Siendo la muerte, era complicado poder estar con la mujer a la que cuido desde niña y de la que, a lo largo de los años, se enamoró.
Ideando un plan arriesgado que podía alterar el orden del destino, se convirtió en humano. Así la muerte asistió a la universidad de su muñequita como un alumno. Claudia entró en el salón, pero lo que nunca esperó fue ver que iba tomada de la mano con un muchacho. Por lo menos parecía feliz.
No entendía sus propios sentimientos. Su mente le confortaba que cuando ella muriera tarde o temprano se iría con él, pero… el corazón de Claudia ya le pertenecía a Gabriel y ni la muerte podría separarlos… ¿o sí?
Y con esa pregunta en la cabeza, no perdió las esperanzas y a los pocos días, se convirtió en el mejor amigo de Claudia. Era de esperarse, la muerte la conocía muy bien, solo que ella nunca pensó que su objetivo era el de querer matar a Gabriel.
—Me voy a casar Mat —anunció Claudia a la muerte.
—Pensé que sus padres no te querían —contesto fríamente a su amiga y amada mujer.
—Eso ya no importa. —Rio Claudia— Nos amamos.
La muerte solo bebió su café.
—Quiero que seas el que me entregue en el altar. La boda es mañana —dijo con ese brillo de ilusión que pocas veces reflejaba.
La muerte se negó y así llegó tarde a la recepción, con tal de evitar que Gabriel, muriera atropellado.
Todos sus familiares lloraban y ella fue la única que no derramó una sola gota.
No es porqué no quisiera a su abuela, es que Claudia fue la única que no fue hipócrita con la anciana. Siempre le procuró todo. Con tan solo 8 años de edad ella la alimentaba, cambiaba y baña con arduo cariño, mientras que sus padres se la vivían en negocios ficticios comúnmente llamados: apuestas.
Creo que su fortaleza fue lo que llamó mi atención. Nunca vi a una niña humana igual con esa mirada y temple emocional.
—Si estoy muerta, entonces por favor, cuida bien a mi niña —me suplicó la anciana después que le explique quien era yo.
Desde entonces, frecuenté a la niña durante las noches para cuidar su sueño.
Me gustaba como el sol del amanecer iluminaba su pequeño rostro de muñeca y como poco a poco abría sus ojos viéndome detenidamente. En realidad, Claudia no podía verme, pero me gustaba creer que sí lo hacía.
Pronto mis visitas fueron más constantes y cuidé a la pequeña hasta la universidad.
Una mañana me sorprendí cuando, en la pared de su dormitorio, ella colgó un retrato de mí. No se parecía en nada a mí, pero lo importante es que esa fue la primera vez que habló conmigo.
—¿La abuelita está bien? —me preguntó acariciando la imagen de una calavera con túnica—. Que tonta soy —dijo para sí misma riendo—. Tu probablemente, nunca quieras hablarme.
—Tu abuelita está bien —respondí sin ser escuchado.
Claudia nunca podría oírme, verme o… tocarme.
Con melancolía mire mis manos y la única palabra que jamás había sentido de esa manera por un ser vivo brotó de mis labios:
—Te amo —Y de nuevo, no fui escuchado—. Claudia, mi muñequita, yo… te amo —imploré en un grito ahogado para que escuchara mi confesión y ella solo siguió ahí, mirando la imagen en su pared.
Después de aceptar lo que siempre sentí por ella, lo único lógico para mantener el equilibrio fue, alejarme.
Así fue, hasta el día de su boda. Dónde por primera vez, ella me observó entre sus invitados, pero ya era… demasiado tarde.
La hojarasca se pintó de carmín revuelta con un poco de materia cerebral cerca de su cuerpo.
Era increíble.
Por fin iba a estar cerca de mi y jamás nos separaríamos.
Me hinque para ver si la vida no estaba jugando de nuevo conmigo. Busqué su rostro y ahí estaba Claudia.
Era ella, no había la mayor duda. Claudia, mi muñequita.
Miré el auto humeante a unos metros de ahí, con el parabrisas roto y pedazos de su piel incrustados en el vidrio. El cuerpo humano es tan débil y quebradizo, precisamente como el de una muñeca de porcelana.
Suspiré emocionado esperando el momento perfecto para llevarme a Claudia.
La luz de su cuerpo todavía no se apagaba y después de unos minutos fue bastante extraño que incluso brillara más.
