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Martin Eden'i oxumusunuz?
Oxumamısınızsa belə, indi bəhs edəcəyim hissləri nə vaxtsa yaşamış ola bilərsiniz. Çünki Martin Eden insanın öz içində qurduğu və böyütdüyü xəyalların, sonra isə həmin xəyalların altında qalmasının hekayəsidir. Jack London bu əsərdə uğura gedən yolu yox, uğurdan sonrakı səssiz uçurumu göstərir.
Bizə uşaqlıqdan öyrədilib ki, çalışsan, inkişaf etsən, fərqlənsən bir gün uğura çatacaqsan. Martin də bu inamla yaşayır. O, cəmiyyətin aşağı təbəqəsindən çıxıb özünü formalaşdırır, oxuyur, yazır, düşünür, gecələrini yuxusuz keçirir və nəhayət, hamının arzuladığı nöqtəyə çatır. Amma məhz o anda hekayə başlayır.
Çünki o zirvəyə çatanda dünya yox, onun baxışı dəyişir. Bir vaxtlar heyran olduğu insanlar artıq ona səthi görünür. Əvvəllər qəbul edilmək istədiyi mühit indi ona süni gəlir. O anlayır ki, onu dəyərli edən şeylərə yox, onun uğuruna aşiq olublar. Bu fərq onun üçün çox dağıdıcı olur. Bir anda başa düşür ki, illərlə ardınca qaçdığı şey, əslində, ona aid deyilmiş. Bir gün oyanırsan və hər şey yerində olsa da, heç nə yerində deyil kimi hiss edirsən. Əldə etdiklərin artıq səni həyəcanlandırmır, planların artıq səni hərəkətə gətirmir. Sanki uzun bir yol getmisən, amma getdiyin yerə aid deyilsən.
Burda ən çətin hissə problemin uğurda deyil, ona yüklədiyin mənada olmasını qəbul etməkdir. Çünki biz çox vaxt bir xilas yolu kimi görürük. Elə bilirik ki, ona çatanda içimizdəki bütün suallar susacaq. Amma həmin suallar daha aydın səslənməyə başlayır.
Məhz buna Martin Eden sindromu deyilir. İnsan hər şeyə nail olur, amma daxilində qəribə bir boşluq qalır. Və bu boşluq uğursuzluqdan yox, əksinə, uğurun içindən doğur. Çünki artıq qaçacaq bir şey qalmır. İnsan dayanır və ilk dəfə özü ilə tək qalır.
Bu vəziyyətin ən ağır tərəfi odur ki, insan nəyi itirdiyini də anlamır. Çünki ortada bir itki yoxdur. Hər şey yerindədir. Uğur var, nəticə var, bəzən hətta heyranlıq da var. Amma hiss yoxdur. Xoşbəxtlik yoxdur.
Martin Eden bizə nə demək istəyir? Demək istəyir ki, hər istədiyinə çatmaq, mütləq xoşbəxt olmaq demək deyil. Bəzən insan ən çox istədiyi şeyə çatanda anlayır ki, o istək ona aid deyil.
"Mən həqiqətən nə istəyirdim?"
Bu suala ən dürüst cavablar heç vaxt çox böyük olmur. İnsana lazım olan şeylər daha sadə, daha səssiz, daha görünməz olur - dəyər verdiyi bir neçə insan, içindəki rahatlıq hissi və özünə yadlaşmamaq kimi.
Sonda məsələ zirvəyə çıxmaq deyil. Məsələ odur ki, ora çıxanda özünü ora aid hiss edəsən.
