ROMA, UNA CANCIÓN DE LIGABUE Y EL HOMICIDIO DE LA CHICA DEL PARAGUAS ROSA.
Entre los grafitis que profanan la pared del edificio, alguien escribió un verso de Luciano Ligabue:
“Io ti sento passarmi nella schiena”. (Yo te siento pasarme en la espalda).
Los años y el polvo de la cotidianidad romana hicieron que la tinta se fuera difuminando hasta que alguien modificó la última palabra de la frase, convirtiendo el verso de una nostálgica balada rock en una suerte de grito erótico:
“Io ti sento passarmi nella vulva”. (Yo te siento pasarme en la vulva).
Un detalle así no debería tener mayor importancia, pues también en Roma la suciedad, las paredes pintarrajeadas y el lenguaje sexual son parte del paisaje. Sin embargo el garabato y su significado provocan cierto escozor cuando de antemano se sabe que en ese edificio, ubicado en el número 2 de la Via Carlo Poma, una chica de 21 años llamada Simonetta Cesaroni, fue asesinada de 29 cuchilladas, 6 de ellas en la zona genital.
Este aberrante feminicidio, ocurrido el 7 de Agosto del ya lejano 1990, es conocido como “El delito de la calle Poma” (“Il delitto di via Poma”) y representa uno de los mayores casos de crónica negra en la historia italiana no sólo por la desgarradora violencia infringida en el asesinato de la chica, sino por la increíble cantidad de cabos sueltos y detalles misteriosos en torno al hecho, amén de los gravísimos y sistemáticos errores en la investigación del mismo. Y es que, a la fecha, el caso sigue sin resolverse.
En lo personal, jamás había escuchado o leído del tema hasta hace 4 días, cuando los periódicos y los noticiarios italianos rememoraron la tragedia al cumplirse 25 años de un crimen que, debido al título de un libro que habló del caso, algunos también lo conocen como “El homicidio de la chica del paraguas rosa”, por encontrarse tal objeto entre los efectos personales de Simonetta. Estos últimos días he visto llover las fotografías más populares de la joven romana: aquellas donde reposa en la playa, con la mirada vibrante y a la vez despreocupada de quien siente que tiene toda la vida por delante. Esos ojos oscuros, intensos, no sólo se quedaron sin brillo, sino que también fueron despedazados por el arma homicida, al parecer un abrecartas. Tan despiadada fue la brutalidad de su aún desconocido victimario.
Ubico la mente en aquel 7 de Agosto de 1990 e imagino a Simonetta comiendo apuradamente el risotto alla pescatora que su madre preparó esa tarde, antes de emprender su último viaje en metro rumbo al trabajo. ¿Qué habrá pensado durante los 40 minutos que hizo de la estación Subaugusta a la de Lepanto? Una vez en la calle, ¿habrá visto su reloj y, apurada, habrá corrido las pocas cuadras que le faltaban hacia la oficina de la Asociación Italiana de los Albergues de la Juventud, a donde temporáneamente estaba siendo enviada por su jefe para cerrarles la contabilidad?
El edificio del que ya no volvería a salir con vida queda a pocos pasos de la coqueta plaza Mazzini, del río Tíber a la altura del puente Matteotti y no muy lejos del Vaticano. Era su último día laborativo antes de tomar vacaciones. ¿Cómo habrán sido sus últimas horas? Desde que salió de casa, todo es un misterio.
Quizá en el camino escuchó “Bella d’estate” (la canción de Mango famosa en esas épocas) y se imaginó pasando sus ansiados días libres en las playas de Cerdeña.
Quizá en el camino iba amargada por los desplantes de Raniero, su indiferente novio que no correspondía a su amor con la melosa intensidad que ella esperaba y por quien constantemente sufría, según le revelaba en cartas a su mejor amiga Donatella.
Quizá en el camino iba contrariada por la llamada telefónica que recibió antes de salir de casa, una llamada que le ensombreció el ánimo, que pudo resultar clave para las investigaciones, pero de la que nadie, ni la familia, jamás supo nada.
