Mis brazos se ceñían a su espalda y su cintura, protegiendo un cuerpo que ya tan bien conocía. Un cuerpo que muchas veces había tocado y al que había bañado de besos bajo algunas noches llenas de estrellas. —No te tortures demasiado pensando en eso —le dije en voz baja. Así como él apoyaba el rostro contra mi hombro, yo lo hacía sobre su cabeza. Dejé un par de besos en ella.
—Tampoco sé cómo dejar de pensar en ti. Pero eso no es problema para mi. Me gusta que abarques mis pensamientos. Mi mente y mi espacio. —con cierto cuidado, mis labios descendieron para dejar unos cuantos besos en su cuello. —Algún día, mi querido esposo, podrás decir todo eso que sientes, sin sentirte tan avergonzado. Solo te pido… nunca me desprecies en tu vida—
Entre besos y besos mi cuerpo entero se estremecía lentamente, soltando los mismos suspiros de un enamorado perdido en los pensamientos y sentimientos de una nueva persona. Lentas mis manos acariciaron las suyas y me encontré besando cuidadosamente sus mejillas. Descendía a sus labios en tiernos movimientos y antes de saberlo ya me encontraba abrazándolo por el cuello con un brazo.
Quizá estaba temiendo por algo que no ocurriría. Quizá solo me hacía como que nada ocurría. Mis manso se deslizaban por las suyas suavemente y perdiéndome en la suavidad de su piel le sonreí.-- Nunca te irás de mi vida. Aún si tratara de expulsarte, probablemente seguirías ahí dentro. Seguirías quemándome desde dentro... continuaría queriéndote aún si mis días estuvieran contados. Y te maldigo, pero te amo. No sé cómo decir que eres aquella persona que sabe hacerme sonreír aún en la más terrible penumbra.







