Hasta tuvo suerte.

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Hasta tuvo suerte.
RESCATE DANA En estos momentos te das cuenta la falta que hace unos servicios públicos de calidad. Mirad a este bombero, jugándose la vida, para salvar a esta mujer en Utiel. Qué miedo. Video publicado por José Vico 🔻🇵🇸🇿🇦 @josevico4
Todo el año he estado disfrazado de tu pendejo. Te amo.
@siempresarcastico
El penúltimo relato del año ha salido un poco largo.
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18. Escribe un relato que involucre agua como elemento relevante de la historia.
- …De modo que esperaremos un poco más mientras uno de los maquinistas va a la ciudad para solicitar transportes para todos. Lamentamos el incidente, pero las incesantes lluvias han provocado un desbordamiento del río que ha inundado los raíles, así que no podemos continuar. Disculpen las molestias.
La mayoría de los pasajeros soltaron bufidos de hastío y fastidio, pero ninguno dijo nada. Estar allí parados mientras la lluvia repiqueteaba con fuerza contra el vagón no era agradable, y menos después de llevar un buen rato de trayecto, pero sabían que no podían culpar a nadie.
Alguien comentó algo sobre si los ingenieros que trazaron el recorrido de la vía no previeron situaciones así, pero quedó en un simple apunte.
- Comprendemos su inconformismo -prosiguió el camarero- de modo que pondremos a su disposición un pequeño ágape para que la espera se les haga lo más cómoda posible a bordo del tren. En breves momentos, cuando terminemos de informar a todos los pasajeros, mi compañero y yo pasaremos con un carrito sirviéndoles lo que deseen tomar.
Esta vez el murmullo fue más animado. ¿Comida gratis en uno de los mejores trenes, no solo del país, sino del mundo? ¡Al final no iba a estar tan mal la lluvia!
No obstante, para él no bastaba. Tenía que llegar a la ciudad, ¡y pronto! Comprobó en su reloj de bolsillo que llevaban detenidos poco más de una hora. En aquel momento ya debería estar en la estación, llegando a su cita. Aquella situación en la que cada minuto contaba y veía cómo se desperdiciaban allí parado le ponía de los nervios.
Veinte minutos después aparecieron los camareros en el vagón empujando dos carritos que tintineaban al avanzar. Cuando llegaron hasta su asiento, se decantó por una tila en un vano intento de tranquilizarse un poco. Por muy nervioso que estuviese, el tren no avanzaría ni llegaría antes a su destino. Solo podía confiar en que el maquinista regresara pronto con los transportes.
- ¿Sabe si le falta mucho a su compañero para regresar? -preguntó al camarero mientras este preparaba su comanda con una sonrisa. - No, señor. Lo desconozco. No tenemos forma de comunicarnos con él. -Respondió poniéndole en las manos un platillo con una taza humeante- Sería fantástico disponer de algún aparato que nos permitiese comunicarnos estemos donde estemos. Como un teléfono, pero sin cables. ¿Se imagina? - Sí, sería fantástico. -dijo a modo de despedida.
La verdad es que sí lo sería. Así podría llamar e informar de la situación. Incluso, si fuese posible, ir dando algunas instrucciones para que su ausencia no fuese en balde.
Con estos pensamientos y el calor en el que le sumió la infusión, se fue adormeciendo. Dejándose abrazar por Morfeo con la esperanza de aliviar la espera, se quedó dormido.
Despertó al cabo de unos cuarenta minutos. Un cuchicheo agitado le sacó del letargo y, no supo muy bien por qué, le puso en alerta. Afinó el oído a fin de lograr entender el motivo de la disputa entre uno de los camareros y el que, por su uniforme, debía ser el otro maquinista. Se alegró al verle, pero observó que estaba completamente seco. No era a quién habían enviado en busca de ayuda.
Los dos hombres parecían agitados y nerviosos. Prestando atención pudo entender que, según sus cálculos, su compañero debería haber vuelto y no respondía al código de señalización luminosa por bengalas que habían acordado. No pudo evitarlo y se puso en pie para hablar con ellos.
- ¿Hay algún problema, caballeros? -preguntó - No, ninguno. Regrese a su asiento, por favor -respondió el camarero - No seas así, Julio. Son pasajeros, no niños tonto -intervino el maquinista- Señor, no quiero alarmarle, pero no tenemos noticias del compañero que mandamos a por ayuda. Seguramente nos toque pasar aquí la noche aguardando a que escampe. - No creo que sea tanto tiempo -suavizó el camarero- Deberíamos haber llegado a la estación hace unas dos horas y estamos casi al final del trayecto. Seguramente, viendo cómo está el clima, vengan a buscarnos a ver qué nos ha pasado. - ¿Y cuánto tiempo será eso? - Lo desconozco, señor. - No puedo esperar tanto -indicó regresando a su asiento y tomando su maleta del compartimento superior- ¡Háganme un favor! Guarden esta maleta y déjenla en la estación cuando lleguen, que yo me pasaré a buscarla. Si se aseguran de que llegue y esté allí cuando la solicite, yo me aseguraré de que ustedes reciban una merecida recompensa. - ¿Qué pretende hacer? - Hay alguien esperándome en la ciudad, y no puedo demorar más mi llegada -informó poniéndose el abrigo y calándose el sombrero- Saldré para solicitar ayuda y ver qué le ha pasado a su compañero. - ¡No puede abandonar el tren! - ¿Por qué no? - ¡Porque no es fin de trayecto! - ¡Pues por el tiempo que llevamos parados lo parece! - Señores, bajen la voz. Están empezando a alterar al resto de pasajeros -intervino el maquinista. - Muy bien, márchese si quiere. ¡Allá usted con las consecuencias! -protestó el camarero señalando la puerta del vagón que daba al exterior.
