Sonrió ladino, conteniéndose para no arremeter contra el castaño, ironizando su mirada. Escuchó la cátedra barata del hombre —como él se refería a su persona, mediocre. Balanceó la licorera en el aire, mezclando bien su bebida y volvió a llevársela a la boca, el fuerte sabor del whisky calma a su garganta y a sus nervios de reaccionar negativamente, contrario a lo esperado, sonrió, retomando punto por punto las palabras de su ex-compañero de clase, ¡porque ni a conocidos llegaron a su parecer! “Hablas de que a nadie le importa pero, mírate, aquí estás, dándole importancia y por supuesto, dándome clases de superioridad moral, creo haberte dicho antes que tú no posees, Braxton.” Sus dientes blancos adornaban sus facciones serias, ya. Miró al barman por el rabillo del ojo, siguiendo con lo suyo, justo lo que debía hacer. “Y hablas de mediocridad, uhm…” Frunció los labios, fingiendo estarle pensando pero ya sabía que diría. “Perdona, no veo que vaya a mi perfil. Patán, sí. Idiota, sí. Imbécil, también. Soy un maldito hijo de puta, pero tú, mi estimado Alan… Eres uno más de los que se sintió opacado, espera, ¿me habré tirado a tu chica? Honestamente no entiendo porqué tu atención hacia mí, no recuerdo haberte tomado importancia nunca.”
“Tú me hablaste.” Interrumpió con gesto aburrido, sin mirarlo. De haber sabido que lo utilizaría como vehículo catártico, se hubiera movido de allí en cuanto lo reconoció. Desafortunadamente, su título era en leyes y no en psicología como para pensar en cobrarle la maldita sesión. Ya bien lo dijo él: no eran amigos y no había deuda alguna. Sin embargo, allí estaban, como perros y gatos. Porque hay cosas que nunca cambian, no importa cuánto vello les crezca y la edad que aparentan. O a qué se dediquen. El contrario seguía con el ego inflado -- aunque del tamaño de un arroz-- y él, ¡por favor, el mundo es libre!, se acercó a beber, y planeaba seguirlo haciendo. No porque Harvey era un fastidio para sus oídos significa que se levantaría. Desde un lugar de su retorcida lógica, prefería que se agarraran a golpes a continuar solapando su idea de que todo es accesible. Y, ¿por qué? Porque podía hacerlo y punto. Los títulos universitarios colgados en la pared de su oficina no estaban de adorno. Porque los corruptos, sádicos y drogadictos en su archivo de clientes hacían sonar el parloteo del moreno como el quejido de un cachorro. Porque nadie, ¡absolutamente nadie!, lo había frenado. ¡Ni un profesor, fiscal, juez, periodista! ¡Nadie! Ni siquiera sus padres. Porque afuera de la oficina y de la corte, por fin se hizo de un mundo para él, con sus propias reglas y moral, y su voz era la única que escuchaba. Pero principalmente porque no tenía y nunca tuvo derecho de hablarle en ese tono. No si lo único que insinuó fue la verdad. Pestañeó un par de veces y fingió bostezar, ocultándolo con la diestra. “Gracias, viejo.” Dijo al barman cuando pasó otra ronda de tequila. No quería la suerte de su otro ex compañero: víctima al principio y después testigo de una discusión inútil. “Vamos viendo...” Depositó con suavidad el tequilero sobre la barra y finalmente, se dignó a ver al moreno. “En verdad que disfruté escuchar tu historia.” Marcó una cínica sonrisa en los labios. “Mira que he leído un montón de novelas y cuentos, pero esa ficción en la que te envidio es la más interesante, por no decir adorable que he escuchado.” ¿Tan falto de amor hay que estar para suponer algo así de ridículo? ¿Autoproclamar admiración en los ojos de un nemesis? Ahogó una risilla. “Y luego con ese giro shakespeareano donde te guardo rencor por cogerte a una de mis chicas es la cereza en el pastel.” Inclinó la cabeza hacia un lado, achicando la mirada. Esbozó una sonrisa. “¿Quieres que ponga el té sobre la mesa? Bien. Voy a ponerte el té sobre la mesa para no herir más tus sentimientos: Tienes razón. Soy moralmente ambiguo.” Hizo un puchero y alzó los hombros, desinteresado. “Sí, sí, sí... ¿Y qué? Mínimo no estoy buscando a mamá en cada mujer que me cojo.”