Como cuando el chisme se hace largo, y la gente solo quiere verte morir 🤣 #book #lasmilyunanoches #noche3 #fragmento #libro #cuentos #antesdedormir #readingtime #scherezada (en Lima, Peru)

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Como cuando el chisme se hace largo, y la gente solo quiere verte morir 🤣 #book #lasmilyunanoches #noche3 #fragmento #libro #cuentos #antesdedormir #readingtime #scherezada (en Lima, Peru)
A Lety Empezó contándome cuentos que invariablemente quedaban inconclusos. Ahora vivo con ella, cocina, lava, duerme a mi lado, y el que ha quedado inconcluso soy yo.
"Scherezada", por Ramón Tamayo Rosas
La Scherezada de la Megalópolis
Cerró los ojos y se quedó dormida en aquel bus. Yo la seguía porque la quería; ¿la amaba? La deseaba, deseaba su presencia y su voz.
Ana pensaba que todos los días cambiaba mucho. Su entendimiento se veía truncado ante la imposibilidad de saberse ella misma; la volátil experiencia del transporte la marcaba, aunque de pronto era ella quien marcaba y formaba la experiencia. Se aventuraba todas las mañanas después de la universidad a la insoportable realidad de su ciudad. Recorría las calles montada en un bus, como aquella tarde.
No es claro si divagaba, alucinaba, dormía en vela o si simplemente se desconectaba como la mayoría de los encisos de la ciudad de Bogotá que entre sus ropas grises y sus ojos tristes esconden las historias insignificantes que componen el universo de lo concreto y lo usual, que con la mirada evalúan los peligros y cuyas vidas reflejan la prostitución de una cultura esclava de lo inevitable.
Pero ella ojeaba a los transeúntes con desinterés, como buscando algo que no se le ha perdido. De vez en cuando uno le causaba gracia, como a un niño se la causa el bigote desteñido y cansado de su abuelo, le dedicaba unos cuantos segundos e inevitablemente descubría la historia de su vida. Entre muchos otros, Ana tenía ese don. Cerraba los ojos y las imágenes empezaban a sucederse, una detrás de la otra, siempre de manera concreta, estructurada y verosímil; rápidamente las escenas cobraban sentido y se fundían con cargas pasionales que definían las líneas de la materia. Después de unos momentos de profunda reflexión, durante los cuales a veces reía, a veces lloraba, el alucinante intelecto de Ana ponía todo en palabras, lo adornaba con adjetivos traídos de París, lo estructuraba con formas norte y sur americanas, y lo terminaba con toques de ironía inglesa, aquella que transpira por las aceras londinenses en las que tanto Jack como Winston vieron sus primeras primaveras. Nadie inventaba cuentos como Ana.
Una vez uno de sus clientes quiso aprender de ella su sistema creativo.
-¿Cómo haces para inventarte todo eso?
Le preguntó.
-El cuento está en la mirada; solo el que sabe mirar podrá aprender a contar. Ana le contestó.
Su presciencia era empalagosa, absolutamente irresistible. No hay, ni ha habido jamás, ni nunca habrá, hombre o mujer o niño o niña, mamífero o reptil, ave o pez, tubérculo o arbusto, fruto o nuez, que se pueda resistir a caer profundamente enamorado o enamorada del angustiante y melodioso universo de los cuentos de Ana.
Después de acostarse con sus clientes, se paraba de la cama satisfecha y se vestía con una bata color vinotinto que cargaba en el bolso de cuero de serpiente. Regresaba a la cama al lado del hombre ansioso que la acababa de poseer desinteresadamente, y le empezaba a hablar con ternura. Cuando Ana soltaba la lengua, no había quien la igualara. Contaba historias de tiempos remotos y de vidas extrañas. Armaba dramas de princesas y de caballeros y regresaba a Bogotá para contar sobre la podredumbre de la urbe y sus habitantes inertes que se pasean por la vida citadina como ratones en busca de comida en un mundo para los más grandes.
Su verdadero secreto era que todos sus cuentos eran sobre sí misma. Su habilidad era una tremenda facilidad para convertir sus miedos en epopeyas, sus deseos en comedias, sus vivencias en dramas y sus fantasías en poemas.
Vendía su habilidad para contar. Era la Scherezada de la megalópolis, con más fobias que peligros; vivía en el infierno de su propia vida, y, aunque se desahogaba al acostarse con los hombres, sufría profundamente al contar su vida disfrazada. Cobraba con el sexo, pues nunca le interesó la plata.
Aquella noche que yo la seguí, lloraba porque se había enamorado del hombre con quien estaba, y al empezar a contarle un cuento, se había dado cuenta.