—Cla-claudia, perdón—dijo una voz quejosa desde el auto.
Con paso firme rodee el auto y ahí estaba él. Ese maldito humano, el que me la arrebató; su esposo.
Miré su aura y supe que no era su tiempo. Sonreí al ver que lo más seguro perdería las piernas.
—Claudia, mi amor, perdón —sollozó.
—Ni te esfuerces, se irá conmigo. Deja de decir su nombre, ella no puede escucharte.
—Gabriel.
Voltee rápido sin creer que los humanos siguieran dándome sorpresas. Era imposible que Claudia pudiera hablar.
Me acerqué otra vez hasta ella. Sus labios de un labial rojo a juego con su sangre no se movían y los brillantes ojos estaba igual que siempre. Perdidos en el vacío y lo que nunca vi en ella estaba rodando por su mejilla; una lagrima.
Con todo el dolor en mi corazón supe lo que ocurría. Su alma seguía prendada a él…y ese hombre no la dejaba ir también.
No pensé mucho mi siguiente movimiento.
Sumergí mi mano en su pecho y tomé su alma entre mis manos. Ese cuerpo ya no le serviría, así que le fabrique uno nuevo acorde a su imagen. Acorde a la muñequita que siempre fue y con pesar, se la entregué a ese hombre.
No dejo de preguntarme; ¿Qué tan diferente seria todo si hubiera llegado antes de su boda?
Claudia nunca entendió. Jamás permitió que él explicara su plan. Necesitaban él dinero y conseguirlo de esa mujer era la única manera.
Él con cada beso revoltoso que le daba a su amante, viajaba hasta Claudia. A cada caricia que esa mujer le daba, pensaba en Claudia, pero ese día, cuando Claudia lo vio salir del hotel con esa mujer, no le creyó.
Subió llorosa a su carro y él la siguió en el auto. Su amante prometió vengarse y lo dejo ir marcando su destino con una maldición.
Maldición que pronto se reflejaría en la curva sobre la carretera a la que Claudia no pudo dominar y donde él la siguió.
Ni el mejor conductor hubiera logrado evitar que ambos autos chocaran a esas velocidades. Claudia salió volando por el parabrisas hasta un árbol quebrándose el cráneo y él, quedó prensado entre ambos autos, perdiendo la movilidad total de ambas piernas.
Agonizante, vio a un hombre vestido de traje acercarse a su esposa que estaba muerta sobre la hojarasca. Ese ser atravesó el pecho de su amada y sacó de ella una bola de luz que después, le exhibió al hombre con una risa macabra mientras estrujaba la bola en sus manos, hasta que le dio la forma, de una muñeca.
—Escucha Gabriel, esta es una nueva oportunidad para que cuides de ella —le dijo el extraño ser mientras abría las manos de él llenas de sangre—. Si permites que algo le vuelva a pasar, nunca te lo perdonaré.
Y sin decir más, dejó la muñeca entre sus palmas y se desvaneció cuando escuchó una ambulancia acercándose al bosque.
Un sitio devastado por el sol, donde la supervivencia va de la mano con la astucia de cada ser vivo para ser el cazador y nunca el cazado. Por fortuna la vida se adapta, con todo y sus injusticias o, visto desde otro punto, con sus oportunidades.
Un claro caso es la relación entre este lagarto de Gila, quien ya ha puesto sus huevos, y la pequeña ardilla sobre su lomo. Pese a que el lagarto es el depredador natural de ella, algo ajeno a la naturaleza la orilló a cuidarla cuando la notó desamparada.
Cierto día, la ahora joven ardilla buscaba comida y se cruzó con otro lagarto al que creyó sería su amigo, tal como su adoptiva madre lagarta. Mira amigo las oportunidades que da la vida; la ardilla logró huir de vuelta a su madriguera, con la diferencia de que, ahora sabia la cruel realidad de la naturaleza.
Al llegar a su hogar, mamá Gila estaba exhausta. La caza no fue buena y sus crías exigían alimento.
La ardilla entró temerosa. Su madre tenía un reflejo diferente en los ojos y las patas delanteras le temblaban por desnutrición, luego vio aquellos dientes tan afilados, muy parecidos a los que estuvieron a punto de perforarle el estómago.
La ardillita supo lo que pretendía y salió corriendo, pero un olor maternal, le quitó el miedo y la orillo a regresar para cumplir, lo que, desde un principio, debió ser su destino cuando su madre adoptiva cazó a su familia.
