Au revoir...
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Au revoir...
Callejón Knockturn.
Evangeline que caminaba ahora junto a Theo, dio un bote al ver que un muchacho, que nada encajaba en ese cuadro, se paraba ante ellos. Le miró con curiosidad y después desvió la vista a sus hermanos, preguntándose mentalmente si era el dueño de la tienda a la que iban.
Theo vio al 'tipo' que se les cruzó, tenso. Les miraba como si les conociera de algo pero el muchacho recordó que no sabía quién era... Fuera quien fuera.
La mirada de Bastien se topó entonces con la del auror que le acució a preguntas hacía ya unos días. Quería gritar pero no le salían las palabras de sus labios. El tiempo pareció pararse. Su corazón galopaba en su pecho. "¿Se ha apagado la luna? Oh, Mon Dieu, nos han pillado".
Lyanna se acercó a la espalda de aquellos jóvenes, silenciosa y dejando que la punta de su varita tocara la yema de sus dedos. Guardó silencio, sin hacerse ver todavía para que fuera Teddy quien hablara.
Teddy miró al primero y se la jugó con lo que tenían.
- Theodore, -miró a la chica,- Evangeline y, -miró al tercero,- Bastien Ménard. -Dijo con calma,- Departamento de Aurores del Ministerio de Magia. Quedáis detenidos. -Su voz sonaba grave, firme.
El rostro de Evangeline cambió por complemento y palideció rápidamente cuando escuchó sus palabras. Ya está. Todo había llegado a su fin. Los iban a encerrar. O incluso peor, podrían condenarles al beso del Dementor. Su mano tembló en la de Theo, asustada como estaba.
El menor de los gemelos oyó sus palabras como si no fueran reales. Ni siquiera se dio tiempo a pensar y, sin previo aviso, empujó al auror con el hombro en su pecho. Era más alto que él pero le había cogido por sorpresa.
- ¡CORRED! -Gritó tirando de la mano de Line con fuerza y cogiendo aire para correr tan rápido como pudiera, con el pulso a mil por hora.
Cuando el auror pronunció sus nombres, Bastien volvió a la realidad, sintiendo un calor intenso refulgiendo en su interior, que le dio fuerza suficiente como para poner sus piernas en marcha y seguir a su hermano por los resbaladizos adoquines tan rápido como pudo.
- ¡De prisa! -Se sorprendió gritando.
- ¡Teddy! -Gritó a su vez la auror pelirroja, acercándose en primer lugar a su compañero antes de ayudarle y salir corriendo ambos detrás de los tres hermanos. Lya sostuvo su varita, empuñando la misma con fuerza.- ¡Detenéos! -Exclamó.
- Estoy bien. -Le replicó a Lya y cuando se puso en pie tras el golpe en el pecho, echó a correr tras los hermanos causando un tumulto cuando gritó "Petrificus totalus" y el rayo perdido que no alcanzó a Theodore, hizo explotar un escaparate.
Line corrió sujetándose a la mano de su hermano y agachándose cuando escuchaba algún hechizo proveniente de los aurores. Temblaba de pies a cabezas y se tropezaba mientras corría por aquel oscuro callejón. Miró hacia atrás para buscar a Bastien, a quien había perdido de vista.
- ¡Bast! -Gritó, ya daba igual que lo hiciera por su nombre real. Los habían descubierto.
- ¡Sigue corriendo! -Le gritó Theo a Line y la soltó. Evitó un haz de luz y esperó a Bastien para cogerle del brazo. En milésimas de segundo vio que no era un auror el que había lanzado el hechizo. Era uno de los comerciantes del callejón que se había sentido atacado y ahora se defendía. Pronto le siguió un cruce de ambos lados de rayos de luz y maleficios.
La noche oscura adquirió, en un abrir y cerrar de ojos, decenas de tonalidades de color provenientes de las puntas de las alcanzaba a ver mucho más. Escuchó su nombre y luego notó como Theo tiraba de él. Se obligó a correr, a correr y a no mirar atrás.
- ¡Petrificus totalus! -Exclamó Lyanna apuntando a uno de los mercaderes, quien cayó rígido al suelo. Su varita apuntó esta vez al frente, al suelo empedrado.- ¡Bombarda! -Abrió de aquella forma un boquete que detendría a los hermanos.
Teddy iba lanzando "Protego" y "Desmaius" constantes a un lado y otro. Vio que el hechizo de Lya derruyó una parte del callejón, obstaculizando el paso, y le lanzó a su compañera una sonrisa salvaje.
- ¡Eres la mejor! -Y siguió corriendo, entusiasta, "ya les tenemos" repitió en su cabeza. Y el ajetreo no le dejaba ver que los magos de Knockturn los miraban desde ventanas, puertas y escondrijos. Que muchos de ellos habían reconocido al peliazul ahijado de Potter. Y que ahora apuntaban su varita contra él mientras los hermanos a los que perseguían se reagrupaban.
El corazón de Evangeline latía a mil por hora y dio un salto cuando escuchó la explosión que la auror originó. Corrió detrás de sus hermanos, pues se había quedado rezagada cuando Theo soltó su mano. Se encogia cada vez que un hechizo pasaba cerca de ella. Aunque seguía sin sacar su varita. Line no sabía luchar, debido a que perdió dos años de su enseñanza mágica.
