Hoy, en la Iglesia Católica, la memoria de S. María Goretti.
Santa María Goretti, amable y dispuesta a perdonar - ruega por nosotros.
1. Perdonó a su agresor antes de morir.
Antes de fallecer, el sacerdote le preguntó: “María, ¿perdonas de todo corazón a tu asesino?”. Ella respondió: “Sí, lo perdono por el amor de Jesús, y quiero que él también venga conmigo al Paraíso. Quiero que esté a mi lado... Que Dios lo perdone, porque yo ya lo he perdonado”.
San Juan Pablo II destacó este gesto y afirmó que “el espíritu del perdón animaba las relaciones de toda la familia Goretti y, por esta razón, pudo expresarse con tanta espontaneidad en la mártir”.
2. Conversión de Alessandro.
Alessandro fue condenado a 30 años de trabajos forzados. Aparentaba no
sentir ningún remordimiento del crimen. Sin embargo, unos años más tarde,
Monseñor Blandini, Obispo de la diócesis donde estaba la prisión, decidió visitar
al asesino para encaminarlo al arrepentimiento.
Alessandro recibió al obispo refunfuñando, pero ante el recuerdo de María,
de su heroico perdón, de la bondad y misericordia de Dios, se dejó tocar por la
gracia. Al salir el prelado, empezó a llorar en la soledad de la celda, ante el es-
tupor de los carceleros, que lo consideraban un duro.
Luego María se le apareció en un sueño, vestida de blanco en los jardines del
paraíso. Alessandro, muy perplejo, escribió a Monseñor Blandini:
«Lamento sobre todo el crimen que cometí, porque soy consciente de haberle quitado
la vida a una pobre niña inocente que, hasta el último momento, quiso salvar su
honor, sacrificándose antes que ceder a mi criminal voluntad. Pido perdón a Dios
públicamente, y a la pobre familia, por el enorme crimen que cometí. Confío obtener
también yo el perdón, como tantos otros en la tierra».
Su sincero arrepentimiento y su buena conducta en el penal le devolvieron la
libertad cuatro años antes de que expirase la pena. Después se retiró a un con-
vento de capuchinos, en el que ocupó el puesto de hortelano, mostrando una
conducta ejemplar, y fue admitido en la Orden Tercera de San Francisco.
Gracias a su buena disposición, Alessandro fue llamado como testigo en el
proceso de beatificación de María. Resultó muy delicado y penoso para él, pero
confesó lo siguiente:
«Debo reparar y hacer todo lo que esté a mi alcance para su glorificación. Toda la
culpa es mía. Me dejé llevar por la brutal pasión. Ella es una santa, una verdadera
mártir. Es una de las primeras en el paraíso, después de lo que tuvo que sufrir por
mi causa».
En la Navidad de 1937, Alessandro se dirigió a Corinaldo, lugar donde As-
sunta Goretti se había retirado con sus hijos. Lo hizo simplemente para reparar
y pedir perdón a la madre de su víctima. Nada más llegar ante ella, le preguntó
llorando:
–Assunta, ¿puede perdonarme?
–Si María te perdonó –fue la respuesta de la madre–, ¿cómo no voy a perdonarte yo?
Y ese mismo día de Navidad, los habitantes de Corinaldo pudieron ver, sor-
prendidos y emocionados, cómo se acercaban a la mesa de la Eucaristía, uno
junto al otro, Assunta y Alessandro.













