Una extraña relación entre el amor y el odio
Para quienes vivimos en provincia o en regiones cercanas a Santiago, ir de visita a la capital de vez en cuando, puede resultar bastante placentero, aunque no nos quedaríamos a vivir ni a palos. Conozco gente sureña, que aspirando a elevados estándares económicos, se fueron esperanzados a Santiago y no aguantaron más de un año y se devolvieron. ¡Incluso uno murió de un infarto!
La verdad que Santiago es una selva. Si subimos algún cerro en la precordillera, veremos cómo la ciudad agoniza bajo un grueso colchón de smog. A eso sumémosle el estrés, el ruido, la velocidad, la violencia, el individualismo extremo, y un largo etcétera que lo vuelven bastante repulsivo para almas sensibles o gustosas de tranquilidad, de la naturaleza, de lo humano.
Aunque para qué voy a mentir: amo la posibilidad de ir a Santiago de vez en cuando. Eso sí, sin compromisos. Ir libre y pasear por las calles recorriendo, mirando, entrando a librerías, quizá sentarme en alguna cafetería. Y simplemente contemplar esa fauna de personajes y conversaciones y vestimentas (y también de libros, cómo no) que solamente la capital ofrece. Los panoramas culturales, e incluso deportivos, los artistas más interesantes están ahí. Y yendo hacia allá, está la posibilidad de empaparse con esa perspectiva de grandeza, de alta exigencia, que muchas veces en los pueblos de provincia o regiones, escasea.
Pero no podría vivir en Santiago. Por nada en el mundo. Debido a situaciones amorosas, hubo un tiempo donde me quedaba uno, incluso dos días a la semana. Pero al tercero, ya desesperado, como un claustrofóbico perdiendo el aire y la cordura, partía corriendo a la Estación Central para tomar el bus que me devolviera a mis tierras, al campo, a la calma.
Escrito por: Fernando Osorio redactor de Silvestre & Coqueta.