𝗣𝗘𝗥𝗗𝗢𝗡𝗢. 𝗣𝗘𝗥𝗢 𝗡𝗢 𝗢𝗟𝗩𝗜𝗗𝗢.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀«𝐴𝑙𝑔𝑢𝑛𝑎𝑠 𝑐𝑜𝑠𝑎𝑠 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑒𝑛 𝑝𝑎𝑟𝑒𝑐𝑒𝑟 𝑛𝑎𝑑𝑎 𝑦 𝑙𝑜 𝑠𝑜𝑛 𝑡𝑜𝑑𝑜. 𝐻𝑎𝑦 𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑎𝑏𝑒𝑟 𝑣𝑒𝑟, 𝑎𝑝𝑟𝑒𝑛𝑑𝑒𝑟 𝑎 𝑎𝑝𝑟𝑒𝑐𝑖𝑎𝑟 𝑙𝑜 𝑚𝑒𝑛𝑢𝑑𝑜 𝑦 𝑎 𝑑𝑒𝑠𝑝𝑟𝑒𝑐𝑖𝑎𝑟 𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑜́𝑙𝑜 ℎ𝑎𝑐𝑒 𝑏𝑢𝑙𝑡𝑜. 𝑁𝑎𝑑𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑝𝑎𝑟𝑒𝑐𝑒 𝑔𝑟𝑎𝑛𝑑𝑒 𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑟𝑒𝑙𝑢𝑐𝑒 𝑒𝑛 𝑒𝑥𝑐𝑒𝑠𝑜 𝑡𝑖𝑒𝑛𝑒 𝑔𝑟𝑎𝑛 𝑣𝑎𝑙𝑖𝑑𝑒𝑧. 𝐿𝑜 𝑏𝑢𝑒𝑛𝑜 𝑒𝑠 𝑎𝑞𝑢𝑒𝑙𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑖𝑛 𝑔𝑟𝑎𝑛𝑑𝑒𝑠 𝑑𝑒𝑠𝑡𝑒𝑙𝑙𝑜𝑠 𝑙𝑜 𝑙𝑙𝑒𝑛𝑎 𝑡𝑜𝑑𝑜.» 𝗖𝗮𝗿𝗺𝗲𝗻 𝗟𝗮𝗳𝗼𝗿𝗲𝘁.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀***
Y mientras estoy sentado en este sillón gris —demasiado blando para mi gusto— me pregunto cuántas veces habré repetido esa frase sin entenderla de verdad. La psicóloga tiene la costumbre de inclinar ligeramente la cabeza cuando está a punto de lanzar una pregunta incómoda, y hoy lo ha hecho tantas veces que casi puedo anticiparlo. El despacho huele a romero y a hojas de papel recién pasadas, una mezcla que debería dar calma… pero a mí me remueve las entrañas más que tranquiliza.
— ¿Por qué crees que justificabas tanto sus actos? —me preguntó, apoyando el bolígrafo sobre la libreta, como si la respuesta más importante no fuese la que yo dijera, sino la que evitara decir.
Y yo abrí la boca, pero no salió nada. Nada más que un suspiro largo, cansado y tremendamente torpe.
Claro que había justificado todo. Cada desplante, cada vacío, cada silencio que se hacía eterno mientras yo buscaba excusas para mantenerlo vivo. ¿Cómo explicarle que cuando quieres a alguien, el cariño es un filtro que suaviza los bordes más afilados? Que el respeto —o lo que yo creía que era respeto— se convierte en una venda que te impide ver la otra cara de la moneda. No es que no la viera exactamente, es que no quería mirarla, buscando una forma de contrarrestar la balanza. Porque no todos somos perfectos, hasta yo mismo puedo equivocarme.
Pero ahora, sentando aquí, en esta sala donde la luz entra sesgada por las cortinas, no tengo adónde apartar la mirada. Ya no queda amor, ni cariño, ni un último hilo del que tirar para justificar el porqué de sus actos. Solo queda el frío de la ausencia, la última de entre tantas y tan nítida que siento cómo me corta. Y con ese frío, llegan las preguntas que intento esquivar cuando cierro los ojos por la noche. Odio las putas noches.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀¿𝘗𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦́ 𝘴𝘪𝘨𝘶𝘦𝘴 𝘥𝘢́𝘯𝘥𝘰𝘭𝘦 𝘷𝘶𝘦𝘭𝘵𝘢𝘴.ᐣ ¿𝘗𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦́ 𝘵𝘦 𝘪𝘮𝘱𝘰𝘳𝘵𝘢 𝘢𝘶́𝘯 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘱𝘪𝘦𝘯𝘴𝘦.ᐣ ¿𝘗𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦́, 𝘪𝘯𝘤𝘭𝘶𝘴𝘰 𝘥𝘦𝘴𝘱𝘶𝘦́𝘴 𝘥𝘦 𝘩𝘢𝘣𝘦𝘳 𝘵𝘰𝘮𝘢𝘥𝘰 𝘤𝘢𝘮𝘪𝘯𝘰𝘴 𝘥𝘪𝘴𝘵𝘪𝘯𝘵𝘰𝘴, 𝘴𝘪𝘨𝘶𝘦 𝘥𝘢𝘯̃𝘢́𝘯𝘥𝘰𝘵𝘦 𝘤𝘰𝘯 𝘴𝘶 𝘪𝘯𝘥𝘪𝘧𝘦𝘳𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢.ᐣ
La psicóloga dice que mi mente intenta sabotearme, que quiere hacerme creer que “𝘢𝘲𝘶𝘦𝘭𝘭𝘰 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘣𝘪𝘦𝘯”, que es más cómodo volver a un dolor conocido que construir una vida nueva desde el silencio. Y quizá tenga razón. A veces, cuando el recuerdo se vuelve insistente, casi puedo oír esa voz que me susurra que exagero, que era yo quien esperaba demasiado, que debí haber sido más paciente, más comprensivo, más… no lo tengo claro, la verdad.
