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Jorge Páramo, después de semanas de engorde, yacía en la bandeja de asar, rodeado de hierbas aromáticas y verduras coloridas. El olor a ajo, romero y cebolla llenaba el aire, pero era el aroma de su propio cuerpo, un olor dulce y salado que despertaba el apetito de su padre.
“¡Ah, mi pequeño Jorge, mi pequeño y jugoso cerdo! ¡Cuánta carne, cuánta grasa! ¡Qué glúteos de páramo! Son perfectos, tan suaves, tan firmes, tan llenos de vida.”
El padre de Jorge, un hombre rudo y barbudo, se acercó a la bandeja, oliendo el aire con avidez. Su mirada se detuvo en el calzón de Jorge, que estaba empapado de sudor y jugos corporales.
“Y este calzón… huele a ti, a tu sudor, a tu piel, a tu deseo. ¡Es el aroma del pecado! Y yo, como buen padre, voy a disfrutar de cada bocado.”
El padre de Jorge se preparó para el banquete. Con un cuchillo afilado y un tenedor, se acercó a la bandeja, listo para cortar la primera pieza de carne. Jorge, inmovilizado y asustado, cerró los ojos y esperó lo peor.
Pero el padre de Jorge no estaba solo. Detrás de él, una figura oscura y misteriosa observaba la escena. ¿Era un cómplice o un enemigo? El padre de Jorge no lo sabía, pero sentía que algo estaba a punto de cambiar.
“¡Pronto estarás en mi panza, mi pequeño Jorge! ¡Y nadie lo sabrá! ¡Serás mi secreto más dulce y pecaminoso!”
El padre de Jorge se inclinó sobre la bandeja, listo para cortar el primer trozo de carne. Pero antes de que pudiera hacerlo, una voz ronca y amenazante lo detuvo.
“No tan rápido, padre.”
El padre de Jorge se dio la vuelta, asustado. Delante de él estaba la figura oscura, que se reveló como un hombre alto y fornido, con una cicatriz en la mejilla.
“¿Quién eres tú?”
“Soy el ángel de la muerte, padre. Y he venido a cobrar tus pecados.”
El ángel de la muerte se acercó al padre de Jorge, con un cuchillo en la mano. Jorge, liberado de su bandeja de asar, observó la escena con asombro. ¿Era este el final del padre de Jorge o el comienzo de algo nuevo? Solo el tiempo lo diría.
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