Bastien, ataviado con su gabardina, caminaba por las vacías callejas de Hogsmeade. La luna brillaba con fuerza en el cielo, pero el joven no quiso dedicarle siquiera una mirada.
Estaba nervioso, muy nervioso. Las manos le temblaban tanto que el cigarrillo que estaba fumando se le resbaló de su diestra, cayendo en la nieve que lo cubría todo.
Ya alcanzaba a ver la plaza a lo lejos, pero no veía a nadie en ella. “Por Merlín, no va a venir. Y si viene, creerá que soy un psicópata”.
Conforme sus pasos iban acercándose al lugar, fue dibujándose una silueta bajo el farol donde el pintor solía colocarse para vender sus obras. Bastien tomó una bocanada profunda de aire y recortó la distancia que les separaba.
- Buenas noches, Robin…
La chica se detuvo en seco y tragó saliva, pensando si era a ella. De repente se dio cuenta de lo estúpida que era, pues la calle estaba desierta, no tenía sitio donde esconderse en esos casos. Buscó la varita en el bolsillo del abrigo.
- Buenas noches.
Bastien no pudo ver bien su rostro hasta que estuvo a apenas un par de metros de ella. Seguía siendo tan hermosa como la recordaba. La voz de Robin sonó algo agresiva, lo que era de esperar. El pintor realmente no sabía qué decir, temía su reacción. “Oh Mon Dieu, debería haberme preparado una frase ingeniosa”.
Tras unos segundos de silencio ciertamente incómodo, el pintor decidió que lo mejor sería mostrarle una de sus obras. Sacó un lienzo reducido de su bolsillo y, con un golpe de varita, hizo que recuperara su tamaño natural. Se trataba de un paisaje costero, similar al que una vez Robin compró, pero visto desde otra perspectiva.
- Me llamo Bastien, Bastien Ménard.
Cuando los cuadros aparecieron, no quiso mirarlos. Stephen no estaba por ninguna parte, sólo ese hombre extraño que no dejaba de vigilarla. Finalmente, posó los ojos en los lienzos y distinguió las pinceladas. Rob frunció el ceño y, por primera vez, le miró fijamente.
- ¿Conoces a Stephen? Esos cuadros… son suyos, ¿verdad?- Una idea fugaz apareció en su mente. Era una trampa. Él la había traído aquí para matarla. Al fin y al cabo, Stephen nunca le había escrito una nota. Apretó la varita en su bolsillo.
- Rob… Robin.- Dijo tras aclararse la voz. “Por favor, no creas que soy un lunático”.- Yo soy Stephen. Bueno, no exactamente. Stephen no era más que una máscara. Usaba poción multijugos. Este… Este es mi verdadero ser.- Se limitó a decir deslizando su mirada al suelo nevado.
La chica rubia escuchó todos los datos pero no procesó nada. No lo comprendía, había algo que no tenía sentido. No. Nada tenía sentido. Despegó los labios. Estaba segura de que se había confundido de persona, de que era una broma o algo por el estilo. Estaba segura… Dejé escapar todo el aire. Había dicho su nombre. Había dicho también su propio nombre.
- ¿Qué?
- Sé que esto puede parecer una locura -Respondió ante su pregunta-. Te mentí, Robin -Dijo colocando el cuadro sobre el banco de piedra que tenía a su lado-. Y por ello quería disculparme. No entraba en mis planes toparme con alguien tan genial como tú.
- ¿Qué? -Y ahora casi sonó a un grito- ¿Cómo? ¿Tú...? -Retrocedió un paso mirándole, con el rostro desencajado-. ¿Esto es algún tipo de broma?
- No, Robin, no te vayas, por favor -Casi suplicó el joven, manteniéndose en su posición para no intimidarla más de lo que ya estaba-. Sabes lo que es la poción multijugos, ¿verdad? Pues durante un tiempo, me vi obligado a tener que tomarla para ocultar mi identidad. Stephen era esa otra identidad que adopté. Este es mi verdadero yo. Soy Bastien, Robin. Stephen no existe.