— ¿Tú querías hacer daño? — preguntó de pronto, sin aviso.
Negué de inmediato.
— No. Nunca se me pasó por la cabeza hacerle daño.
Esa fue la única respuesta que me salió sin esfuerzo. Nunca he querido herir a nadie. Aunque me destrozara a mí mismo en el intento, siempre preferí cargar con el peso antes que dejarlo sobre los hombros de quien quería. Era mi manera de amar. Tal vez equivocada, sí, pero honesta. Fui buena persona para los demás, incluso cuando eso significaba ser cruel conmigo mismo. Y darme cuenta de eso me da un coraje tremendo. El de darte cuenta de que no te defendiste porque creías que amar era aceptar cualquier golpe, hablarlo y superarlo. Juntos.
— ¿Dónde estaban tus límites? — insistió.
Me encogí de hombros. No lo sabía. O quizá sí, pero jamás me atreví a ponerlos. ¿𝘕𝘰.ᐣ ¿𝘖 𝘴𝜄́ 𝘭𝘰𝘴 𝘱𝘶𝘴𝘦.ᐣ Otra de las mil preguntas que me rondaban la cabeza. Y es ahora, cuando ya todo ha terminado, cuando quedo solo con mis propios pensamientos, cuando por fin escucho lo que llevo tiempo gritando dentro de mí... estoy cansado. No del amor, aunque tengo sentimientos encontrados con ese tema. Estoy cansado de esperar explicaciones que nunca llegarán, de revivir escenas una y otra vez como si la repetición pudiera cambiar el final.
Quiero paz. Y empiezo a entender —entre preguntas incómodas, silencios reveladores y miradas que no buscan juzgarme— que la única manera de encontrarla es dentro de mí. No en nadie más. No en palabras que suenan bonitas pero están vacías. No en promesas disfrazadas de cuentos que jamás llegaron a cumplirse. Me aferro a esta idea como quien se agarra a una cuerda en medio de una tormenta. 𝙎𝙤𝙡𝙤 𝙮𝙤 𝙥𝙪𝙚𝙙𝙤 𝙨𝙖𝙡𝙫𝙖𝙧𝙢𝙚.
Quizá por eso ya no creo en el amor hacia los demás de la manera en que lo hacía antes. No ese amor ciego, sacrificado. En el que prima el entendimiento, la comprensión y la escucha. El que hay un trabajo en equipo. Cada día estoy más convencido de que no existe, y de hacerlo, no es conmigo. Así que ese amor lo dejo atrás, enterrado junto con los recuerdos que dejarán de doler con el tiempo. Ahora, poco a poco empiezo a mirarme con un poco de ternura, a reconocer un valor que otros pasaron por alto, a sostenerme sin esperar que nadie lo haga por mí. Porque al final siempre he trabajado mejor solo.
𝑷𝒆𝒓𝒅𝒐𝒏𝒐, 𝒔𝜾́. 𝑷𝒆𝒓𝒐 𝒏𝒐 𝒐𝒍𝒗𝒊𝒅𝒐.
𝗢𝗙 𝗔𝗟𝗟 𝗠𝗬 𝗩𝗘𝗥𝗦𝗜𝗢𝗡𝗦.
A veces creo que mi vida entera podría resumirse en ese instante en el que te quedas mirando los posos del té, como si allí dentro —en ese caos de manchas negras pegadas a la porcelana— hubiera alguna pista sobre quién eres realmente. Me pasó esta mañana. Me quedé observando cómo los restos dibujaban una especie de silueta, algo entre animal y sombra, y no pude evitar pensar en 𝙀𝙡 𝙡𝙤𝙗𝙤 𝙚𝙨𝙩𝙚𝙥𝙖𝙧𝙞𝙤 y en la idea de que dentro de cada uno de nosotros habita una criatura que no hemos terminado de domesticar.
