AMOR Y DOLOR
Qué difícil es no saber si algo es bueno o malo. Pero ¿cómo puede uno llegar a adivinarlo cuando se trata de algo tan complicado?
¿Cómo puede alguien decir que algo está mal si, al mismo tiempo, le hace vivir momentos tan maravillosos y hermosos? ¿Cómo puede estar mal sentirse enamorada? Sentir que, por fin, algo bueno está pasando.
Pero después llegan esos días en los que se vuelve difícil atravesar las cosas. Días en los que los dolores del pasado regresan. Momentos en los que todo ese amor y toda esa felicidad entran en duda.
¿Cómo puede tanto amor provocar tantas dudas? ¿Por qué amar puede llevarte a llorar desconsoladamente en un baño, preguntándote si de verdad te ama? ¿Por qué hace que te preguntes por qué te permite amarlo si, quizás, después va a hacerte daño?
¿Por qué el amor puede hacerte sentir mal incluso mientras hacés las cosas cotidianas de siempre? ¿Por qué uno nunca deja de sentirse insuficiente? ¿Por qué siempre existe ese presentimiento de que nunca fue realmente elegido, sino que simplemente ocupa el lugar que dejó un amor anterior?
La combinación de las palabras amor y dolor siempre me resultó confusa. ¿Te amo tanto que ya no veo todo el dolor? ¿O mi dolor es tan exagerado que termina desapareciendo y olvidándose durante los días menos malos?
Donde quiera que lea sobre el amor, el dolor siempre aparece de su mano. Pero ¿eso es normal? ¿Se idealiza demasiado la idea de que el amor debe doler? ¿Por qué nos acostumbramos tanto a ello? ¿No se supone que el amor no duele?
Uno no debería tener que juntar dos palabras con significados tan distintos. Mucho menos cuando está enamorado.
Y entonces vuelvo a la misma pregunta: ¿cómo puede alguien estar mal si está enamorado?
¿Cómo puede haber días en los que soy feliz y, sin embargo, por la noche termino llorando? ¿Por qué vuelven a mi mente los recuerdos de los malos momentos? ¿Seré yo la que no sabe perdonar? ¿Seré yo la que no se permite ser feliz? ¿O simplemente soy yo volviendo a elegir mal?
Nunca logré entender por qué siempre termino recorriendo el mismo circuito. Y es ahí cuando empiezo a convencerme de que el problema de todo soy yo.