La chica se quedó congelada, mirándole. No sabía si le creía.
- ¿Tú... eres Stephen? ¿Eres...? -Tragó saliva y miró al suelo, hacía rato que la impresión le hizo soltar la varita, se quitó el pelo de la cara, para mirarle- No sé quién eres.
- Soy Stephen, Rob. Te mentí sobre mi rostro, mi nombre y mi país; el resto, todo lo que hablamos, es verdad. Soy yo, Rob. Un rostro y cuerpo diferentes... Pero soy yo. Lo siento -Dijo con un suave hilo de voz, no más alto que un susurro-. Tuve que mentir a todo el mundo, tuve que ocultarme. Hice algo mal y... Sencillamente tuve que hacerlo.
Robin pestañeó. Ni siquiera sabía por qué había sentido una especie de bofetada en el aire. Contuvo su respiración un rato, le observó en la oscuridad. Unos ojos, un cabello, en definitiva un rostro completamente irreconocible para ella. No sabía quién era. No sabía nada de él en realidad. No era Stephen.
- Me has mentido en todo -Su voz sonaba queda, le sostuvo la mirada un momento. No podía creer que esto estuviera pasando.
- No en todo... -Susurró apoyando su diestra en el brazo de la joven-. Robin, no me gustaría perderte. Es por ello por lo que estoy aquí. Prometo que ya no habrá más mentiras. Nunca.
Ella se zafó de su mano, sin mucha fuerza y la voz se le quebró al hablar.
- No sé quién eres... -Pensó en sus padres, en sus gritos y mentiras. El apellido al que siempre se había negado, la vida que siempre había deshechado- ¡Era mentira! -De repente se vio pequeña y estúpida. ¿Cómo se había podido fiar de un completo desconocido? Dio unos pasos hacia atrás Quería volver a Hogwarts. Quería volver atrás en el tiempo y que nada de esto fuese verdad-. ¿Por qué...?
Por la cabeza del joven pasó la idea de contárselo todo: la desaparición de su madre, la muerte de su padre, su huida de Francia, los aurores, Line... Pero el proceso de duelo duró poco. No podía contárselo. Era demasiado joven, se asustaría más aún si cabe.
- Rob... Solo espero que alguna vez puedas llegar a perdonarme.
- ¡Me has mentido! -Repitió, con fuerza, enfadada y se volvió para mirarle. Aún en su libreta estaban las acuarelas que había estado haciendo para él, para Stephen, para alguien que no existía-. No. No. No quiero esto. Yo no quiero esto. -Comenzó a alejarse, acelerando el paso para no llorar delante de él, aunque creía que lo llevaba haciendo desde hace rato.
- ¡Robin! -Alzó la voz caminando tras ella, sin acercarse demasiado por miedo a su reacción-. Rob, por favor, escúchame. Sé que te he mentido y sé que probablemente no me merezca tus palabras, pero déjame decirte algo antes de que te vayas, por favor -Imploró el joven. El viento comenzó a aullar entonces, llevándose consigo las palabras de Bastien.
La mencionada se giró, de nuevo para mirarle, seria y con la cara mojada. Esperó a que hablara, aunque no quería escuchar más de él.
Los labios del joven se despegaron, pero durante unos eternos segundos no salió de ellos sonido alguno.
- Te quiero -Dijo finalmente, pronunciando las palabras con precaución, despacio, arrastrando las sílabas-. Te quiero, Robin -Repitió, esta vez más alto.
Ella cerró los ojos y se escaparon dos gruesas lágrimas hasta su barbilla.
- No. No me quieres. -Volvió a retomar su camino respirando con dificultad. No se engañaba a la gente que se quería, se dijo a sí misma. Y cuando estuvo lo suficientemente lejos, volvió a mirarle.- No quiero verte más.
Sus palabras le sentaron a Bastien como golpes. De pronto le dolía todo el cuerpo. Debía irse, dejarla tranquila y esperar. "Te quiero", volvió a pensar antes de darle la espalda.