No sé si todos tienen una, pero yo sí. Lo noto cuando estoy demasiado quieto, con la mirada perdida y el cuerpo en tensión sin que se note. Esa forma de estar, a medio camino entre la calma y la huida, es casi un retrato fiel de lo que siento la mayoría del tiempo. Como si hubiera dos versiones de mí atrapadas en el mismo banco, compartiendo el mismo cuerpo pero sin ponerse nunca de acuerdo.
𝙃𝙚𝙨𝙨𝙚 decía que el error era creernos divididos solo en dos partes: el 𝘩𝘰𝘮𝘣𝘳𝘦 y el 𝘭𝘰𝘣𝘰; lo 𝘤𝘪𝘷𝘪𝘭𝘪𝘻𝘢𝘥𝘰 y lo 𝘴𝘢𝘭𝘷𝘢𝘫𝘦. Pero yo, cada vez que intento comprenderme, siento que soy mucho más que un simple desdoblamiento. Hay un Carter que quiere pertenecer, ser entendido, encajar en el mundo, en el amor, en los planes cotidianos. Y hay otro que observa todo desde fuera, desconfiando, buscando un margen por el que escapar antes de acostumbrarse demasiado a cualquier cosa. Y luego hay otros cien Carters más, escondidos en esquinas de mí mismo que todavía no he explorado.
Mirar los posos del té me hace pensar en eso: en todas mis partes intentando formar una figura coherente… y fallando. O quizá no fallando, sino recordándome que no tengo por qué ser una sola cosa. Que quizá no es tan trágico vivir dividido. Que quizá la tragedia sería obligarme a reducirme para encajar en una idea simple, pequeña y cómoda.
A veces me pregunto si esa sombra que se forma en el fondo de la taza es un augurio o un espejo. Una advertencia o una revelación. ¿Y si el lobo no es el enemigo, sino la brújula? ¿Y si lo que llevo tanto tiempo intentando callar es precisamente lo que podría sacarme del pozo en el que caigo siempre que intento ser “𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘦 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘳𝘢”?
Mientras me veía reflejado en la ventana esta tarde —con el abrigo arrugado, la mirada cansada y las manos inquietas— pensé que quizá ser un lobo estepario moderno implica aprender a convivir con el ruido interior sin que te devore. Saber que eres muchos, que cambias, que dudas, que rompes y reconstruyes. Que no existe una versión definitiva de ti mismo, ni falta que hace.
Y aunque a veces duele, aunque a veces me pierda en mis propios laberintos, empiezo a aceptar que tal vez mi verdad esté precisamente en esa multiplicidad. En no ser uno solo. En dejar que mis sombras y mis luces se sienten juntas, aunque no sepan muy bien qué decirse.
𝗜𝗧’𝗦 𝗡𝗢𝗧 𝗠𝗘, 𝗜𝗧’𝗦 𝗠𝗬 𝗡𝗘𝗨𝗥𝗢𝗧𝗥𝗔𝗡𝗦𝗠𝗜𝗧𝗧𝗘𝗥𝗦.
Aquella mañana, mientras el aroma del café llenaba la cocina, pensé en lo curioso que es el cerebro. Un puñado de conexiones, miles de impulsos eléctricos y unas diminutas sustancias que, sin que lo notemos, deciden casi todo: lo que sentimos, lo que recordamos, lo que somos. A veces me gusta imaginar que dentro de mi cabeza viven pequeños mensajeros que van de una neurona a otra (como la película de 𝑖𝑛𝑠𝑖𝑑𝑒 𝑜𝑢𝑡) , transmitiendo señales. Cada uno tiene su carácter, su forma de actuar y su papel en la historia que somos.
La 𝙙𝙤𝙥𝙖𝙢𝙞𝙣𝙖, por ejemplo, es la chispa del entusiasmo. Es la que me empuja a dar el primer sorbo de café y sentir que el día puede ir bien. También aparece cuando logro algo que me propongo, incluso en los detalles más tontos: encontrar un aparcamiento libre, recibir un mensaje esperado, escuchar una canción que me encanta. Es el combustible de la motivación. Pero cuando le da por descontrolarse, puede convertirse en una trampa. Esa misma dopamina que me impulsa puede volverme dependiente de la recompensa, del “𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐨 𝐦𝐚́𝐬”. Y sinceramente, soy bastante caprichoso.
