Ya ordené todo. Empecé con la ropa que llevaba semanas tirada en la silla o en el piso. Estaba ahí desde que empezaron a caer lágrimas de mis ojos. La doblé y la guardé. La que estaba sucia la bajé hasta el canasto del pasillo y cuando éste estuvo lleno lo llevé afuera.
Despues tiré todos los papelitos que descansaban en el suelo, esos estaban ahí desde antes, son los bocetos de los cuentos que hice, esos que hablaban del miedo a perderte y de cuánto te amaba. Por fin el piso esta libre para caminar.
Seguí con mis cuadernos y carpetas que estaban arriba del escritorio. Abrí cada uno y saqué lo que no servía, entradas de cine de películas que no voy a volver a ver, los envoltorios de las golosinas que comía en las noches de insomnio, los cuentos terminados también fueron a la bolsa negra que estaba abajo del teclado. Había un portaretratos con un collage de fotos. en su momento era hermoso tenerlo, pero ya era hora de que se vaya también.
Saqué las sábanas de mi cama y fueron donde la ropa sucia. Puse sábanas nuevas, las voy a estrenar hoy, cuando vuelva a dormir. Me tomé mi tiempo para armar mi cama, quería que quedara bien para mí.
Cuando terminé miré mi habitación satisfecha. Lo único que no armonizaba era la bolsa negra así que la tomé y bajé las escaleras.
El piso de abajo de mi casa tiene muchos espejos. Están ahí para que la luz que entra por las grandes ventanas de la cocina y el living refleje en el comedor. Pero ya el sol se estaba ocultando y dejaban de cumplir su función. Entonces funcionaban como cualquier espejo, mostrando la realidad de tu cuerpo, de tu alma.
Tiré la bolsa y me miré en el más grande. Una chica con una historia que ya no le interesaba vivir me devolvía la mirada.
Esos ojos siempre fueron muy expresivos. Son de esos ojos que no conocen la mentira, que mandan al frente tus sentimientos. Últimamente los decoraban dos brillitos, uno arriba a la derecha sobre la pupila y otro abajo del iris. Me alejé un poco y una vez las lágrimas corrieron de nuevo tomé la decisión. Todavía quedaba una cosa por ordenar.
Fui hasta el primer cajón de la cocina y agarré la tijera. La dejé sobre la mesa y me prendí un cigarrillo. Lo fumé sin dejar de mirarme al espejo. A cada pitada estaba un poco más decidida. Era el paso final para nunca volver a llorar.
Apagué el cigarrillo en el cenicero azul de mi mamá, agarré la tijera como saludándola, agradecida de estar acá conmigo.
Fui al baño y mirándome en el espejo, mas pequeño que el del comedor, evalué mi cuerpo físico. No había vuelta atrás. A cada mechón dejaba atrás una parte de esa persona que fui, a la que le agradezco mucho, pero ya no forma parte de quien quiero ser. A cada mechón dejaba atrás a las personas que me acompañaron y que ahora ya no me hacen bien. Les agradezco porque ahora entendí que no me soltaron los brazos, me liberaron las alas. A cada mechón que caía mi vida estaba mejor.
Cuando terminé volví al espejo del comedor y miré el reflejo. Era una mujer hermosa, con piernas largas y fuertes, estaba en su peso exacto y su piel tenía alguna que otra imperfeccion. Me detuve en sus ojos, tan hermosos, grandes, con un único brillo de esperanza, de orgullo en su pupila. Expresaban por primera vez desde hacía mucho tiempo lo que su alma sentía, sin ocultar nada, sin mentir.
Miré su pelo que no estaba nada prolijo. Algunos mechones llegaban al mentón, otros se extendían hasta el hombro. Cada pelo iba al lado que más le gustara y no hacía caso a la mujer que los intentaba domar con su mano. Aún así estaba más hermosa que nunca.
Me voy a dormir con una sonrisa porque por fin mi cuarto está ordenado, mi cuerpo está ordenado, mi vida está ordenada y yo soy hermosa y feliz.