Theo jadeó y notó el repentino silencio en el callejón tras la explosión. El único que no se había dado cuenta era el auror. "Idiota", pensó para sí.
Bastien sacó su varita, dispuesto a lanzar hechizos al aire con la esperanza de entorpecer la tarea de sus perseguidores, sin embargo, no llegó a formular ninguno debido a la explosión que se produjo en el medio del Callejón, que hizo que un silencio sepulcral reinara en el ambiente.
Lya le sonrió a su compañero, cuando escuchó su felicitación. Pero la sonrisa desapareció de su rostro al ver como varios rayos escarlatas se acercaban a su ex alumno.
- ¡Teddy! -Gritó su nombre y corrió hacia él como alma que llevaba el diablo. Le empujó justo cuando recibió la primera maldición en su espalda. Le siguió otra en el costado y las dos últimas golpearon su pecho antes de caer de rodillas en el suelo. Su mirada azul se posó en la figura del chico. "Está a salvo". Y sin más, se dejó caer. Sus gafas se perdieron en la caída y el caos.
De repente todo fue como a cámara lenta para el auror. Y no supo por qué de pronto Lyanna le empujaba y cuando se volvió a mirar, caído ve los haces de luz de las maldiciones golpearla y su mirada... Cuando la vio caer y sus miradas se cruzaron... Gritó y no se dio cuenta. Y estaba ahí antes de que su cabeza tocara el suelo, sosteniéndola, con la vista nublada pidiendo ayuda a no sabe quién. Sus dientes se aprietaron de dolor y rabia, vio a los Ménard pero ya no sentía la necesidad de correr tras ellos. Y los ojos de Lya seguían abiertos sin ver nada...
Un grito escapó de los labios de la joven francesa cuando vio a la auror caer. Se olvidó de correr y se quedó fijada en el suelo con la vista fija en aquella extraña pareja. Otra persona más que se sumaba a la lista de Line. Otra persona más a la que había dañado indirectamente. Se olvidó de sus hermanos, sólo existía la mirada azul de aquella mujer que seguía abierta y contemplaba el cielo oscuro.
Theo no vio lo que había pasado, esforzándose en abrir una vía de escape entre los escombros. Cuando lo consiguió, dio un tirón del brazo de Bast y gritar a Line.
- ¡VAMOS! -Gritó y pasó delante dando por hecho que ambos le seguían.
Una humareda grisácea impregnaba el ambiente impidiendo ver con claridad. Por otro lado, todos los magos y brujas del Callejón habían comenzado a correr de aquí para allá. En medio de ese caos se encontraba Bastien agarrado al brazo de su hermano sin cesar de correr, creyendo que Line se encontraba tras ellos en la desesperada huida.
Teddy siguió agarrado a Lyanna y reaccionó entonces a pesar del dolor, del miedo, del vacío en el pecho. Y miró alrededor sabiendo que tenía que salir de ahí. No vio la mirada de compasión, de dolor en los ojos de Evangeline, sólo que estaba lo bastante cerca para de un tirón, tomar su delgado brazo con un puño férreo. Con el otro sostuvo a Lya y la alzó y cualquiera que los viera creería que era un abrazo... Teddy ni siquiera sabría después cómo lo hizo. Pero aferrando a ambas, se desapareció en San Mungo, en el vestíbulo que conocía.
- ¡Ayuda! ¡Por favor! -Gritó buscando a alguien que respondiera.
Line ni siquiera pudo reaccionar y salir corriendo. Hizo una mueca cuando el auror la cogió por el brazo e intentó moverse, escapar, pero fue imposible. El vestíbulo blanco de San Mungo apareció ante sus ojos, igual que el rostro de aquella mujer pelirroja a la que desconocía pero de quien lamentaba su estado. Apartó la vista, sintiendo como sus ojos se llenaban de lágrimas cuando esos ojos sin vida la miraron.
La última salida.
Fuera había dejado de llover, pero el frío era el dueño y señor de las calles. Evangeline, portando de nuevo su máscara, se aferró de nuevo a su abrigo y aguardó a que sus hermanos terminaran de abrigarse para poder salir hacia el Callejón Knockturn.
Necesitaban más Poción multijugos, si querían seguir con la apariencia de Stephen, Tom y Aria respectivamente.
- ¿Os queda mucho? -Cuestionó la joven poetisa mientras se ponía los guantes.- La noche ya ha caído.
Theo, con la apariencia de Tom, se encogió de hombros y apagó el cigarro en el cenicero antes de anudarse la bufanda.
- Yo ya estoy.
Bastien, enmascarado de nuevo tras el rostro de Stephen, se enfundó en su gabardina.
- Podemos irnos. -Dijo el chico abriendo la puerta del apartamento.
Line asintió y dejó que Stephen y Tom salieran delante de ella. Una vez salieron del apartamento, cerró la puerta y le dio las llaves al menor de los gemelos.
- Guárdala tú... -Le susurró antes de agarrarse a su brazo y bajar junto a ellos las escaleras. Una vez en el rellano, pulsó el interruptor para que la puerta principal se abrieran y de aquella forma pudieran salir a la calle.
El susodicho salió en primer lugar a la calle, agobiado por el calor y las diferentes capas de ropa que llevaba. Respiró tranquilo al notar el frío en la cara.
