Efigie de una mirada arrogante
El pequeño hombre volteó a verme. ¿Hombre? Aún tenía la apariencia de un adolescente. Pensándolo bien, creo que de hombre no tenía mucho. Acababa de salir de cambio de un partido de futbol que su equipo disputaba en una modesta liga de la provincia mexicana.
Ahora que lo tenía enfrente pude verlo mejor. Estaba vestido con el uniforme de su equipo de futbol. La playera blanca, imitación del segundo uniforme de la selección italiana y el short azul.
Su tez morena no dejaba ver mucho el rojo de sus mejillas, resultado del agotamiento físico y cansancio. El chico no rebasaba el 1.70 m de altura, que se aproxima a la promedio del hombre mexicano; sólo era un poco más alto que yo, pero al lado de los demás muchachos se veía chaparro.
Además de ser bajito, era delgado: sus piernas también eran esqueléticas; la broma de córtenle los hilitos al short era muy apropiada para él. Usaba medias blancas y sus tacos eran del mismo color, con rayas azules, de la marca Pirma Brasil®, según pude ver.
Su cabeza era alargada, la frente angosta, y su cabello café, oscuro como el chocolate amargo; corto en la parte de la coronilla y largo en la zona de la nuca, con las puntas paradas y teñidas en rubio, lo que me hizo pensar que gastaba mucho en gel para mantener su cabello perfecto. Un corte totalmente al estilo del anime japonés.
Pequeños y alargados eran sus ojos; bonitos, brillantes, vivarachos, chocolates, sin embargo, su mirada denotaba arrogancia. Las pestañas larguísimas y abundantes le hacían más interesante y, finalmente, sus cejas pobladas enmarcaban la belleza de su mirada.
La nariz era pequeña y delgada; la boca, larga horizontalmente y sus labios eran delgados y tersos, de un tono rosa, tirando a rojizo, así como el color de un jugoso gajo de toronja. Las orejas completaban el cuadro de su rostro, las cuales eran grandes, pero no se notaban tanto por los mechones de cabello que caían sobre ellas.
Los mechones pugnaban por el protagonismo con una coqueta piedrecilla situada en la oreja izquierda que con su brillo se resistía a ser relegada a segundo término. Creo que no era un diamante, sino una sencilla imitación que el chico usaba para estar de acuerdo con la moda futbolística del momento.
En sus manos usaba varias pulseras de tela, de las cuales, sólo pude observar que una de ellas decía Més que un club, del Barcelona tenía que ser.
El muchacho estaba enojado por haber sido reemplazado en la cancha a pesar de que su equipo ganaba 4 – 0. Saliendo de la cancha se sentó en una barda mientras se despojaba de su playera imitación de la selección italiana y la aventaba.
_ No sé por qué me saca. Estaba jugando bien – le dijo a uno de sus compañeros que estaba sentado al lado.
Él era serio, pero cuando estaba en confianza se tornaba totalmente vivaz y sarcástico. Sin embargo, cualquier ofensa o comentario en su contra – como sacarlo de un partido de futbol – lo molestaba demasiado. Pienso que no le agradaba que le contradijeran o le llevaran la contra.
_ Ya no estabas jugando bien. Estabas fallando mucho – le contestó su compañero, mientras él le dirigía una de sus típicas miradas arrogantes y lo mandaba callar.
Yo le miraba discretamente. “Es lindo, pero es un pesado”, pensé. Él se quitó lo que quedaba de su uniforme y se comenzó a cambiar. Ahora se puso la jersey del América y unos jeans de mezclilla. Creo que se dio cuenta de que le miraba, pues durante un momento sus ojos se clavaron en los míos. El muchacho ahora se volvió más arrogante, lo noté en sus ojitos, y para impresionarme – él juraba – le pidió a sus compañeros una cerveza. Entonces decidí ignorarlo; si con eso pensaba impresionarme, había errado totalmente.
_ ¿No gustas? – me preguntó, señalándome su cerveza.
Yo le miraba extrañada, como diciendo, “¿me hablas a mí?”. Luego reaccioné y le agradecí. “Lo siento, pero no tomo”. Ya no lo intentó de nuevo. Se paró a mi lado y comenzó a hacerme plática, enseguida se tornó amable y dulce. Me sorprendió su repentino cambio de actitud. “Este niño está loco”. Sin embargo, pude notar una falta de seguridad terrible en él. Tal vez por esto, se escudaba en el orgullo y la prepotencia.
Poco a poco pude conocerlo, terminó su partido y nosotros aún continuábamos charlando. El chico pesado se había convertido en una bella persona, agradable y sincera. Así comenzamos a escribir la historia de esta gran amistad.