—Órale, Richie, cabrón. No te me rajes ahora. Te vas a empacar este galón de leche Lala, y te lo vas a empacar completito, ¿me entiendes? Ni una gota se me desperdicia, ¡eh! Y no me pongas esa cara de fuchi, que es por tu propio bien, para que crezcas fuerte y sano, no como el enclenque que eras antes. ¿Y qué me ves con esos ojos de borrego a medio morir? ¡Ábreme esa bocota, que ya te lo voy a vaciar! —le espetaba don Ramiro a su hijo, mientras le metía un embudo en la boca y le vertía el líquido blanco con una determinación implacable.
Richie, con los ojos desorbitados y la boca llena, apenas podía articular palabra. Sus intentos de protesta eran acallados por el torrente de leche que bajaba por su garganta, dejándolo sin aliento y con el estómago a punto de estallar.
—Eso, mijo. No me falles ahora. Tú puedes con esto y más. —le animaba su padre, mientras le acariciaba la panza con una ternura siniestra. —Mira nada más, qué suavecita y redondita se te está poniendo. Se nota que estás aprovechando bien la comida, que no se diga que no te alimentamos como Dios manda. —añadía, con un brillo maléfico en los ojos.
Richie, entre jadeos y sollozos, apenas podía creer lo que estaba sucediendo. Su padre, el mismo hombre que solía regañarlo por su mal comportamiento y sus bajas calificaciones, ahora lo estaba llenando de comida hasta el punto de la asfixia, con una sonrisa enigmática que no presagiaba nada bueno.
—¿Papá, por qué me haces esto? —logró preguntar Richie, con la voz entrecortada.
Don Ramiro lo miró con una mirada fría y penetrante.
—Es por tu propio bien, hijo. Ya te lo dije. Para que seas un hombre grande y fuerte, y no un debilucho como tus tíos. —respondió, con un tono de voz que no admitía réplica.
Y así, Richie, entre la leche Lala y las caricias de su padre, comenzó a sospechar que algo terrible estaba a punto de suceder. Su cuerpo, antes ágil y fibroso, ahora era una masa blanda y suave, una presa fácil para el destino que le aguardaba en la olla gigante del patio.















