Cartas para decir adiós CCXLVII
La muerte del amor
Cuando contemplo tus ojitos cabizbajos, mientras las ilusiones se cobijan entre tus dedos y todo se siente en blanco y negro.
Más cerquita de tu cuerpo, sintiendo, tocando lo gélido de tu rostro, junto con los sueños que se esparcen de tus cabellos y el té que se enfría. Entonces, me preguntas: “¿dónde están las cartas?”, las que yacen guardadas en mis bolsillos, arrugadas. Y puedo sentir el aroma del día en que las escribiste. Dos días antes de partir.
Sorbo el té que yace sobre la taza gris. Sabor a rosas, iluminándose mi rostro porque lo recordaste.
¿Quién pensaría que estarías aquí? 4 años después del tormento, del paraguas roto y los libros empolvados. Tú y yo, sin música de violines ni rosas. Silencio escondido en tu puño y acongojado el sentimiento.
