El cielo estaba oscuro y la tarde era fría. En cuanto Bastien salió del agradable calor del apartamento, sintió su corazón helarse. Había llegado a temer el mundo exterior. Allí, todo era frío, todos eran enemigos, todo el mundo le perseguía. No podía fiarse de nadie. El mundo exterior a ese edificio de cuatro plantas en el que habitaba con sus hermanos se había convertido para el joven en un lugar peligroso.
La pequeña de los Ménard, temerosa como cada vez que salía, miró a un lado y a otro antes de caminar junto a sus hermanos, aferrada al brazo de Theo, por aquella desierta calle. Nadie paseaba a aquellas horas aunque todavía no fuera noche cerrada. Las botas de Line resonaban a cada paso que daba, lo que hacía que la ex periodista mirara de nuevo a su alrededor, temiendo ser reconocida aunque portara aquella máscara.
- Hablad, por favor... -Pidió a la desesperada, no podía seguir en silencio.
- Pronto nevará. -Habló Theo mientras se crujía los nudillos y miraba al frente, sintiéndose un completo inútil.
- Será bonito ver nevar. -Dijo el joven pintor introduciendo las manos en sus bolsillos. Sus pasos cada vez eran más rápidos. Estaba deseando llegar a la tienda para poder volver de nuevo al apartamento. No se sentía seguro.- Ayer por fin vendí mi último cuadro. Con ese hacen ya diez ventas en estos últimos días. No he sacado mucho, pero he hecho lo que he podido.
- París era hermosa cuando nevaba... -Habló Line con una añoranza palpable en su voz.- ¿Lo recordáis? -Cuestionó antes de guardar silencio para dejar que Bastien narrara su última proeza.- Todos hemos hecho lo que hemos podido. Yo tengo el sueldo de este mes del periódico... No es mucho, puesto que sólo he trabajado una quincena, pero servirá. Además, Theo tiene organizado mis anteriores sueldos, ¿no? -Miró a su hermano mayor, dándole un suave apretón al brazo al que estaba agarrada.
- Nos llegará para lo que necesitamos. -Respondió el intérprete mientras se adelantaba, soltándose del agarre de su hermana, para poder abrirles la puerta del Caldero Chorreante, tras mirar a uno y otro lado.
El Caldero Chorreante siempre ha sido un antro, pero hay algo en él que a Bastien le gustaba: La gente. Siempre había gente diferente, un tráfico continuo. Cientos de magos y brujas pasaban cada día por él. Antes de que los aurores hicieran acto de presencia, al joven pintor le gustaba simplemente sentarse en alguna mesa aislada y observar a las variopintas personas que penetraban en el lugar. Pero ahora, todo había cambiado.
Evangeline entró en último lugar. Era la segunda vez que entraba en aquel lugar, pues a diferencia de su hermano, ella prefería la soledad y el no estar rodeada de gente a la que mirar. Atravesó tras ellos el local y llegó a la parte de atrás, donde dejó que Theo golpeara los ladrillos adecuados. Guardó silencio en todo momento, ocultando sus manos en los bolsillos de su chaqueta y acariciando con su diestra la varita que ahí tenía ocultada.
El menor de los gemelos penetró delante de ellos en el Callejón Diagon, sintiendo un estremecimiento que hizo que se le erizaran los pelos de la nuca sin ningún motivo aparente, lo que hizo que el joven se preguntara el por qué de aquella reacción.
El frío vuelve a envolver a los hermanos cuando llegan al Callejón. Los adoquines están húmedos debido al reciente chaparrón que parece haber tenido lugar. Bastien miró hacia su izquierda y derecha, y continuó caminando hacia la tienda con el semblante serio.
- ¿Dónde vamos exactamente? -Preguntó Line en voz baja a sus hermanos, pues siempre había dejado que fueran algunos de ellos dos mientras ella trabajaba o hacía otra cosa, como salir con Connor por ejemplo. Connor... Tenía que mandarle una nota, para saber cómo estaba su padre. Ayer se había ido preocupada de su casa, no le había esperado porque ya no le quedaba poción.
- A un sitio que conozco... Nos venderán toda la que necesitamos sin preguntas. -Alegó Theo a la pregunta de su hermana pequeña y guió a sus hermanos por el iluminado callejón hacia el otro, más oscuro, más lúgubre.- Es por aquí.- Señaló.
- Esperad un momento -Dijo el joven regresando sobre sus pasos para observar el escaparate de una tienda de arte. Lienzos, óleos, frescos, pinceles, paletas... El sueño de todo pintor.- Vaya, no sé cómo no he visto esta tienda antes. -A Bastien le hubiera encantado entrar, pero no era el momento. Al contemplar una de las esculturas que había de adorno en el escaparate, representando el rostro de hermosa una dama, el joven no pudo evitar pensar en Rob. Hacía tanto que no la veía. ¿Qué pensaría ella? ¿Lo echaría de menos? Pensó que antes de marcharse para siempre de la ciudad debía mandarle el cuadro que le había pintado y alguna explicación sobre su despedida.
La poetisa francesa contempló como Bastien posaba una de sus manos en la cristalera de aquella tienda y decidió en aquel momento soltar el brazo de Theo para acercarse a él.
