Conteo de palabras: 1088.
Proyecto: Kintsugi
Tags: #Q003 + #King
Valor: 100 Copos.
Advertencia de Contenido: N/A
— ¡Charlie, Charlie!
Los ojos me pesan.
Me siento flotar dentro de mi cabeza.
— ¡Lennie, por favor!
El apodo se distorcionado por la distancia.
— ¡Charlotte, por favor!
Hay una masa oscura cubriendo mi cuerpo. Es densa. Muy pesada y pegajosa. Intento moverme para alejarla aunque todo lo que hace es tragarme más.
— ¡Charlie!
Un molesto repiqueteo. Eso es lo primero que escucho mientras siento a gran sombra que adelgaza; se vuelve tenue.
Intento abrir los ojos aunque no hace demasiada diferencia. Hay una oscuridad total que me rodea y pienso que necesito aclararla por lo que trato de llevarme las manos a la cara hasta que siento algo pulzar en mi zurda
— ¡Auch!
Intento analizarla en la oscuridad, optando por leerla con mi otra mano. Descubro que hay una aguja adherida en el dorso que se encaja en él dependiendo de cómo mueva la mano.
Entonces escucho que llaman a la puerta.
— ¿Charlie? —dice esa voz que conozco tan bien.
Sé exactamente en donde estoy.
La puerta se abre al no recibir respuesta —algo me dice que tampoco esperaba por una— y veo su silueta gracias a la luz externa: vestido con uno de sus famosos trajes, el cabello perfectamente arreglado. Tiene la apariencia intacta.
Permanezco en silencio, observandolo mientras lo veo dejar una bandeja en el mueble que se encuentra a un lado de la cama, cruzando la habitación para abrir las cortinas.
No es hasta que termina de abrir la última que se gira, entonces me ve y yo a él. Está cansado e igualmente me ofrece una sonrisa compasiva.
— ¿Cómo te sientes?
Su tono es suave, cuidadoso.
Gabriel se sienta en la orilla de la cama, inclinandose un poco hacia mí después. Lo veo analizar mi rostro completo mientras espera mi respuesta.
— Patética. —respondo con la voz más grave de lo normal.
Asiente comprensivo y vuelve a ponerse de pie. Se acerca al otro lado, sirviendome un vaso de agua, mismo que ofrece y él mismo me ayuda a beber.
— Te traje el desayuno aunque no estoy segura de que quieras comer algo ahora, ¿me equivoco?
Intento sonreír ante el ligero tono juguetón que hay en su voz pero no estoy segura de haberlo conseguido. En cambio nos quedamos ambos en silencio, observándonos.
— Sabes que no voy a preguntar… —comienza mientras ajusta su corbata perfecta como una manera de mantenerse casual en la conversación. — Pero si quisieras explicarme qué pasó anoche, lo agradecería.
Bajo la mirada, más tímida que temerosa.
— Tengo que saber si hay que llamar a alguien, Char..
— No. —le interrumpo de forma tajante.
— De acuerdo.
Después de eso, me hace saber que tiene que irse a trabajar pero que sus empleados estan completamente disponibles para lo que sea que necesite, que la enferma vendrá en una hora para revisarme y ver si necesito más suero u otro calmante. Yo me limito a asentir mientras me cubro con las sábanas como si fuera una niña pequeña.
Antes de dejarlo cruzar el umbral de la puerta, pregunto si ha llamado a casa y me asegura que mi padre no sabe nada.
Entonces se marcha.
El día pasa sin que yo realmente me dé cuenta. He invertido las horas en cambiar el canal en la televisión sin realmente poner atención en lo que me está siendo presentado. La enferma llega, me retira el suero pero no la aguja ya que decide ver cómo comienzo a evolucionar. Uno de los sirviente viene para preguntar si puede mandar a la mucama a lo que yo solo agradezco, diciendo que no es necesario. No pienso salir de la cama.
Cuando me doy cuenta, han pasado cinco días.
Es la mañana del viernes y Gabriel está acomodado encima de la cama, desayunando conmigo mientras vemos la televisión, vestido con su traje porque decidió no asistir al trabajo de último momento.
No estamos vemos nada relevante como noticias del mundo actual o programas de cotillón. Lo tengo viendo conmigo una caricatura mientras me doy cuenta que la tensión crece en el ambiente, gruesa y frágil simultáneamente.
Decido que tengo que ser yo quien acabe con esto.
— Nunca fui buena terminando relaciones. —admito entre una risa, incomoda por romper el silencio.
Gabriel me mira, baja su bowl que está relleno con cereales de malvaviscos —cortesía de un capricho mío— y me observa con atención.
— Ya no queríamos lo mismo. O no de momento, no lo sé…
Siento un nudo formarse en mi garganta aunque también estoy consciente de que ya no tengo más lágrimas para derramar. La pobre Cinthia ha tenido que hacerse cargo de traer cajas de pañuelos y paracetamol hasta tres veces al día la última semana.
— Tienes veintitres años…
— Tengo veinteséis. —le corrijo riéndome de forma más natural está vez.
Cuando lo escucho reírse sé que lo ha hecho a propósito.
— Quisiera decirte que es la última vez que te va a suceder pero esto es lo que hay y que haber sido capaces de admitir que no querían las mismas cosas es muy inteligente de parte de ambos.
Siento el puchero formarse en mis labios y me limpio las lágrimas que comienzan a escocer en las orillas de mis ojos. No quiero llorar más.
— Yo no quería dejarlo. — y sin más, las lágrimas vuelven a brotar.
Gabriel deja el bowl en la mesa de noche y me abraza de lado, tirando de mí con suavidad hasta hacerme quedar en su regazo. Una vez ahí, me hace cariño en el pelo y en los hombros por un tiempo.
No dice nada más, sabe que sería inútil y que claramente no es lo que necesito. Los años de convivencia durante su estadía en Irlanda realmente nos moldeó a una dinámica que, asumía yo, se asemejaba a la de hermanos; siempre dispuestos sin necesidad de pasar tanto tiempo juntos.
Eso y que ambos teníamos el mismo origen.
Mientras que Gabriel había encontrado su lugar en el ejercito, volviéndose un hombre de negocios, yo seguía tratando de encontrar el mío o construirlo sobre mi gusto por el arte, decorandolo con todos los errores que había cometido como hacía él con sus medallas y reconocimientos en las paredes.
Ambos conocíamos el abandono, la soledad. Sabía que entendía como nadie la manera en que revivía el rechazo con cada pérdida aún cuando los hechos me dijeran que no eran así.
Conocía como nadie más la herida que no sana nunca.
Finalmente me dormí. Después de llorar en silencio, temblando en manos de a quien podía considerar mi mejor amigo a pesar de la diferencia en los años; me dormí sobre sábanas de seda, descansando, esperando que mañana la realidad fuera diferente.