Luego está la 𝙨𝙚𝙧𝙤𝙩𝙤𝙣𝙞𝙣𝙖, la guardiana del equilibrio. Ella regula el ánimo, el sueño, el apetito. Cuando paso unos minutos al sol o doy un paseo tranquilo, noto cómo me envuelve esa calma ligera, casi imperceptible, que me hace sentir en paz. Es la serotonina haciendo su trabajo, recordándome que no todo es correr y producir, que también hace falta respirar.
Las 𝙚𝙣𝙙𝙤𝙧𝙛𝙞𝙣𝙖𝙨 son las bromistas del grupo. Se liberan cuando río, cuando corro sin pensar o cuando algo me emociona profundamente. Recuerdo una tarde de lluvia en la que, sin saber por qué, me puse a bailar en el salón, descalzo, mientras sonaba una canción vieja. De pronto, sentí una alegría serena, como si el cuerpo me premiara por estar vivo. Eso eran ellas, las endorfinas, aliviando el cansancio, desdibujando el dolor.
La 𝙖𝙙𝙧𝙚𝙣𝙖𝙡𝙞𝙣𝙖 es distinta. No busca calma, sino acción. Es la que me acelera el pulso cuando algo me asusta o me emociona, la que me hace reaccionar antes de pensar. Cuando casi pierdo el tren y corro por el andén, sintiendo que el corazón se me sale del pecho, sé que es ella quien me impulsa. Me mantiene alerta, preparado. Pero cuando se queda demasiado tiempo, cuando no hay trenes que perder pero sigo corriendo por dentro, entonces deja de ser mi aliada.
Parecida, aunque más discreta, es la 𝙣𝙤𝙧𝙚𝙥𝙞𝙣𝙚𝙛𝙧𝙞𝙣𝙖. Ella se encarga de que mantenga la atención, de que pueda concentrarme cuando leo o estudio, de que no me hunda del todo en los días grises. Si duermo mal o el estrés me pasa factura, lo noto como la que más. La mente se dispersa, el ánimo flaquea, y es porque la norepinefrina ha bajado la guardia.
También está la 𝙖𝙘𝙚𝙩𝙞𝙡𝙘𝙤𝙡𝙞𝙣𝙖, silenciosa pero esencial. Gracias a ella recuerdo dónde dejé las llaves o el nombre de alguien que conocí hace poco. Sin su ayuda, los recuerdos serían como hojas sueltas arrastradas por el viento. Además, es la que permite que los músculos respondan, que mis dedos se muevan al escribir los informes que hago a diario o que el corazón siga su ritmo.
El 𝙂𝘼𝘽𝘼, en cambio, es el que me enseña a frenar. Cuando todo parece ir demasiado deprisa, él pone orden, reduce el ruido interno, baja el volumen del miedo. Lo noto cuando respiro hondo y me calmo, cuando dejo que el silencio me arrulle un rato. El GABA es la pausa necesaria, la tregua entre pensamientos.
Y, por último, el 𝙜𝙡𝙪𝙩𝙖𝙢𝙖𝙩𝙤, el más abundante de todos. Es el chispeante, el que enciende las neuronas y hace posible que aprenda, que recuerde, que imagine. Es la energía del cerebro. Pero, como todo exceso, puede ser peligroso. Si se desborda, acaba dañando lo que pretende mantener vivo.
A veces pienso que somos el equilibrio entre todos ellos. Si uno se altera, los demás intentan compensarlo, como si el cuerpo entero tratara de mantener la calma. Y cuando todo encaja, cuando cada neurotransmisor hace su trabajo, siento que la vida respira de forma natural, sin esfuerzo, con esa cadencia invisible que nos mantiene en pie.
Terminé mi café con esa sensación de calma lúcida que deja entender algo tan invisible. Porque quizá no podamos verlos, pero están ahí, moviendo los hilos de cada pensamiento, de cada emoción, de cada instante que nos hace humanos.
𝗪𝗛𝗘𝗥𝗘 𝗧𝗘𝗔𝗥𝗦 𝗗𝗢𝗡’𝗧 𝗥𝗘𝗔𝗖𝗛.
