“¡No, no, no! ¡No me pida que me calme!” Hizo un mohín. Quién sabe cuántos minutos llevaba moviéndose de un lado a otro, con el celular pegado al oído, en ese espacio de la esquina de la banqueta, a centímetros del poste de luz. “¿Sabe lo qué significa, no? ¿Entiende de qué magnitud es el escándalo que se les viene encima si...?” Detuvo sus pasos y miró el cielo: la nube gris que lo tapaba del sol llamó su atención. “¿Veinte años de experiencia como fiscal?” Se rió con falsedad, mostrando los dientes. “¡No se notan! ¡No se notan! Ya deje de poner pretextos: ocultaron evidencia y...” Gruñó por la frustración de que el otro interrumpió. “Ajá. Pues más les vale que me entreguen copia de todo mañana a primera hora.” Se apartó el teléfono y después colgó, guardándolo en el bolsillo de la camisa. Desde luego que él no podía viajar a dos horas de distancia, su agenda del siguiente día estaba hasta el tope. La gente no dejaba de divorciarse, tampoco de pelear por la tutela de sus hijos. Tendría que mandar a su asistente. Respiraba entrecortadamente; la boca fruncida, los ojos dilatados por el coraje. No fue hasta que un auto pasó como rayo sobre la calle, que el castaño se dio cuenta que no estaba solo. Mostró un gesto de cansancio o ¿de hartazgo? “Hey, ¿sabes si abren la tintorería hoy?” Movió la cabeza hacia un lado, señalando el local a un par de metros. @reunited-sts












