Él y su estúpida mirada, su estúpido resplandor, su estúpida sonrisa… me estaba volviendo loco. Cuando nos bañábamos juntos, cuando nos cuidábamos el uno al otro. Siempre existía eso, siempre existía esa pequeña luz que se deslizaba entre sus labios para robarme el aliento, para robarme la cordura y hacerme sentir tan feliz como un humano puede sentirse.
Era obvio, estaba claro, no podría contra él, estaba dicho todo ya, el destino había tirado nuestra suerte en una ruleta y resultaba que el ganador siempre sería el deseo.
Me acerque a él, vacilante, pero terminé por hacerlo.
¡Era algo que no debía de suceder! Eso era algo que yo ya sabía.
Mi corazón temblaba casi tanto como mi cuerpo entero al siquiera pensar que me entregaría a él de una manera en la que jamás pensé entregarme; cuerpo y alma.
Pero no el tipo de cuerpo, ni de alma, que pensé.
Era algo diferente. Algo meramente espiritual y caluroso.
Me dediqué a sorprenderlo ese día. Lo tomé por la camisa en medio de aquel entrenamiento en cuerpo a cuerpo, en el cual yo iba ganando por cierto, y dejé que mis manos se aferraran a su nuca conforme un beso plantaba en sus labios, las hebras de sus cabellos las jalé con una violencia desmesurada y lo acerqué para morder sus labios.
Lentamente mi lengua se internó, mi sonrojo aumentó y comenzó una batalla entre bocas. Mi boca derritiéndose sobre la suya, mordiendo, succionando, haciéndose una mientras mi corazón palpitaba violento y fuerte, cada vez más hipnotizante, literalmente más sofocador. No entendía muy bien cómo sucedía todo, pero sucedía, era una realidad, mis manos no paraban de deslizarse por sus cabellos, su espalda, su cuello y mejillas mientras mi respiración se escapaba entre chasquidos de nuestros labios y apresurados jugueteos entre lenguas que no sabían hacer otra cosa más que batallar la una contra la otra.
Una vez el aire se agotó en mis pulmones, y estuve a punto de morir, me aparté.
Le miré con los ojos entrecerrados y la mirada llena de vida, siempre azulada, siempre presente. Bajé mis ojos a sus labios y mordiendo el propio inferior apenas fugazmente me aparté de él, totalmente apenado e indispuesto a darle otro beso igual.
— I-idiota… Solo se me antojó. Eso es todo. No te hagas ideas equivocadas… — Pero era una mentira para escudarme y no estar tan vulnerable, para no sentirme enteramente a su merced como una pobre presa recientemente capturada.
Si pudiese temblar, habría temblado. Pero no lo haría después de aquel apasionado beso que con tanto valor logré propinarle… después de días de haberlos deseado. ¿Qué mal le hacía al universo arrebatarle uno o dos besos? Ninguno. Era libre de todo pecado.