Me rindo ,el amor si es bonito , pero no es para mí .
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Me rindo ,el amor si es bonito , pero no es para mí .
Si me buscan con amor, soy capaz de dejar de esconderme para que me encuentren.
Até no abismo Deus sussurra nosso nome.
Pedrina Vitória
Mensajes por la ciudad.
Me despierto a las 4:00 a.m. El agua helada de la ducha me atraviesa la piel, pero ni eso logra congelar lo que arde por dentro. Me miro al espejo. Cada imperfección se siente como un grito de mi cuerpo. Cepillo mis dientes. Sangro. No me inmuto. Escupo. Trago saliva con hierro. Intento planear el día, pero mi cabeza es un vertedero donde las ideas se pudren. Los recuerdos regresan, sucios, borrosos, pegajosos. y yo subo el volumen de la música como quien tapa una herida abierta con cinta adhesiva. "Girl Afraid" suena, pero soy yo la que tiene miedo. Me miro al espejo y lo único vidrioso de aquello son mis ojos. Mi alma, estrangulada detrás del lagrimal. Todo se arruina antes de empezar. Otra vez. Y solo queda preguntarme durante horas: ¿Por qué me torturo con imposibles? Estoy en posición fetal en la tina, como si pudiera volver a nacer del agua sucia. Mis músculos se tensan, mi mandíbula tiembla. El agua caliente aviva las cortadas. Mi única forma de terapia es hablarle al vacío, repetirme aquellos recuerdos como un mantra envenenado hasta que no pueda más y me rompa a llorar. Y en ese colapso… algo se calma. No me falta dinero para un psicólogo. Simplemente ya no creo en que alguien pueda salvarme. Quizás desarrollé una especie de desapego emocional. No sé si odio lo que soy, o si aprendí a convivir con la versión rota de mí misma. Digo que puedo sola. Pero la verdad es que me estoy volviendo alguien incapaz de reconocer que necesita amor, afecto, ayuda. Y en ese orgullo ciego me hundo un poco más. © Nahir Solaeche. Todos los derechos reservados.
Intermitente.
El amor ambiguo no llega de la nada… se arrastra.
Frío, paciente, casi invisible.
Se enrosca en tu cuerpo como una anaconda hambrienta,
lenta… deliciosa… inevitable.
Y tú, ingenua, llamas refugio
a ese abrazo que ya empezó a romperte.
No grita, no hiere de golpe.
Aprieta con una ternura enferma,
como si quisiera quedarse a vivir dentro de tu último aliento.
El aire se vuelve escaso.
La mente, turbia.
El corazón… dócil.
Y en ese estado miserable, hermoso y podrido,
confundes el ahogo con amor,
la dependencia con destino,
la muerte con algo sagrado.
Para cuando lo entiendes…
ya no respiras por ti.
Respiras por lo que te está matando.
2497- Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas, y una voz cariñosa le susurró al oído: — ¿Por qué lloras, si todo en este libro es de mentira? Y él respondió: —Lo sé; pero lo que yo siento es de verdad.
(Ángel González)