El pintor se encontraba en Hogsmeade, en aquella plaza fugazmente iluminada por varios faroles repartidos de forma desigual. La luna no brillaba, las nubes cubrían con su manto grisáceo todo atisbo de este astro en aquella noche otoñal.
Bastien se encontraba en el mismo lugar donde hacía exactamente siete días había visto a la chica rubia, aquella que le compró el cuadro de la costa, y cuyo nombre no era capaz de recordar el joven en aquellos momentos. En teoría, ella volvería a pasarse por allí aquel viernes. Sin embargo, hacía ya más de una hora que tanto la plaza como todo a su alrededor habían quedado en un ambiente desértico.
- Hola.- Susurró después de un rato.
- Oh, vaya. Hola. -Dijo tras el sobresalto al no imaginarse siquiera que ella estaba tras él. Se incorporó luciendo una sonrisa amable en su rostro.- Ya creí que no te vería esta noche, ¿qué tal? -Cuestionó examinando con todo el disimulo que le fue posible la figura de la joven. El vestido que llevaba la hacía parecer mayor. Bastien dudó durante unos segundos sobre si debería darle un beso en la mejilla a modo de saludo, pero finalmente prefirió limitarse a sonreír.
- He venido.- Imitó la sonrisa, aunque con los nervios le tembló un poco.- Y he traído mis dibujos.- Le mostró el cuaderno que llevaba bajo el brazo.- Siento llegar ahora, ¿ya te ibas?
- Me iba, pero no me importa quedarme aquí un poco más. Con suerte, incluso puede que venda algún que otro cuadro más. -Respondió el joven, que dirigió su mirada hacia el cuaderno de la chica. "Robin, se llamaba Robin".- ¿Los has traído? Déjame echarles un vistazo.
La Ravenclaw le tendió el cuaderno con rapidez, debido a los nervios y sonrió un poco.
- No están demasiado bien, no soy una experta. Pero creo que los últimos son los mejores.- Se mordió el labio con angustia.- Son de este año.
Bastien tomó el cuaderno entre sus manos y lo abrió, observando con detalle los esbozos y dibujos que se hallaban insertos en las páginas de este.
- No deberías menospreciarte, están bastante bien. A mí me gustan. -Reconoció admirando el trazo suave pero mordaz, sencillo y también hermoso que se encontraba plasmado en las distintas reproducciones.
- ¿De verdad?- Abrió los ojos, sorprendida, y se acercó un poco para observar el que está viendo.- Me costó hacer las nubes...- Sonrió mirándole, ya sin miedo.- ¿De verdad te gustan?
- De verdad, lo digo en serio. -Respondió pasando la yema de su dedo índice por encima del la pradera que estaba dibujada para captar la textura del papel.- Están realmente bien. -El pintor continuó pasando las páginas hasta llegar a una que le hizo detenerse.- ¿Francia? ¿Has estado alguna vez allí? -En la pintura no estaban representados ninguno de los principales aspectos característicos de París, pero esos tejados, ese cielo, esa pasión transmitida al dibujo... Se trataba de París, Bastien no tenía duda alguna.
- No, no he estado.- Sonrió con pena.- Yo no... Ojalá. Siempre he querido ir a estudiar arte allí, o a Italia, no sé. Londres no tiene un buen programa artístico, menos aún el mágico.- Rió mirando al suelo.- Lo que he aprendido ha sido gracias a los libros, copiando las obras de los buenos autores... De momento, no puedo aspirar a más.
- París es un lugar maravilloso... -Bastien alargó la última palabra, y enmudeció un eterno segundo.- Es decir, debe serlo, ojalá hubiera tenido la oportunidad de ir.- "Bastien no existe, Stephen sí", las palabras resonaban en su mente como lo haría el golpeteo de un martillo en la herrería.
- Ya, yo también lo creo.- Se encogió de hombros.- Algún día iremos, Stephen. Por cierto, ¿te fue bien en el Londres muggle vendiendo tus maravillosas obras de autor profesional?- Comenzó a reír, mirando los lienzos apilados.- ¿Has pintado algo nuevo?