Desde niño aprendí que llorar era algo que se hacía en silencio, con la puerta cerrada y la almohada empapada, porque en mi casa mostrar tristeza era una especie de traición, un signo de debilidad que nadie perdonaba. Así que lo convertí en un acto privado, casi sagrado, uno que ocurría solo cuando las luces estaban apagadas y nadie podía verme temblar. Pasaron los años y esa costumbre se volvió parte de mí, una segunda piel. Aprendí a contenerlo todo, a construir sonrisas cuando me dolía respirar, a ofrecer palabras alegres cuando lo único que quería era gritar. Y la gente me creyó. Creyeron en la versión de mí que siempre estaba bien, la que irradiaba calma, la que sabía escuchar, la que parecía tenerlo todo bajo control. Nadie notó que debajo de esa máscara se acumulaban años de silencios no llorados.
Y, aun así, hubo excepciones. Tan solo he llorado con cuatro personas contadas, cuatro miradas en las que sentí que podía desarmarme sin miedo, en las que entendí lo que era sentirse a salvo. Con ellas el llanto no era signo de debilidad, fue más bien el refugio que necesitaba para sentirme más humano. Por un instante, dejar caer las lágrimas era como volver a casa.
Pero llevo un par de días que algo ha cambiado. Siento las lágrimas empujando, el pecho apretado, la garganta cerrándose como si mi propio cuerpo se negara a dejarme liberar lo que llevo dentro. Y es raro, porque siempre supe cómo llorar, incluso si lo hacía a escondidas. Ahora, en cambio, tengo ganas y no puedo. Es como si la fuente se hubiese secado o yo me hubiera roto por dentro. Quiero llorar, necesito hacerlo, pero no arranca. Me quedo atrapado en ese punto intermedio entre el desahogo y el colapso, entre el vacío y el temblor. Y lo peor es que esa impotencia solo aumenta la ansiedad, una corriente eléctrica que no deja de crecer bajo mi piel. Me digo que quizá esto era inevitable, que tarde o temprano algo tenía que quebrarse.
Ser luz tiene su precio. Puedes iluminar a los demás, mostrarles el camino, hacerles creer que brillas por elección, pero nadie te advierte que mientras alumbras, también te consumes. Que cada sonrisa que sostienes para otro deja una grieta más profunda en ti. Y un día te descubres hecho de brasas, cálido por fuera, ardiendo por dentro, y te preguntas en qué momento ser fuerte se convirtió en no sentir nada.
𝗗𝗜𝗦𝗔𝗣𝗣𝗢𝗜𝗡𝗧𝗠𝗘𝗡𝗧 𝗜𝗦 𝗧𝗛𝗘 𝗠𝗢𝗦𝗧 𝗥𝗘𝗟𝗜𝗔𝗕𝗟𝗘 𝗙𝗢𝗥𝗠 𝗢𝗙 𝗞𝗡𝗢𝗪𝗟𝗘𝗗𝗚𝗘. — 𝑆𝑐𝘩𝑜𝑝𝑒𝑛𝘩𝑎𝑢𝑒𝑟.
Me ha llevado más tiempo del que me gustaría reconocer dejar de sentirme como una mierda cada vez que las expectativas que tenían sobre mí acababan estampándose contra la pared de lo que es la realidad. O, mejor dicho, contra mi realidad. Porque, seamos sinceros, si algo se me da de lujo es decepcionar. Como si “𝙙𝙚𝙘𝙚𝙥𝙘𝙞𝙤́𝙣” fuera la parte principal de mi ser y lo llevara escrito en la frente.
La primera vez que recibí esa mirada —sí, esa mezcla entre “𝑛𝑜 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑜 𝑐𝑟𝑒𝑒𝑟 𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑒𝑎𝑠 𝑚𝑖 𝘩𝑖𝑗𝑜” y “¿𝑒𝑛 𝑞𝑢𝑒́ 𝑚𝑜𝑚𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑛𝑜𝑠 𝑒𝑞𝑢𝑖𝑣𝑜𝑐𝑎𝑚𝑜𝑠.ᐣ”— fue de mis padres. Y sí, dolió. Aunque con el tiempo me acostumbré tanto a verla que llegué a dudar si de verdad era cosa mía o si esa expresión venía de serie. Como cuando compras una silla barata y ya te viene coja de fábrica.
