El agua, como elemento inescindible a todo lo saludable, debe estar siempre presente en los reales sitios de la monarquía, pues ésta siempre calma la sed de las cosas excelsas. Vemos una imagen, tomada en estos días, del estanque para aguas del real monasterio de El Escorial en España, que servía para atender a las necesidades para los ganados, para riego de las huertas, para la comunidad monástica y para las cocinas y lavaderos de la corte establecida en este egregio edificio. Pero, además, el agua así contenida en las reales heredades, traza siempre las memorias de los que más supieron, como un Arquímedes, favorece la limpia, satisface la vida de las avecillas y de los peces, ilumina cual espejo reflectante y es pila de los calores en la veranada, con lo que da refresco al real sitio. En las aguas de estanque descansan todos los fines de los buenos deseos, pues en muchos sitios se depositan en ellas las monedas en su esperanza, y se hacen baños salutíferos por sus propiedades medicinales, o se puede incluso llegar a practicar la ceremonia del bautizo, o esquiar los badulaques. En las aguas de estanque no hay lugar para que crezcan las malezas del mundo, dejando un cuadro de reflejos sinuosos que van hablando de los cielos mientras el sol los recorre en el día. Las divinas letras de los viejos sabios han cantado a las aguas, como el señuelo de la prudencia en el gobierno, que tanto enternece el rigor de la vara de mandar a los pueblos, convirtiéndola en báculo del descanso pacífico en la cadencia rítmica de la naturaleza, que a nadie estorba en el beber, pues el agua se ha tenido siempre como cosa de todos y para todos, en dominio público, como la misma institución regia. Que triunfen, pues, de presencia las aguas para estanque en los reales dominios de la monarquía.







