Un gato de color negro saltó a su ventana y se quedó observándole atentamente. Quería saber como le estaba yendo a cierto francés pero no tenía el valor suficiente para encararlo.
Intentaba concentrarse en un complicado informe sobre economía cuando lo vio. Inclinó la cabeza y miró al gatito con curiosidad. Él vivía en el ático de un edificio, era un lugar bastante alto. Aún así, no era del todo imposible que algún gato trepase de vez en cuando hasta el tejado y acabase en su ventana o en su balcón de vez en cuando.
Se levantó del sofá y abrió su ventana despacio.
–Te harás daño si caes desde esta altura, pequeño –musitó, como si el gato pudiera entenderlo–. Ven aquí.
Lo rodeó con cuidado entre sus brazos, tratando de no asustarlo para evitar que hiciera algún movimiento brusco y cayera, y lo introdujo en casa. Al instante, su gato de angora blanco, que había estado dormitando entre sus pies, bufó con mala cara.
–¡Hugo! No seas celoso– le recriminó a su mascota, para luego dirigirse de nuevo al gatito negro que llevaba en sus brazos–. ¿Tienes hambre?