—Para nada, la del derecho soy yo. Tienes que dejarla ir ya amor, ella no te ama.
—Mentiras. Tu solo quieres mi dinero.
La voz anuncia el siguiente vuelo. Claudia deja de apretar la silla de ruedas y la rodea para verlo directo a los ojos, sintiendo la mirada fría y plástica de ella junto a él.
—Ya no tenemos dinero. ¿Olvidas por qué tenemos que huir del país?
—El juez dijo que es mi esposa.
—El doctor dice que tienes que dejarla ir...Anda, vamos. Mira, damela, la dejaré con el señor de allá. Se ve buena persona.
—¡No. La he elegido a ella! es mi esposa.
—¡No. Yo soy tu esposa!
La discusión llama la atención de todos a su paso. Claudia, desquiciada, jala con fuerza el brazo de ella y provoca que se le desprenda, asegurando el llanto del hombre al ver a su amada; desinflada en el piso.
Mi persona favorita se levanta todas las madrugadas para ver el amanecer.
Dice que así es como su corazón alcanza a notar que hay un horizonte más allá sin fronteras y dispuesto a darle muchas aventuras.Dejándolo con ganas de vivir al máximo.
También es de esa gente que no consume carne, pero no es de las que no lo hace por moda; es que dice le sabe a podrido, ¡ Te lo juro! porque tiene esa facilidad de saborear el dolor con el cual murió el animal aún impregnado en la carne. No voy a juzgar a esta persona, tampco es que tenga un porqué para hacerlo, yo soy de las que pueden comer un bistec bien grande sin remordimiento, así que no lo entiendo del todo, pero admiro su determinación para ser fiel a sus ideas.
¿Sabes también que es lo increíble?
Podrá ver un desconocido en la calle sin abrigo bajo la lluvia y desprenderse de su chequeta para dársela a ese hombre sin esperar absolutamente nada de vuelta.
Oh sí.
O cuando corresponde el saludo a cada persona nueva que sube al transporte público por el simple hecho de desearle un buen día.
¿Haz visto como aveces las personas ni responden por estar con el celular?
Es un triste caso, la verdad, pero a esta persona no le importa. Le basta saber que su objetivo de querer ser amable es puro.
Y no conforme con lo anterior, es capaz de comprar croquetas y alimentar a los animales callejeros. Hace lo que esta en sus manos, sin pensar en escusas o embargarce de miedo.
Esta persona sabe que no avanza si tranza.
Luego veo que ayuda al accidentado, en pleno tránsito, preocupándose por su semejante; abandonando los prejuicios donde perderse de un día de sueldo es lo último que le importa.
O ver como el joven regresa a la tienda diciendo que le dieron mal el cambio, resultando; que el vuelto fue mayor al adecuado.
Esperen, ¿ ya les dije de cuando ayudó a una viejecita a cruzar una calle inundada? te lo digo enserio; la cargo en brazos y se mojó toditito sin importarle.
Hasta se puso rojo por el esfuerzo y el tránsito se detuvo sin pitar para dejarlos pasar.Fue interesante ver el rostro de los demás cuando notaron que eran completos desconocidos.
Ademas, que su concepto de caballerosidad o ser una dama no es cosa de etiqueta, sino de empatía y un acto de amor.
Podría seguir con una lista interminable de virtudes asegurandolo con una gran sonrisa, pero prefiero dejar que me sorprenda el futuro.
He visto a todas estas personas anteponer el bienestar ajeno. Algunos le llaman empatía, otros prefieren la palabra caridad, a mi me gusta llamarle; un acto de amor.
Sí, suena cursi, pero es así como, cada día, le pongo rostro a mi persona favorita y ¿por qué no? tal vez hoy puedas ser, la persona favorita de alguien.
Mis hermanos siempre me molestan por mi estatura. Dicen que nunca llegaré a su nivel y mucho menos estaré fuerte y sano para cuando llegue la época de cosecha.
La verdad no me importa.
No sé, puede que me haga famoso cuando me lleven a un museo. Uno nunca sabe.
Es más, estoy seguro que jamas he visto a uno de nosotros que brille en la obscuridad como yo lo hago y sí, ya sé que todos nacemos con un solo fin, pero puede que el mío no sea llegar a ser, una simple tortilla para taco.