Maldito Bourdain
Caminábamos por los barrios aledaños al centro de Barcelona, por enésima vez en tres días, y todo seguía pareciendo emocionante: las papas bravas con vino rojo en un local de 15 metros cuadrados, un racimo de plátanos colgado afuera de una casa y la bandera mexicana ondeando desde un balcón perdido, bañado por el sol de las 2 de la tarde. Iba con Gris, la amiga regiomontana (artista trotamundos) que me recibió por aquellos días.
Cerca de la Plaça de Sant Jaume, allí donde están la Generalitat y el Ayuntamiento, ubicamos por casualidad un bar chileno de menú barato, callejero, al estilo de las Ramblas no catalanas, sino santiaguinas. “No recuerdo el nombre, pero quiero el hotdog que pidió Anthony Bourdain en el episodio de Santiago, el que sellan con mayonesa y aguacate”, fue mi torpe indicación al mesero. “Un ‘Completo’, claro”, me respondió con acento andino. El episodio en Chile de “No reservations” era uno de mis favoritos: iniciaba en la Fuente Alemana, con una hamburguesa de cerdo y cerveza, el Café Con Piernas (donde le perdoné a Bourdain el comentario burlesco que hizo de “Friends” y la forma en que, según él, alteró la cultura del café de paso), siguió en “El Hoyo” con nuevas dosis de cerdo en rodajas y embutido y, antes de tomar un tren hacia el vino y el asado en un rodeo, había parado por un ‘Completo’ que se comió, a medias y con un kilo de servilletas, parado en la banqueta.
Recuerdo haber visto al menos cinco veces el episodio de Chile. Quisiera conocer Santiago (quisiera que estos párrafos estuvieran cargados de lúcida irreverencia y no tanto de nostalgia y de mamonería como seguramente parece) pero haber pedido un ‘Completo’ con altas dosis de chucrut, mayonesa y aguacate en pleno centro de Barcelona, me hizo sentir como si hubiera ganado algo, como si hubiera desbloqueado un logro en el periplo de un personaje de videojuegos, como si la vida me estuviera dando una palmada en la espalda o guiñándome el ojo. El ‘Completo’ y toda la cerveza que lo acompañó, fueron a la salud de ‘Tony’.
Me había reído con el capítulo en Islandia (cuando repudió el tiburón ahumado e hizo patente su aburrimiento), me escurrieron litros de saliva con los asados en Montevideo, aluciné con los viajes a Japón, a Italia, a Oceanía. Recuerdo una frase, frente a una playa australiana: “No sé qué hice para merecer ver este paisaje, este atardecer, ¡pero está bien, lo acepto!”. Estuvo en México, incluido Coahuila (un puesto de tacos en Piedras Negras), estuvo en lugares que nosotros jamás conoceremos, pero con ello alimentó nuestros ímpetus exploradores, nuestro afán de búsqueda, nuestras ganas de vivir. Nunca he hablado de mi propia lucha contra la depresión, y no lo haré hoy, pero Bourdain, irónicamente, era una tabla en este océano embravecido. Ahora todo se aclara: su rockstarismo era su forma de luchar.
El único día que estuve en Eslovaquia, el sitio donde más extranjero me he sentido, publiqué su icónica frase en Facebook: “I travel, I write, I eat, and I’m hungry for more!”. Y lo hice sólo para sentirme menos descolocado, menos perdido; ese día decidí utilizar esa frase de bandera, repetirla cada vez que las sombras de la depresión hacen lo suyo: hacerte sentir que no eres parte del mundo, que no tienes fuerza ni control sobre tus asuntos más fútiles y cotidianos, incluidas tus emociones; hacerte saber (porque es la única certeza que te da) desde el momento en que abres los ojos, que todo tu día será cuesta arriba, que la acción de quitarte la sábana de encima y pararte ya es en sí misma una batalla.
Hace unos días se cumplieron 3 meses de la noticia. Apenas hoy quise volver a ver algún episodio de “No reservations” y descubrí, al ver mi lista, que Netflix lo había quitado del catálogo. Quise ver el episodio de Sydney, el de Texas y, sobretodo, el de Lisboa, esa ciudad de perenne melancolía donde, al ritmo de una muy hermosa cantante de “fados”, hubo una bellísima hipótesis: los portugueses llevan en el ADN un aire de tristeza porque han sido un pueblo de navegantes, de pescadores, de viajeros, y eso siempre implica despedidas, añoranzas, desalientos; es una cultura donde siempre ha habido alguien que se interna en el oleaje nocturno y alguien que se queda suspirando en la ventana. Los “fados”, decía Pessoa, formaron el alma portuguesa (y también, por cierto, jugaron un rol ideológico importante durante la dictadura de Salazar, tanto los que fueron instrumento del régimen como los que sirvieron de bandera opositora y fomentaron ideas revolucionarias).
Te extrañamos, Bourdain; te extrañamos todos a los que nos hiciste sentir que el desenfado y la desfachatez no nos eximen de tener un lugar en la vida; gracias por demostrarnos toda la luz que se puede hallar en la constante sensación de no encajar en ningún sitio. Ahora notamos que la única palabra con la que te describías en tu bio de Twitter fue un gesto más de tu irreverencia: “Entusiasta”. Maldita ironía. El monstruo contra el que nos ayudabas a luchar, te venció incluso a ti. Que haya bonanza en tu oleaje nocturno y mucho piso de hielo dónde raspar las botas; nosotros nos quedamos en la ventana mandándote a la mierda y brindando en tu honor. ¡Salud, maestro!
M. S.