- Podemos venir mañana a comprar... -Le propuso, posando su mano en el hombro.- Pero vamos, mon frère, tenemos prisa... -Miró hacia el chico grande y musculoso que era Theo, pidiéndole ayuda con aquella mirada celeste.
- Bast, no es el momento... -Comenzó el mediano.- Podemos venir mañana. La poción dura poco... -Susurró, guardando silencio después mientras miraba a sus hermanos.
Bastien asintió y siguió a sus hermanos. "Mañana será otro día".
- ¿Está muy lejos? -Inquirió alzando la vista hacia Theo. La luna ya lucía en todo su esplendor allá en los cielos, emitiendo un brillo plateado que pintaba los rostros de los jóvenes de un color pálido, pastel, casi fúnebre.
Line guardó silencio y miró a su derecha antes de adentrarse junto a sus hermanos en el oscuro Callejón Knockturn.
- Ve tú delante... -Le susurró a Theo, ya que era él quién sabía el camino hacia la tienda de pociones a la que se dirigían.
El joven asintió y soltó la mano de Line para seguir hacia adelante y liderar el camino hacia la tienda mugrienta que era tapadera de negocios del mercado negro. El callejón Knockturn era mucho más oscuro que el Diagon.
Ensimismado con la luna se encontraba Bastien mientras caminaba hacia el ilícito lugar. De pronto le vino a la mente una imagen de su madre. Aún no sabían nada de ella. ¿Qué le habría pasado? Todo era una gran incógnita que se sumaba al misterio que suponía la vida, agrandándolo un poco más.
Evangeline seguía caminando entre sus dos hermanos, tras Theo y delante de Bastien, quien cerraba la marcha. Evitó mirar a su alrededor, donde los magos más desagradables que había visto en su vida, los contemplaban. Dio un paso rápido y se sujetó al brazo de su hermano, miedica como era.
Theo notó el abrazo de Line pero su mirada agresiva alejaría a cualquiera que qusiera acercarse a ella. Siguieron avanzando por el callejón hasta que pudo ver la tienda.
- Ahí es.
El joven pintor intentó esquivar las miradas de los transeúntes, pero sus pintas eran tan estrafalarias que no pudo evitar contemplarlos durante quizás más tiempo del adecuado. "Gracias a Merlín que ya estamos aquí".
Evangeline que caminaba ahora junto a Theo, dio un bote al ver que un muchacho, que nada encajaba en ese cuadro, se paraba ante ellos. Le miró con curiosidad y después desvió la vista a sus hermanos, preguntándose mentalmente si era el dueño de la tienda a la que iban...
La sospecha.
- ¿Estás seguro de que era aquí? La auror señaló el piso al que Teddy la había conducido. Se ajustó la bufanda que llevaba y se dedicó a mirar la fachada con interés antes de mirar a ambos lados de la calle. Sacó la varita que tenía escondida en el puño de su abrigo y tras susurrar "alohomora", la puerta se abrió y les permitió el paso a su compañero y a ella.
El joven francés cerró la puerta del apartamento, asegurándose de dejarla bien cerrada. Ataviado con una gabardina color café en cuyo bolsillo guardaba sus obras reducidas, se disponía a ir a las calles muggle del viejo Londres a probar suerte en sus ventas. Bajó las escaleras con su habitual parsimonia, encontrándose en el rellano a una pareja que nunca antes había visto.
- Buenas tardes. -Musitó al pasar a su lado.
- Sí, seguro. -Afirmó Teddy que al ver al joven, no vaciló.- Buenas tardes. -Se detuvo impidiéndole el paso hacia la salida.- ¿Podemos hacerle unas preguntas?
- Buenas tardes. -Contestó Lya tras Teddy y posó sus ojos claros en el rostro del vecino.- No le robaremos mucho tiempo. -Añadió mientras guardaba la varita sin que el muchacho la viera, pues Lyanna pensaba que ese joven era muggle. Se llevó después la diestra al bolsillo, para desplegar el cartel que contenía la fotografía de la pequeña de los hermanos Ménard.
Bastien se detuvo frente a la pareja e intentó mantener la compostura y pronunciar su inglés más exquisito, enmascarando tan bien como pudo los restos que aún le quedaban de su acento francés.
- Claro. -Respondió ante la pregunta, obligándose a sonreír. Sin embargo la sonrisa fue un gesto que duró poco en su rostro. Cuando la muchacha desplegó la fotografía que llevaba de Line se le heló la sangre.- ¿De qué se trata?
- Estamos buscando a esta mujer.- Señaló Teddy.- Nos han informado de que estuvo aquí hace mucho. ¿La ha visto? -Preguntó mirándole.
- Un vecino de este piso nos dio aviso de que la había visto entrar en el apartamento 4B. -Siguió hablando la mujer.- ¿Sabe usted quién es el inquilino de dicho piso? -Cuestionó, con el cartel totalmente extendido, dejando que el muchacho viera el rostro de esa chica.
Con cada palabra surgida de los labios de la pareja, que supuso que serían aurores, suponía para Bastien un golpe en seco en el estómago. Al principio quedó mudo, pero tras contemplar durante un rato la fotografía de su hermana en manos de esa mujer, alzó la vista hacia ella.
