Ayer escuché algo que se me quedó dentro dando vueltas… que las personas somos como "amplificadores emocionales". Y no sé, cuanto más lo pienso, más sentido le encuentro.
Porque hay personas que, cuando reciben cariño, no se lo guardan… lo multiplican. Si se sienten queridas, cuidadas, escuchadas, algo dentro de ellas se abre solo, sin esfuerzo, y entonces empiezan a dar más, más amor, más calma, más ganas, más verdad.
Y creo que todos hemos sentido eso alguna vez. Esa diferencia enorme entre estar con alguien que te hace sentir pequeña… y alguien con quien, sin darte cuenta, floreces. Porque no va de grandes gestos, casi nunca lo hace. Va de cómo te hablan cuando estás sensible, de cómo te miran cuando no estás en tu mejor momento, de cómo alguien puede hacerte sentir paz solo con su manera de estar.
Hay personas que convierten el amor en hogar, en tranquilidad, en refugio… y entonces una empieza a dar lo mejor de sí casi sin pensarlo, porque sentirse bien querida cambia muchas cosas por dentro.
Pero también pasa al revés, cuando lo que recibes es indiferencia, frialdad, distancia o dudas constantes… eso también se acaba notando, también se mete en el vínculo, en los silencios, en la forma de tratarse, en las ganas, hasta que algo empieza a apagarse poco a poco sin hacer ruido... Y no porque falte amor necesariamente… a veces falta cuidado.
Por eso cada vez entiendo más que no somos islas, que lo que damos tiene un impacto enorme en el otro, que una palabra puede sostener… o romper, que una presencia puede sanar muchísimo más de lo que imaginamos, y quizá amar también sea eso… hacer sentir al otro tan bien, tan seguro, tan querido… que inevitablemente saque su mejor versión.