Se encaminó tras recoger la pistola de bengalas que le entregó el maquinista junto con la indicación de disparar al aire en caso de peligro o necesidad de socorro.
Salió al exterior, donde fue recibido por una jarreada de agua que le caló en un instante. Encogido sobre si mismo y con pasos cortos, caminó por la vía ante la atónita mirada de los pasajeros que se preguntaban quién era y por qué había abandonado el refugio del vagón.
A los pocos metros dio con la riada que impedía que el tren continuase con su marcha. Efectivamente era grande; una inmensa masa de agua que arrastraba tierra, rocas y lodo de las montañas cubriendo los raíles y haciendo imposible el tránsito por allí.
Caminó por la rivera buscando un punto a través del cual poder cruzar al otro lado y proseguir con la marcha. Varios metros más abajo, dio con el tronco caído de un árbol que cruzaba como un puente. Aquella imagen le animó, pues, aunque no cruzase por completo la riada, podría llegar hasta el otro lado si saltaba desde el extremo del tronco.
Pero su ánimo se vino abajo cuando se acercó y distinguió la sombra de un hombre aferrado a él, tiritando y gastando sus últimas energías en mantenerse a salvo. ¡El maquinista!
Seguramente habría pensado cruzar del mismo modo que él lo había hecho segundos atrás, pero por alguna razón había caído al agua.
Corrió lo más deprisa que pudo por el cenagal que la lluvia había creado, y examinó la situación. Si quería sacar al hombre del agua, tendría que meterse él también.
La corriente allí era más fuerte que a la altura de las vías. “Tanto que ha tronchado el árbol” pensó.
Buscó un palo que le pudiese servir para ayudar al hombre que le gritaba, sin necesidad de sumergirse, pero no encontró nada. Apretando los dientes, se aferró al tronco y se introdujo en las heladas aguas de la riada.
Avanzó poco a poco sintiendo cómo las astillas y ramas partidas se le clavaban y cortaban la piel. Finalmente llegó hasta el maquinista, al cual ayudó a subirse a su espalda sujetándole a sus hombros. No fue nada sencillo, pues el hombre estaba rígido por el miedo y el frío, pero lo lograron. De la misma manera, aunque mucho más despacio pues tenía que hacer fuerza por dos, regresaron a la orilla. Una vez a salvo, se quitó el abrigo y se lo echó por encima al hombre que tiritaba incontrolablemente. Estaba empapado y no serviría de mucho, pero prefirió cubrirle de la lluvia que seguía cayendo.
Estaba claro que no podía continuar con su camino hacia la ciudad. La mejor opción era regresar al tren y atender a aquel hombre mientras los dos entraban en calor. Se alegró al recordar que tenía ropa limpia y seca en la maleta.
Se encaminaron hacia el tren después de haber disparado una bengala roja hacia el cielo. Sus suposiciones acerca de que tomarían la misma ruta que había tomado él se hicieron plausibles cuando vislumbraron tres haces de luz de linterna que se acercaban a ellos.
Apenas les dejaron andar. Nada más juntarse, les cargaron a los hombros de alguien como sacos de patatas, y les llevaron hasta la calidez del vagón.
Sintió cómo le llevaban hasta su asiento y le echaban una gruesa manta por encima. A su lado, el hombre al que acababa de salvar intentaba hablar entre tiritones. Él, por su parte, se sentía somnoliento y notaba cómo un dolor agudo y áspero se iba haciendo fuerte en su pecho.
Sus extremidades iban perdiendo fuerza y se miró las manos por primera vez desde que entraron; estaban cubiertas de sangre y barro. Observó, de entre todos los demás, un profundo corte en una de sus muñecas, del cual brotaba sangre abundantemente.
Lo tapó con torpeza, pues sus dedos no le respondían y la vista se le nublaba. Tenía que evitar que la sangre siguiese fluyendo. No sabía cuándo se había realizado aquel corte, pero seguro que el agua de la riada y la lluvia habían hecho que no viese el río carmesí que ahora brotaba entre sus dedos.
¿Cuánto tiempo llevaba desangrándose? No lo sabía, pero estaba claro que había perdido mucha ya, y tener el corazón bombeando a toda máquina por la tensión y el miedo solo habría empeorado las cosas.
Sintió que alguien le tomaba la muñeca, pero cuando alzó la vista solo pudo visualizar una figura borrosa que gritaba órdenes a alguien. No entendió qué decían, sus voces se perdían en un zumbido con eco.
La oscuridad fue ganando camino y se durmió escuchando el repiqueteo de la lluvia contra el techo y la ventana del vagón.
Calculando los riesgos
DANA VALENCIA Impresionantes imágenes del fenómeno metereológico DANA en Valencia, España. Video publicado por Mar Bianhi 🇲🇽 @MarBianhi
GRACIAS A LOS QUE REALMENTE AYUDAN Video publicado por El Intermedio @El_Intermedio