Nací en la era en que la música se escucha en internet, la era del YouTube y de los reproductores en línea, pero unos años antes mi papá compraba “Cds” y antes de eso compraba “casetes”. Sin embargo, el común denominador de los dos siempre fue la radio. Yo escuché toda la vida “Radioacktiva”, mientras él escuchó “Veracruz estero” y a veces uno que otro fin de semana en la mañana, mientras me llevaba a la escuela de fútbol, escuchábamos “W radio”, donde además de canciones, hablaba gente e informaban las noticias. A veces escuchaba “La mega” por las noches y cuando iba o venía del colegio, siempre ponían en el transporte las emisoras de reggaetón que le gustaban a todo el mundo pero que a mí nunca me acabaron de convencer. Así, La radio siempre fue una gran influencia de lo que escucho en todo momento, Incluso hoy, que puedo escuchar cualquier canción en la web, sigo escuchando radio en una vieja grabadora de los 90´s que heredé de mis padres.
Años después, aprendí a bajar canciones de YouTube en formato mp3, que posteriormente puse en los aparatos reproductores o los celulares que tenían la opción de reproducir, y así me la pasé muchos años con todo tipo de audífonos escuchando mis canciones favoritas que salieron de mis amigos, mi padre, la radio o las recomendaciones de YouTube. Pero hace relativamente poco, mi buen amigo Checho me sumergiría en las profundidades de Spotify, que tenía un formato más o menos diferente de como estaba acostumbrado a escuchar música, puesto que no sólo son canciones, sino que presenta los álbumes completos, por orden cronológico y con las recomendaciones personalizadas. Esto puede parecer algo muy normal, pero yo muy pocas veces me escuché álbumes completos, siempre escuchaba las canciones individuales que me mostró YouTube o las que ponían en las emisoras, que por lo general son las canciones más “pegajosas” o más “vendibles”.
Hace pocos días estuve leyendo “El poder de los hábitos” de Charles Duhigg, y me encontré que las canciones “pegajosas” son las que tienen el efecto de quedarse en el inconsciente, así las amemos o las odiemos, por una cuestión de los hábitos, puesto que los sonidos “habituales” que se escuchan cierta parte del tiempo y que se vuelven “Familiares”, por efecto se vuelven casi que parte de nosotros. Eso se puede observar mucho hoy en día, si te pones a ver las listas de hits, los tops, las más sonadas, etc. La gran mayoría van a tener un ritmo de 4/4, (si quiere, puede hacer el experimento de contar hasta 4, de forma repetida y buscar ajustase a la canción, que con seguridad se ajustará). Además, los acordes cada vez varían menos, se ponen los mismos ritmos y hasta copian melodías de canciones de otras épocas. Un ejemplo es el reggaetón más contemporáneo tiene siempre el mismo ritmo, que se “pega” y es bailable, por lo tanto, que es muy vendible.
Lo interesante del tema, no es la música en sí, sino la parte mercantil que va detrás, los artistas hacen un disco, pero buscan que pocas canciones se peguen, se escuchen en la radio y sean el hit del momento, eso lo hacen con el fin de promocionar su trabajo, pero cómo consecuencia implícita, canciones buenas se pierden en el mundo musical como un barco se pierde en el horizonte de mar abierto y que antes que se pierda sólo algunos pudieron contemplar.
Cuando recién estaba conociendo Spotify, me gustó el orden por álbumes, diferente a las canciones sueltas que solía escuchar por YouTube, Podía escuchar un disco entero como lo hizo la vieja escuela con sus LP´s, casetes y hasta cds, sin pasar la canción que menos me gustaba o que ya había “quemado”, sin reproducción aleatoria, sin bucle. De esta forma pude contemplar temas espectaculares que nunca sonaron en la radio o no me recomendó YouTube, y esa, la “otra música”, me hizo conocer un mundo discreto pero mágico y me hizo entender que lo convencional no siempre es lo más maravilloso.
Aquí dejaré algunas de las muchas “otras” canciones que me he encontrado:
El padre Antonio – Rubén Blades
Did I let you go – Red hot chili papers
Dance, dance, dance – Red hot chili papers
Extraordinary girl – Green day
En una de las entrevistas que hace el español Jordi Wild, dijo que la música de hoy se produce un poco como se produce la “Fast food”, y creo sinceramente que es cierto, puesto que donde se escuche, se encuentra cada vez más procesada, más rápida de consumir, que “pegue” sin importar que mensaje lleva o que trabajo le costó al “artista” hacerla, o prepararse para hacerla. Pero, aunque la comida rápida sea rica, no siempre es la más deliciosa, o la que más alimenta, o la que genera una nueva experiencia, y con tantas “canciones rápidas” se pierden muchos sabores que representan una identidad o una idea, que se gozan o tienen un sabor mágico.
Hay canciones excelentes en muchos lados, escondidas en Álbumes, versiones en vivo que son de otro mundo, pero que solo escucharon los que estuvieron en la presentación, bandas locales o nacionales que no alcanzan a sonar en la radio, Incluso canciones que son hits en otros países pero que nunca llegan a nuestro entorno. Esas también hacen parte de la “otra” música y que vale la pena explorar, no sólo por el sonido, sino lo que trae detrás, la experiencia y los sentimientos que expresa el arte.
Ahora bien, todos tenemos nuestras “otras canciones”, nuestros gustos particulares y hasta culposos, pero no dejemos que se pierdan en la inmensidad digital, sáquemelos a flote, compártanoslos con quien le puedan interesar, apoyemos a esos artistas locales a que suenen más lejos y sintámonos orgullosos de escuchar temas originales que no tienen porqué gustarles a todo mundo ni tener millones de reproducciones en YouTube, dejemos de escuchar solo las canciones que nos quieran vender y diversifiquemos los estilos y sonidos. No digo que esté mal escuchar “Tusa” o “China”, lo que digo que la música es de lo más hermoso de la vida para que sólo escuchemos lo más comercial, lo que más nos venden, para olvidar esas canciones que nos hacen ser y nos hacen vivir, Para finalizar dejo la pregunta clave, ¿Cuáles son tus “otras” canciones?.