- Yo soy el inquilino del 4º B. -Respondió tras tragar saliva. Miles de cosas le pasaron por la mente en ese momento. No se le daba bien mentir. Sus manos sudaban. Sus ojos se movían nerviosos por el rellano, por la mujer, por el hombre. Iban a darse cuenta, les iban a atrapar. "Line, Mon Dieu!, ¿qué has hecho?"- La conocí aquel mismo día. -Improvisó.- En una fiesta. Me pareció muy hermosa. Y bueno, eh... Decidí invitarla a pasar la noche en casa. -Concluyó mirando a los ojos de la mujer.- ¿Qué pasa con ella? -Inquirió quizás en un tono más agresivo de la cuenta.
Teddy enarcó las cejas, mirando al chaval suponiendo que era muggle.
- Somos investigadores privados y la buscamos para entregarla a las autoridades. ¿Sabe cómo contactar con ella, le dejó alguna dirección?
Lyanna guardó silencio, asintiendo a las primeras palabras de su compañero mientras le dejaba hablar. Sus ojos azules, ocultos tras las gafas, se dedicaron a estudiar al joven que tenía delante. Notó un imperceptible titubeo en la voz y a eso lo acompañaba el leve temblor que presentaba su diestra, pues su otra mano estaba oculta en el bolsillo de su gabardina. Aquello no le dio buena espina, pero decidió guardar silencio, por ahora.
- No, no. No volví a verla desde aquel día. -Se limitó a responder observando esta vez al hombre. Su voz ni siquiera le sonaba como suya, pero intentaba mantenerse calmado y sereno.- Y tampoco creo que volvamos a vernos. Solo fue... Ya sabéis.
- Ya. -Miró a Lya de reojo y sacó una tarjeta de su bolsillo con el número de teléfono muggle habilitado por los aurores.- Aun así, si la vuelve a ver agradeceríamos que llamara a este teléfono. Puede preguntar por Lyanna Duchannes o por Lupin. -Esperó que la cogiera, quieto.
Lyanna frunció el ceño, algo extraño había en ese individuo pero no sabía decir exactamente el qué.
- Se lo agradeceríamos. Cogerla a ella, es capturar también a sus hermanos. -Contestó y dobló el cartel, para guardarlo en su bolsillo. Miró a Teddy de reojo, sabía que entendería lo que quería decirle con esa mirada: no se fiaba.
Bastien tomó la tarjeta de manos de Lupin y les dedicó a los aurores una sonrisa.
- Si tengo alguna noticia de ella, os lo haré saber. -Respondió para después dirigir su mirada al reloj de muñeca que llevaba.- Si me disculpáis, ahora he de irme, tengo prisa. -Dijo en un intento por huir del lugar lo más aprisa posible. Suerte que sus hermanos no se encontraban en aquellos momentos en el apartamento. Tendría que avisarlos cuanto antes.
- De acuerdo, muchas gracias por su colaboración. -Teddy se apartó así de la entrada, esperando que se fuera.
- Buenas tardes. -Concluyó Lyanna, quien permaneció en el lugar, contemplando como el chico se apresuró a ir hacia la puerta. Acabó cogiéndose al brazo de Teddy, tal y como habían venido antes y miró al frente, saliendo del edificio.- No me fio de él. -Comentó cuando estaban solos.
- Ni yo. -Respondió Teddy ofreciéndole el brazo y saliendo con ella para volver al Ministerio. Resopló.- Ya veremos qué hace.
El cielo de París y el payaso sonriente.
El pintor se encontraba en Hogsmeade, en aquella plaza fugazmente iluminada por varios faroles repartidos de forma desigual. La luna no brillaba, las nubes cubrían con su manto grisáceo todo atisbo de este astro en aquella noche otoñal.
Bastien se encontraba en el mismo lugar donde hacía exactamente siete días había visto a la chica rubia, aquella que le compró el cuadro de la costa, y cuyo nombre no era capaz de recordar el joven en aquellos momentos. En teoría, ella volvería a pasarse por allí aquel viernes. Sin embargo, hacía ya más de una hora que tanto la plaza como todo a su alrededor habían quedado en un ambiente desértico.
- Hola.- Susurró después de un rato.
- Oh, vaya. Hola. -Dijo tras el sobresalto al no imaginarse siquiera que ella estaba tras él. Se incorporó luciendo una sonrisa amable en su rostro.- Ya creí que no te vería esta noche, ¿qué tal? -Cuestionó examinando con todo el disimulo que le fue posible la figura de la joven. El vestido que llevaba la hacía parecer mayor. Bastien dudó durante unos segundos sobre si debería darle un beso en la mejilla a modo de saludo, pero finalmente prefirió limitarse a sonreír.
- He venido.- Imitó la sonrisa, aunque con los nervios le tembló un poco.- Y he traído mis dibujos.- Le mostró el cuaderno que llevaba bajo el brazo.- Siento llegar ahora, ¿ya te ibas?
- Me iba, pero no me importa quedarme aquí un poco más. Con suerte, incluso puede que venda algún que otro cuadro más. -Respondió el joven, que dirigió su mirada hacia el cuaderno de la chica. "Robin, se llamaba Robin".- ¿Los has traído? Déjame echarles un vistazo.
La Ravenclaw le tendió el cuaderno con rapidez, debido a los nervios y sonrió un poco.