Simonetta entró a la oficina, desierta como toda la ciudad en época estival, y se dedicó a sus labores. En algún momento de la tarde se quitó los zapatos y comió un panino al prosciutto mientras cerraba las cifras. Una colega la llamó a las 17:35 y, después, ella debía llamar a su jefe a las 18:20 para darle un último reporte financiero, pero nunca lo hizo. En casa, su familia la esperaba a las 20:00 para cenar como cualquier otro día. Pasadas las 21:00 su hermana Paola junto al novio Antonello y el jefe Salvatore Volponi, preocupados por la tardanza e incomunicación de la chica, deciden cruzar la ciudad para buscarla. Luego de discutir con Giuseppa y Pietrino Vanacore, porteros del edificio, logran entrar a la oficina, ubicada en el departamento 7 del tercer piso en la escalera B de ese funesto edificio de la via Poma. El corredor estaba oscuro pero, como relatará después el jefe Salvatore Volponi a los jueces, la luz de la luna permitió entrever que, al final del pasillo, una puerta estaba llamativamente entreabierta. Fue ahí, alrededor de las 23:00, donde encontraron el masacrado cuerpo de Simonetta, semidesnudo, con los calcetines blancos calzados pero el brasière y el top descolocados.
A partir de aquí, los elementos absurdos comienzan: rastros de sangre en el teléfono y en una puerta que, al final, no constituyen pruebas contundentes contra nadie. El portero Pietrino Vanacore detenido por hallarse manchas en su pantalón que, después se supo, eran suyas porque padecía de hemorroides. Una falsa alarma, dicha por un austriaco charlatán, que incriminó al nieto de un arquitecto residente del quinto piso, que después fue absuelto. Llamadas hechas desde el lugar del crimen, a la hora en que Simonetta ya estaba muerta y que nadie respondió. La detención del entonces novio, Raniero Busco, por darse a conocer, 17 años después, que había saliva suya en el brasière de la chica y que una herida que ella tenía en el pezón izquierdo, correspondía a la arcada dental del joven, quien finalmente fue declarado inocente. Para entonces, en 2010, el portero Pietrino Vanacore se había suicidado en el mar al no soportar la presión de ser incriminado por tantos años y, al final, el caso, constantemente reiniciado a cero, se queda otra vez en un enésimo punto muerto.
Ni mencionar hipótesis descartadas por absurdas, como aquella que acusaba del crimen a “La banda della Magliana”, una organización de corte mafioso presuntamente protegida por el Vaticano o el presunto vidente de Civitavecchia que aparece en YouTube señalando que, gracias a sus visiones, pudo darse cuenta que el asesino de Simonetta ya se encontraba en la oficina cuando ella llegó a trabajar y la mató por error, pues la víctima en origen debía ser otra persona que, quizá advertida de antemano, no se presentó al lugar. En fin, un caso, como dije al inicio, colmado de absurdidades, cabos sueltos y misterios, pero también de errores y omisiones en las malogradas investigaciones.
Escribo esto como mera catarsis. Algo tiene la historia de Simonetta Cesaroni que me conmovió de una manera particular. Será que últimamente he visto demasiadas series policiacas, será que tengo una nostálgica fascinación por los años 90 y la atmósfera del caso me recordó a las emisiones de “Unsolved mysteries”, será que me hizo ver la ciudad de Roma con otros ojos, será que simplemente atravieso una época de paro e indefinición profesional/personal que permite a mi ocio desembocar en los charcos más variopintos. O será que, simplemente, nadie merece morir así, y menos a los 21 años.
Ahora sólo pienso en “Ti sento”, la canción de Ligabue, aquella cuya frase está grafiteada en el edificio del crimen y recuerdo aquel concierto del 2014 justamente en Roma, la única vez en que lo he visto en vivo. Y de pronto comienzo a cantar:
“Qui con la vita non si può mai dire,
arrivi quando sembri andata via,
ti sento dentro tutte le parole...”.