Pero lo que más me impactó fue ver esa mirada en gente ajena a la familia. Como nuestros criados o los amigos diplomáticos de mi padre. Esos que ni pinchan ni cortan. Que, en teoría, no deberían tener vela en este entierro, pero aun así se permitían el lujo de 𝗷𝘂𝘇𝗴𝗮𝗿. 𝐒𝐢𝐧 𝐜𝐨𝐧𝐨𝐜𝐞𝐫𝐦𝐞 𝐝𝐞 𝐧𝐚𝐝𝐚. Sin saber que yo era, básicamente, un chaval de doce años que lo único que quería era reírse hasta dolerle la tripa. Porque eso es lo que hacen los niños de esa edad en las películas que me veía. Aunque ese es otro tema.
Recuerdo a uno de ellos, un tipo con bigote tan perfecto que parecía el mismísimo Dalí. Me dijo, con una sonrisa envenenada, que algún día tenía que “𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳 𝘢 𝘭𝘢 𝘢𝘭𝘵𝘶𝘳𝘢 𝘥𝘦𝘭 𝘳𝘦𝘪𝘯𝘰”. Como si ser un crío que soñaba con colarse en la cocina para robar bollos recién hechos fuese una amenaza para la reputación familiar. En serio, ni que hubiese incendiado una embajada…
Lo peor es que esas frases se te meten en la cabeza. Al principio no les das importancia porque piensas que los adultos son idiotas —y lo son, créeme—, pero llega un momento en que esa mirada, ese reproche disfrazado de consejo, se te queda grabado como una cicatriz invisible. Y terminas preguntándote si de verdad eres tan decepcionante como creen. O peor aún, si lo único que puedes llegar a ser en esta vida es eso.
Con el tiempo entendí que ser una decepción no era por mi culpa. Sino por las 𝗲𝘅𝗽𝗲𝗰𝘁𝗮𝘁𝗶𝘃𝗮𝘀 —a veces absurdas, a veces ridículamente imposibles— que los demás decidían colgarme al cuello como si fueran medallas. En realidad, era su reflejo, no el mío. Su manera de querer que yo hiciera lo que ellos habrían hecho. O peor, lo que nunca tuvieron el valor de hacer.
Así que sí, decepcionaba. Decepcionaba por elegirme a mí, por atreverme a pensar distinto, por no seguir el rebaño como una oveja obediente. Decepcionaba por no reírles las gracias, por confiar más en mi propio criterio que en su palabra, por empezar a construir las bases de mi vida con mis propias manos y no con las suyas. Y cuando por fin entendí que 𝘆𝗼 𝗻𝗼 𝗲𝗿𝗮 𝗲𝗹 𝗽𝗿𝗼𝗯𝗹𝗲𝗺𝗮, fue como volver a respirar después de estar demasiado tiempo bajo el agua.
¿Que habrá gente que siga viéndome como una decepción? Seguro. Estoy convencido de que más de uno seguirá usando esa palabra como si fuese un sello de “𝘢𝘱𝘳𝘰𝘣𝘢𝘥𝘰” o “𝘴𝘶𝘴𝘱𝘦𝘯𝘴𝘰” clavado en mi espalda. Pero la diferencia es que ahora ya no duele. No de la misma manera. Ya no tienen el poder de hacerme sentir como cuando tenía doce años y pensaba que todo lo malo que decían de mí era verdad.
Ahora puedo escucharles y, en vez de hundirme, lo único que consigo es sonreír con cierta ironía. Porque sé que no estoy equivocado por ser yo. Y si eso les molesta… bueno, supongo que 𝙩𝙚𝙣𝙙𝙧𝙚́ 𝙦𝙪𝙚 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙞𝙧 𝙙𝙚𝙘𝙚𝙥𝙘𝙞𝙤𝙣𝙖́𝙣𝙙𝙤𝙡𝙚𝙨.
𝗣𝗘𝗥𝗜𝗢𝗗𝗦 𝗢𝗙 𝗦𝗢𝗟𝗜𝗧𝗨𝗗𝗘.
