Mucho, por lo que he oído.
Lucio entendió rápidamente para donde iba la cosa, pero su cara no pudo evitar hacer una mueca pedante de quien esta de acuerdo con los términos establecidos, pero detesta la “terminología”.
- Esta bien, esta bien, no dinero. Tu entiendes a lo que me refiero -y acercándose por encima del escritorio se sentó en el borde y lo tomó del rostro acariciando su pelaje.- Dame un poco de ese jugo místico, y yo me encargare de llevar a cabo la magia...
¡CAVANIS! ¿No es así como le llamaban?- y se dejo caer de espaldas con una cara rebosante de éxtasis.-Si, yo también creo en eso...
Luego, cambiando súbitamente de tema, recobro la compostura y le preguntó a su invitado:
-Dime, si es que sabes, mi amigo perro ¿Porque se oculta el sol cada noche?
Lucio no tuvo que pensarlo demasiado, ese era un asunto que su corazón había meditado ya demasiadas veces.
-Por que no puede haber luz sin oscuridad.
-Exacto, ni oscuridad sin luz.- Respondió el otro.
¿Que te parece entonces si le abrimos la puerta a esta?
Ya hemos esperado demasiado.