- No están demasiado bien, no soy una experta. Pero creo que los últimos son los mejores.- Se mordió el labio con angustia.- Son de este año.
Bastien tomó el cuaderno entre sus manos y lo abrió, observando con detalle los esbozos y dibujos que se hallaban insertos en las páginas de este.
- No deberías menospreciarte, están bastante bien. A mí me gustan. -Reconoció admirando el trazo suave pero mordaz, sencillo y también hermoso que se encontraba plasmado en las distintas reproducciones.
- ¿De verdad?- Abrió los ojos, sorprendida, y se acercó un poco para observar el que está viendo.- Me costó hacer las nubes...- Sonrió mirándole, ya sin miedo.- ¿De verdad te gustan?
- De verdad, lo digo en serio. -Respondió pasando la yema de su dedo índice por encima del la pradera que estaba dibujada para captar la textura del papel.- Están realmente bien. -El pintor continuó pasando las páginas hasta llegar a una que le hizo detenerse.- ¿Francia? ¿Has estado alguna vez allí? -En la pintura no estaban representados ninguno de los principales aspectos característicos de París, pero esos tejados, ese cielo, esa pasión transmitida al dibujo... Se trataba de París, Bastien no tenía duda alguna.
- No, no he estado.- Sonrió con pena.- Yo no... Ojalá. Siempre he querido ir a estudiar arte allí, o a Italia, no sé. Londres no tiene un buen programa artístico, menos aún el mágico.- Rió mirando al suelo.- Lo que he aprendido ha sido gracias a los libros, copiando las obras de los buenos autores... De momento, no puedo aspirar a más.
- París es un lugar maravilloso... -Bastien alargó la última palabra, y enmudeció un eterno segundo.- Es decir, debe serlo, ojalá hubiera tenido la oportunidad de ir.- "Bastien no existe, Stephen sí", las palabras resonaban en su mente como lo haría el golpeteo de un martillo en la herrería.
- Ya, yo también lo creo.- Se encogió de hombros.- Algún día iremos, Stephen. Por cierto, ¿te fue bien en el Londres muggle vendiendo tus maravillosas obras de autor profesional?- Comenzó a reír, mirando los lienzos apilados.- ¿Has pintado algo nuevo?
- ¿Crees que son maravillosas? -Preguntó el pintor con una sonrisa en los labios.- Yo creo que distan mucho de ser profesionales. -Una risa con un matiz de timidez acompañó el final de sus palabras.- Pero para ser sinceros, ciertamente sí que vendí bastantes cuadros. Bueno, tampoco muchos, pero sí algunos más que en el mundo mágico. Tenías razón. -El joven se rascó la nuca.- Pues sí, alguno que otro. -El chico se agachó para recoger un lienzo en el que se encontraba representado el rostro de un payaso, de colores vivos y alegres.- Este es uno de ellos.
- ¿Ves cómo sí?- Volvió a reír y se acercó a ver el cuadro.- Vale, Stephen, vas a tener que darme clases de pintura o algo por el estilo.- Cogió el lienzo con las manos, con una sonrisa.- Me siento bastante patética a tu lado.
- Oh, ¡por Merlín! Ni se te ocurra pensar eso, tus obras no son nada patéticas, son realmente buenas, quizás lo que les falta es un matiz de... ¿realidad? No sé. Quizás lo que te falte es que llegues a creerte de lo que verdaderamente eres capaz porque, de verdad, me han gustado mucho, sobre todo el dibujo de París. -Reconoció con sinceridad mirando a la joven a los ojos.
Rob sonrió cuando notó su mirada, aún con la vista fija en el lienzo.
- Lo que me falta son clases, en realidad... Incluso los muggles pueden aprender y yo...- Suspiró y levantó los ojos hacia él.- Yo no.
- Bueno... Quizás, no sé, yo podría darte clases si quieres. -Dijo el chico sin apartar la mirada de la joven.- No soy un erudito, pero creo que puedo enseñarte algo, puedo enseñarte todo lo que sé. -Ni más, ni menos.
- ¿Lo harías? ¿Darle clase a una alumna de Hogwarts los fines de semana cuando podrías estar ganando dinero?- Negó con la cabeza, no quería obligarle a hacerlo.- Pero déjame seguir viniendo a ver tus cuadros, podría aprender de ti, sólo con mirarlos.- Se agachó a la altura de uno de ellos.- Quiero saber difuminar así. Agh. Te los compraría todos.
Una risa escapó de los labios del pintor.
- Pues ven a verlos siempre que lo desees.- Dijo el joven tras depositar de nuevo el cuadro en su lugar.- Normalmente estaré por aquí los fines de semana, así que... Pásate cuando quieras, ¡y compra cuánto quieras!
- Ya, ¿pero con qué dinero?- Negó con la cabeza, riendo.- A lo mejor vengo aquí, sí, pero a hacerte la competencia...- Comentó, pero no creyó lo que ella misma estaba diciendo, así que suspiró y terminó sentándose en la acera, con cuidado del vestido.- Gracias, Stephen, por invitarme a venir y decir todo eso de mis dibujos...- Suspiró y le miró sonriente.- Gracias.
