Capítulo 48 - Bestias dimensionales
Bien, ya he fulminado a siete guardianes y acabo de despertarme de una relajante siesta en el poblado. Parece mentira que haya llegado tan lejos, que me estén pasando todas estas cosas increíbles dignas de un videojuego clásico. Abro la mochila para contemplar mis cachivaches y intentar determinar mi próximo movimiento. Cuando veo la calavera de cristal vienen dos cosas a mi cabeza: que Harrison Ford podía haberse estado quietecito, y que en el Twin Labyrinths habían dos espíritus de forma muy parecida a este objeto custodiando una entrada...
¿Voy para allá? Seguro que me dejan pasar acompañado de tan craneal compañía...
Una vez en la sala de Neptuno, me encaramo con su permiso hasta los espiritillos que -tal y como me esperaba- me abren paso hacia quién sabe qué extraños territorios. Tras subir la escalera aparece ante mí un lugar fascinante con lámparas de fuegos perpétuos, inclasificables símbolos luminiscentes, enormes estructuras de barro arenoso y construcciones claramente inspiradas en la cultura de mi país. Pero no me siento como en casa; aquí se pueden hacer albóndigas con el peligro. El mapa cae en mi poder a las primeras de cambio. Este sitio resulta ser el Dimensional Corridor, supuesto hogar de Tiamat, el guardián que fué capaz de cambiar templos enteros, del frente al fondo y viceversa, con su poder para alterar las dimensiones. Tampoco la Holy Grail Tablet tarda en hacer su aparición, así que escaneo su texto para asegurarme de imbuir al cáliz con su localización. Asomo la cabeza a una puerta cercana y veo que es un acceso al Endless Corridor, pero no es esto lo que ahora me interesa.
Comienzo la ascensión y me tropiezo de buenas a primeras con una oscura criatura mezcla de mujer y escorpión. Sin demasiada dificultad la aparto de mi camino, sorprendido de que me haya encontrado con un bicho tan gordote en mis primeros pasos por este nuevo lugar. Enseguida descubro que esto va a ser aquí la tónica general. Enormes bicharracos me asaltan prácticamente en cada sala: un horrible león, una poderosa armadura encantada, una monstruosa serpiente voladora, un bisonte con mal genio, una siniestra sirena... No són tan poderosos para mí ahora que tengo tanto bagaje en la lucha a muerte. También doy con algunas lápidas interesantes, como una en la que se me muestra el supuesto camino a un tesoro, ó otra en la que se hace alusión a unas luces relacionadas con los hijos de Tiamat que, supongo, serán las criaturas a las que estoy derrotando. En una de las salas encuentro los aposentos del último Filósofo que me quedaba por conocer... ¡menudo sitio para vivir ha elegido! El venerable personaje se me presenta al igual que ya hicieran sus tres compañeros:
Te felicito por llegar a mí, elegido. Soy Fobos, el filósofo de la vida. El poder de Madre es la creación de vida. En el pasado, hubo algunos que buscaron ese poder, tratando de imitarlo. Tiamat, Nüwa... pero nadie podía igualar a Madre. Su poder puede obtenerse del elixir secreto de la vida. El elixir está en las manos del espíritu puro y pícaro. Debes visitarle. Recítale el conjuro de la vida, del Nacimiento. A aquellos espíritus que pretendan engañarte, recitales el conjuro del descanso eterno, la Muerte. Los poderes de Madre no se puede obtener a menos que se tenga el verdadero elixir secreto... ¿Está clarinete no?
Ala salida de la habitación, un par de lápidas aparecen flanqueando su puerta. En ellas puedo encontrar los dos mantras necesarios para conseguir el susodicho elixir: Birth y Death. Creo que ha llegado el momento de dejar el Dimensional Corridor para reponer energías, pero descubro que el Cáliz parece haber perdido aquí sus poderes. Por suerte, puedo usar la puerta cercana a la Lápida Sagrada para huir a través del Endless Corridor.
Regreso repuesto tras unas horas. Esta vez tropiezo con una especie de zorro ártico que emite grandes ondas de energía con sus alaridos. Tras darle muerte, se abre el acceso a una sala donde un tesoro espera en el interior de una bien protegida piedra sagrada. Aparte de unos sangrientos demonios muy comunes por aquí, no hayo más que un pedestal que acciono pero que no basta para hacerme con la chuchería. Al salir de la habitación por la derecha, un nuevo enfrentamiento me espera en forma de unos grimosos gusanos que, surgen de una piedra podrida, y dan vueltas a ciegas por la sala con la esperanza de alcanzarme.
¡Vaya! No pensé que pudiera aplicar nunca lo aprendido en el primer boss del R-Type. Seguro que hay algún lugar por donde no pasan, un lugar donde permanecer seguro mientras los acribillo...
Al terminar me da por revisar de nuevo la sala anterior en busca de algún cambio derivado de la muerte de la nueva criatura... y la suerte me sonríe. Un nuevo pedestal ha aparecido, el cual hace aparecer un tercero que desbloquea, al fin, mi recompensa: el famoso Angel Shield, un robusto escudo que apostaría a que es capaz de parar cualquier cosa...
Más adelante encuentro una curiosa sala con 11 luces empotradas. Cuento las luces encendidas e imagino que se corresponden con los hijos de Tiamat a los que he dado muerte.
¿Aparecerá Tiamat tras iluminarlas todas? Tengo ganas de venganza por el maldito puzzle de los números.
A la derecha de esta especie de marcador, un pajarraco acecha. Tras cortarle las alas de cuajo, vuelvo al marcador y compruebo que estoy en lo cierto, pues hay otra luz encendida. Subo al piso superior para sobrecogerme por enésima vez ante un pajarraco de muy considerables dimensiones. Me ataca con un potente chorro de plasma que el Angel Shield absorbe sin problemas. De repente, lanza una extraña bola de la que, al impactar contra el suelo, surge un potente chorro de agua. Veo la ocasión de utilizarlo como impulso para alcanzar la parte superior de la sala pensando en atacarle desde lo alto. ¡Hop! Un doble salto y ya estoy en la cornisa donde descubro una escalerilla que no veía desde abajo.
Un momentito... esta es la sala de la que hablaba la lápida que encontré antes. ¡Debe haber algo interesante arriba!
Paso de la cara del pájaro por un momento para explorar el piso superior y me doy de bruces con un cofre guardado por una sala de concepción diabólica. Estoy seguro de que prácticamente nadie podría alcanzar ese tesoro, pero yo quiero tener mi oportunidad. Un par de saltos bien calculados entre los pinchos me dejan junto a un sello que abre el cofre tras su rotura. Un nuevo Sacred Orb aparece y, tras hacerme con él, siento tal plenitud energética que dudo que se pueda ir más allá en el límite de vitalidad de un simple mortal. Lleno de vida, desciendo a por el pajarraco y lo fulmino tan pronto como memorizo sus previsibles técnicas de ataque.
¡A mi con Mid-Bosses que me he pasado todos los Contra!