Hetalia: Mundial Rusia 2018. Bonus: Rusia 2 (3) - Croacia 2 (4).
Sabía que iba a perder ese partido, era obvio. Desde que se hizo el sorteo hasta que llegaron a patear penales. Sus jugadores se veían derrotados, quebrados por la obvia derrota, viendo como Croacia se alzaba. Rusia sabía que de alguna manera, si pasaba, no iba a poder del todo contra Inglaterra, él tenía mucho más conocimiento en el fútbol, era su creador... Sin embargo, esa idea de haber perdido le hacia sentir vacío...
¿O no?
Salió rápido del vestuario, a penas despidiéndose de sus compañeros. Mencionó que tenía que ir a ver a alguien, muchos bromearon con que era su novia, mas desconocían de que aquella persona realmente era un chico. Y era mejor que lo desconocieran.
La estación no estaba tan lejos, de eso estimaba con sus largos pasos que parecían recorrer más distancia de la acostumbrada. El aire del verano le daba justamente en las mejillas y en su pecho brotaba una emoción alta, tan alta que no podía contenerse de reír un poco mientras trotaba hasta la estación de tren. A la mierda el partido, quería verlo.
*G*
Gilbert observó el televisor en silencio, mudo para poder emitir un sonido. Rusia había perdido por un error en los penales, estando tan cerca de ganar... Un sollozo se escapó involuntario, haciendo que Ludwig volteara a verlo.
—¿Estás llorando?
Le parecía estúpida la pregunta, era obvio que sí, ¿cómo no iba a hacerlo, si su confiado príncipe de hielo había perdido estando tan confiado? Abrazó inútilmente sus piernas, como si hacerlo llenase el hambre que le daba el tenerlo ahí, acurrucado en su cuello y acariciando su cabello. Realmente, se sentía un imbécil por ahora preocuparse por él, luego de miles de veces de haberse comportado como un idiota con él.
—Voy a salir —mencionó, poniéndose de pie y secando sus lágrimas. Ludwig no dijo nada, probablemente el Alemán estaba más interesado en leer su libro o lo que sea antes de atender las confusiones emocionales de su hermano mayor. O, como buen hermano, sólo iba a darle su espacio.
Con los pies algo temblorosos, descalzo se dirigió al jardín delantero, donde él había plantado girasoles. Probablemente era una estupidez, pero le pidió a Alemania, después de volver a casa, que trasplantara algunos allí, con la viva excusa de que se verían mejor que en un ramo que pronto iba a marchitarse (y el cual tenía en su habitación.
Se arrodilló junto a las flores, acariciando sus pétalos con cuidado, detallando con sus dedos de la misma forma que le hubiese gustado detallar las manos del ruso. Se repetía una y otra vez que debió haber aprovechado ese tiempo, de haberse quedado más con él, en vez de haberlo evitado igual que siempre. Sí, se sentía uno de los más grandes idiotas del mundo.
Con sus ojos rojos parecía guardar cada detalle de esas flores en su memoria, mientras pensaba en cómo se sentiría Iván ahora. Probablemente derrotado o marchitado... De tan sólo pensar en él con ese par de amatistas oscurecidos le daban una presión en el pecho que no podía describir.
«Llámalo. » dijo una voz en su cabeza, la cual le parecía familiar. «Llámalo, puedes hacerlo. »
—No puedo —susurró para sí. —. No... No puedo, no me respondería.
«Él te besó en una estación rusa, donde probablemente algunos policías pudieron verlos. Llámalo, arriesgate, al menos puedes decirle de ti o saber de él. » La voz sonaba molesta, como si se arrepintiera de no haber hecho algo.
No iba a negarse, sin embargo... Quería escuchar su voz, para sentirse tranquilo. Y, a la vez, sólo creía que necesitaba su espacio también.
De todas formas, tomó su teléfono del bolsillo, buscando el número que todavía mantenía en su lista de contactos. Mordisqueó su labio inferior a penas comenzó a escuchar el tono, presionando con molestia éste cuando el contestador sonó. Llamó tres veces más y... Simplemente se rindió.
—Eso... Eso es obvio, aunque me besara y dijera que me quiere... Nunca me quiso —masculló, frunciendo el ceño y poniéndose de pie para entrar en la casa otra vez. Pero un sonido lo detuvo.
Oía pasos, rápidos, pesados, desesperados. Volteó extrañado, viendo que tras de sí venía la única persona que llevaría una bufanda de color y gritaría su nombre en plena calle silenciosa. Tardó un poco en caer en la cuenta, en entender que él estaba ahí, en entender que... Realmente había entrado en Alemania.
—¡Gilbert! —exclamó con su marcado acento ruso, haciendo que corriera hacia la reja también.
Abrió la puerta de ésta, recibiendo con rapidez el abrazo aplastante de su ruso favorito, el cual lo levantó en el aire a la vez que lo giraba por encima de su cabeza.
—Iván... —Logró a penas decir, cuando lo bajó, totalmente aturdido. —. ¿Qué... Qué haces aquí? Perdiste el...
—Al carajo con el partido —espetó directamente. —. Ese maldito mundial no vale nada, Gilbert. No si no estás ahí.
Y nuevamente lo besó, acorralándolo contra las rejas de la casa de los Beilschmidt, ignorando la mirada de algunos curiosos que estaban cerca, dejándose llevar por las caricias que tanto deseaban darse.
Al menos había valido la pena la derrota de ese día...