- No tienes por qué darlas, Robin. Ya sabes donde encontrarme, siempre que quieras mi punto de vista... Aquí estaré. -Dijo el chico. El viento aullaba entre las callejuelas del pueblo, las nubes cubrían el cielo, y una leve llovizna comenzó a caer.- Vaya. -Exclamó Bastien, que se apresuró en sacar su varita para reducir los cuadros al tamaño de un sello, y poder así resguardarlos de las inclemencias del tiempo. Lo que comenzaron siendo unas gotas, pasaron a ser un chaparrón en toda regla.- Será mejor que nos vayamos. -Sugirió Bastien, pensando también en que sus hermanos ya estarían preguntándose qué habría sido de él.- ¡Espero verte pronto por aquí!
El pintor dejó un beso en la mejilla de la joven a modo de despedida y desapareció del lugar, dejando tras de sí un humo negruzco que se fundió rápidamente con la oscuridad de la noche.
El arte de la pintura.
La noche era fría a la par que solitaria: viento aullante, manos heladas, calles vacías, luces tenues, murmullos en la lejanía.
Bastien se encontraba apoyado de espaldas sobre un farol, con las manos en los bolsillos de su chaqueta y la vista perdida en algún lugar de la plaza. Un charco a su derecha reflejaba aquella figura que no era suya, aquel rostro que había tomado prestado, que bien podría considerarse más un robo que un préstamo. Podía ver la ropa estrecha del antiguo pintor que ya no era. Sus obras se encontraban expuestas en la acera, sobre un manto grisáceo. Obras que no estaban firmadas, por supuesto.
La cabeza aún le daba vueltas al joven, la poción multijugos siempre le dejaba aturdido. Cuando ya pensaba que nadie más aparecería por el lugar, una muchacha joven y radiante se acercó hasta el pequeño puesto improvisado.
La chica rubia que se encontraba observando sus cuadros, levantó la mira hacia el muchacho y sonrió al agacharse junto a uno de sus dibujos. Era una marina, le recordaba al paisaje que sus amigas y ella observaban desde el salón todas las tardes del pasado verano. Era perfecto. Era exacto. Las pinceladas eran suaves, gentiles con la tela, como si fuera real…
- Vaya…- Miró al chico.- ¿Los pintas tú o sólo los vendes?
- Los pinto, y con el profundo dolor de mi corazón he de venderlos -Reconoció esbozando una tenue sonrisa a la muchacha-. ¿Te gustan? -Bastien no solía sonreír a nadie a excepción de sus hermanos. Sin embargo, una sonrisa cada vez más pronunciada adornaba el rostro que no era suyo, el rostro de Stephen. Debía conseguir vender algún cuadro aquella noche, los ingredientes de las pociones no eran baratos y su moral, a diferencia de la de Theo, no le permitía delinquir. Así que si tenía que ser amable, lo sería.
- Me gustan las marinas.- Se incorporó y le miró de frente.- Me llevé todo el verano tratando de pintar uno como este, pero no lo conseguí.- La chica se reía en alto, de sí misma, como siempre.- Dime que no es muy caro, por favor, ¡por favor!
El cuadro del que hablaba la joven lo había pintado Bastien hacía unos meses, en una visita que hicieron Line y él a Edimburgo. El lugar le pareció tan fantástico que no pudo evitar echar mano del pincel y del óleo.
- ¿También pintas?- Preguntó mirándola a los ojos.- Si pudiera, realmente te lo daría sin pedir nada a cambio.- El joven se rascó la nuca.- El arte no debería tener un precio, ¿no crees? -Una risa surgió de sus labios.- No es caro, no es tan bueno como para serlo.
- ¡Bah!- Negó con la cabeza, volviendo a mirar el lienzo.- ¡Eres mucho mejor que yo!- Volvió a reír, mirándolo.- Supongo que habrás estudiado algo referente al arte, ¿me equivoco?- Sonrió casi con pena porque ella nunca había podido hacerlo.- El arte no debería tener precio, pero los pintores tiene que comer.- Se encogió de hombros.
- No tuve esa suerte. -El chico se encogió de hombros.- Aunque me hubiese encantado. Todo lo que sé, lo aprendí por mí mismo.- Asintió sin eliminar la sonrisa.- Los pintores tenemos que comer... Porque eres tú, y porque esta noche es esta noche, te dejo el cuadro de las marinas a veinte galeones, con la única condición de que algún día me enseñes alguna obra tuya.
- ¿Lo dices en serio?- Le miró realmente sorprendida.- No puedes decirlo en serio. ¿Veinte galeones? ¿Qué?
- ¿Es demasiado caro? -Cuestionó el pintor, observando los rasgos suaves de la joven, su mirada profunda, su cabello de oro, su tez blanquecina.
- No, no lo es… Espera.- Sacó del bolsillo del vaquero las monedas y comenzó a contarlas lentamente para asegurarse de que no le daba de menos. Se acercó a él con la mano extendida.- Trato hecho…- Alzó las cejas para que le diga su nombre.
El chico estuvo a punto de revelar su verdadero nombre, pero en un acto tan fugaz como inconsciente, convirtió la "B" en una improvisada "S".
- Stephen -Dijo finalmente rozando la mano de la joven para recoger el dinero. Su piel era suave, y a pesar del frío que acontecía, era extrañamente cálida.- Ya es tuyo el cuadro, señorita... ¿Cuál es tu nombre? -Cuestionó tras recoger el cuadro.- Nombre por nombre, es lo justo.