A veces pienso que mi vida se divide en dos "estaciones" muy distintas. Los días en los que ardo como si fuera un faro encendido en mitad de la costa en plena noche cerrada, y esos otros en los que me apago sin previo aviso, como si alguien hubiera cerrado todas las ventanas de golpe. Mis amigos me conocen como una persona que siempre está al cien por cien, el que nunca 𝙙𝙞𝙘𝙚 𝙦𝙪𝙚 𝙣𝙤 a una noche de risas o cualquier plan improvisado, el que se apunta a las charlas interminables a las tres de la mañana. Pero lo que no saben —𝘰 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘤𝘰𝘯𝘴𝘪𝘨𝘰 𝘦𝘹𝘱𝘭𝘪𝘤𝘢𝘳 𝘥𝘦𝘭 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘤𝘶𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘦𝘯𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘢𝘳 𝘭𝘢𝘴 𝘱𝘢𝘭𝘢𝘣𝘳𝘢𝘴 𝘢𝘥𝘦𝘤𝘶𝘢𝘥𝘢𝘴— es que hay momentos en los que necesito desaparecer. No porque no me importe su mundo, ni porque sus vidas me resulten menos importantes que la mía propia, sino porque algo (o una voz) dentro de mi cabeza empieza a quebrarse, y tengo que escucharla antes de perderme por completo.
En esos periodos de soledad me aferro a mis proyectos, a las cuerdas de la guitarra que parecen decir lo que yo no consigo traducir, a los libros que devoro como si fueran una cura contra la fatiga de existir. Poe se tumba siempre cerca, a la altura de mis pies cada vez que estoy tumbado en el sofá, mientras que Dorian y Brontë me recuerdan, con sus pequeños gestos felinos, que la compañía puede ser suave, mínima y aun así necesaria.
He llegado a creer que esta parte de mí 𝒆𝒔 𝒖𝒏 𝒅𝒆𝒇𝒆𝒄𝒕𝒐. Que ausentarme por semanas me convierte en alguien frío, alguien que no sabe mantener las relaciones sociales durante un periodo largo de tiempo. Pero, en el fondo, sé que no se trata de abandono. Se trata de supervivencia. 𝘾𝙖𝙧𝙡 𝙅𝙪𝙣𝙜 hablaba de la 𝑖𝑛𝑑𝑖𝑣𝑖𝑑𝑢𝑎𝑐𝑖𝑜́𝑛, de la necesidad de encontrarse con la propia sombra para no ser devorado por ella. Como pondría en mis apuntes de la universidad, la individuación no es otra cosa que la reconciliación con la totalidad de uno mismo: 𝑙𝑎 𝑙𝑢𝑧 𝑞𝑢𝑒 𝑚𝑜𝑠𝑡𝑟𝑎𝑚𝑜𝑠 𝑎𝑙 𝑚𝑢𝑛𝑑𝑜 𝑦 𝑙𝑎 𝑠𝑜𝑚𝑏𝑟𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑝𝑟𝑒𝑓𝑒𝑟𝑖𝑚𝑜𝑠 𝑛𝑒𝑔𝑎𝑟. No se trata de alcanzar una perfección inmaculada, sino de aceptar las contradicciones que nos habitan. Con esto, creo que él diría que quien desconoce sus abismos nunca podrá hablar de sus cumbres. Y quizá eso es lo que yo hago, retirarme no para olvidar a los otros, sino para recordar quién soy cuando el ruido del mundo amenaza con desintegrarme. La sociedad nos empuja a creer que estar siempre 𝗽𝗿𝗲𝘀𝗲𝗻𝘁𝗲, siempre 𝗱𝗶𝘀𝗽𝗼𝗻𝗶𝗯𝗹𝗲, es una 𝘃𝗶𝗿𝘁𝘂𝗱 𝗶𝗻𝗱𝗶𝘀𝗰𝘂𝘁𝗶𝗯𝗹𝗲. Pero ¿qué valor tiene una presencia vacía, un gesto automático o una sonrisa que no responde a ningún pulso interior?
Por eso he llegado a preguntarme tantas veces, durante toda mi vida, ¿Qué hay de malo en querer ser una bola en el sofá, con las manos manchadas de gominolas, el crujido de las patatas bajo los dientes y un vaso de azúcar líquido que me da una absurda sensación de control? ¿Qué hay de malo en querer esconderme, solo un rato, para poder volver a mirar de frente las responsabilidades que me aplastan?
No me considero una persona que huye a la primera de cambio, aunque lo parezca. Soy alguien que se enfría para no salir ardiendo. Que se aleja para no romperse. Porque 𝗻𝗲𝗰𝗲𝘀𝗶𝘁𝗼 esos silencios, esos periodos de soledad para regresar con la fuerza suficiente y con toda la seguridad en mí mismo. No como una grieta que está a punto de desmoronarse.