- ¿Crees que son maravillosas? -Preguntó el pintor con una sonrisa en los labios.- Yo creo que distan mucho de ser profesionales. -Una risa con un matiz de timidez acompañó el final de sus palabras.- Pero para ser sinceros, ciertamente sí que vendí bastantes cuadros. Bueno, tampoco muchos, pero sí algunos más que en el mundo mágico. Tenías razón. -El joven se rascó la nuca.- Pues sí, alguno que otro. -El chico se agachó para recoger un lienzo en el que se encontraba representado el rostro de un payaso, de colores vivos y alegres.- Este es uno de ellos.
- ¿Ves cómo sí?- Volvió a reír y se acercó a ver el cuadro.- Vale, Stephen, vas a tener que darme clases de pintura o algo por el estilo.- Cogió el lienzo con las manos, con una sonrisa.- Me siento bastante patética a tu lado.
- Oh, ¡por Merlín! Ni se te ocurra pensar eso, tus obras no son nada patéticas, son realmente buenas, quizás lo que les falta es un matiz de... ¿realidad? No sé. Quizás lo que te falte es que llegues a creerte de lo que verdaderamente eres capaz porque, de verdad, me han gustado mucho, sobre todo el dibujo de París. -Reconoció con sinceridad mirando a la joven a los ojos.
Rob sonrió cuando notó su mirada, aún con la vista fija en el lienzo.
- Lo que me falta son clases, en realidad... Incluso los muggles pueden aprender y yo...- Suspiró y levantó los ojos hacia él.- Yo no.
- Bueno... Quizás, no sé, yo podría darte clases si quieres. -Dijo el chico sin apartar la mirada de la joven.- No soy un erudito, pero creo que puedo enseñarte algo, puedo enseñarte todo lo que sé. -Ni más, ni menos.
- ¿Lo harías? ¿Darle clase a una alumna de Hogwarts los fines de semana cuando podrías estar ganando dinero?- Negó con la cabeza, no quería obligarle a hacerlo.- Pero déjame seguir viniendo a ver tus cuadros, podría aprender de ti, sólo con mirarlos.- Se agachó a la altura de uno de ellos.- Quiero saber difuminar así. Agh. Te los compraría todos.
Una risa escapó de los labios del pintor.
- Pues ven a verlos siempre que lo desees.- Dijo el joven tras depositar de nuevo el cuadro en su lugar.- Normalmente estaré por aquí los fines de semana, así que... Pásate cuando quieras, ¡y compra cuánto quieras!
- Ya, ¿pero con qué dinero?- Negó con la cabeza, riendo.- A lo mejor vengo aquí, sí, pero a hacerte la competencia...- Comentó, pero no creyó lo que ella misma estaba diciendo, así que suspiró y terminó sentándose en la acera, con cuidado del vestido.- Gracias, Stephen, por invitarme a venir y decir todo eso de mis dibujos...- Suspiró y le miró sonriente.- Gracias.
- No tienes por qué darlas, Robin. Ya sabes donde encontrarme, siempre que quieras mi punto de vista... Aquí estaré. -Dijo el chico. El viento aullaba entre las callejuelas del pueblo, las nubes cubrían el cielo, y una leve llovizna comenzó a caer.- Vaya. -Exclamó Bastien, que se apresuró en sacar su varita para reducir los cuadros al tamaño de un sello, y poder así resguardarlos de las inclemencias del tiempo. Lo que comenzaron siendo unas gotas, pasaron a ser un chaparrón en toda regla.- Será mejor que nos vayamos. -Sugirió Bastien, pensando también en que sus hermanos ya estarían preguntándose qué habría sido de él.- ¡Espero verte pronto por aquí!
El pintor dejó un beso en la mejilla de la joven a modo de despedida y desapareció del lugar, dejando tras de sí un humo negruzco que se fundió rápidamente con la oscuridad de la noche.