- Robin, pero llámame Rob.- Sonrió abiertamente y colocó un mechón de pelo tras su oreja.- Nombre por nombre, pero tendrás que esperar más para ver mi cuadro y yo me llevo ya el tuyo.- Dejó escapar una suave risa de sus labios y se agachó para tomarlo entre sus manos.- Gracias.
- Gracias a ti. -Bastien hizo un ademán con la mano en la que portaba el dinero.- Espero que ese día no tarde demasiado en llegar.
Rob le miró a los ojos un momento, oyendo una especie de segundo mensaje en esa última frase y colocó el cuadro bajo su brazo. No podía retirar la mirada rápidamente, pues había algo intrigante en él.
- Encantada de conocerte, Stephen.
Las miradas de ambos permanecieron cruzadas durante unos segundos eternos. La noche seguía helando, las calles continuaban vacías. Había algo en aquella chica, quizás vitalidad, quizás sinceridad, quizás simplemente amabilidad, Bastien no estaba seguro.
- ¿Vienes por aquí a menudo?
La chica se echó a reír ante aquella pregunta, pensando qué edad le echaría el joven pintor.
- Todos los fines de semana, concretamente.- Alzó las cejas y dejó que lo adivinara.
Una risa del pintor acompañó a la de la muchacha.
- No lo sé, no me gustaría faltar al respeto a una dama… ¿Diecinueve quizás?
- Diecisiete. Vengo todos los fines de semana porque aún voy a Hogwarts.- Se encogió de hombros, como queriendo decir que ya sabía lo que se le estaba pasando por la cabeza, y agarró mejor el lienzo, incómoda y avergonzada.
- ¿Diecisiete? Vaya, pareces mayor. Nunca habría dicho que aún siguieras en Hogwarts -La sonrisa no desapareció de sus labios. Bastien guardó el dinero en el bolsillo de su gabardina y volvió a dirigir la mirada hacia la chica.- No hay nada malo en eso.- Dijo ante la patente incomodidad de Rob.- No es que yo sea mucho mayor.
- ¿Adivino yo?- Torció la cabeza.- Veinte. Pero a penas consigues dinero vendiendo cuadros en Hogsmeade, así que empiezas a preguntarte cómo vas a pasar el invierno. Y te voy a dar un consejo: ¡muggles! Entienden más de arte.
- Casi, veintiuno. -"Veintiuno tengo yo, este cuerpo… Francamente no tengo ni la menor idea".- Muggles... No lo sé, no lo tengo yo tan claro. Si consideramos el arte como la magia que es... Los magos tendrían que ser los que mejor lo entendieran, ¿no? Pero realmente, y en eso debo darte la razón, mis ganancias no son elevadas. Así que quizás deba expandir mis horizontes.- El joven pronunciaba el inglés casi como un nativo, pero las erres, las malditas erres, aún le seguían sonando con un deje afrancesado.
La chica notó que tenía un acento algo extraño, pero no le prestó demasiada atención al asunto.
- Los muggles te sorprenderán. El mundo mágico aún no comprende el arte como una profesión, ni siquiera se estudia. Los muggles lo toman más en serio. Tienen escuelas impresionantes, universidades...- Le miró un momento e hizo una pausa para reírse por lo estúpida que debía estar sonando.- Prueba con los muggles esta semana y cuando vuelva el viernes, me dices si vendes más o menos, ¿trato?
- Trato hecho.- Dijo el joven ocultado de nuevo sus manos en el interior de la chaqueta, tan negra como la misma noche.- ¿Significa eso entonces que volveré a verte el viernes que viene? -La pregunta surgió desde su interior y se escapó de sus labios sin que el joven francés fuera capaz de retenerla.
Rob sonrió casi al instante con la pregunta.
- Volveré el viernes. Tú lo habrás vendido todo y podemos sentarnos en algún sitio un poco menos frío, ¿vale?- Ríe entonces.- Y traeré mis dibujos para que tu ojo experto los examine.- Recolocó el lienzo bajo su brazo.
- Espero que así sea. -Respondió el joven.- Que no se te olvide traer tus dibujos. -La Luna brillaba, el viento mecía los cabellos de los dos muchachos al unísono, el frío acariciaba sus cuerpos.
- Eh… -Miró hacia abajo, cohibida.- Debería irme. Encantada de conocerte, Stephen…- Alzó la vista y sonrió levemente a través de la oscuridad.- Gracias por rebajarme el cuadro. Es precioso, en serio.
- Lo mismo digo, Rob.- El joven llevó su diestra al mentón para rascarse la barba.- Muchas gracias a ti por acompañarme en esta fría noche. Hasta… Hasta el viernes.- Bastien dio la conversación por zanjada con una tibia sonrisa en sus labios y un amable gesto de despedida.
Robin asintió y cogió aire. Le miró un momento, pero no tenía nada más que decirle, por lo que decidió dar media vuelta para volver al castillo en plena noche con el cuadro bajo el brazo. En el camino fue pensando dónde iba a colgarlo. Y con ello, a pensar en que quizás sus dibujos no fueran lo suficientemente buenos para mostrarlos. Suspiró mirando al cielo. De todas formas, tenía hasta el viernes para mejorar.
- Hasta el viernes.- Susurró.



