Es martes, me desperté sin saberlo. ¿Quién piensa en qué día es, a penas abre los ojos, o a penas se desempolva del sueño en donde estaba cocinando en la punta del Aconcagua? Nadie. O quizás alguien especial. Yo, al menos, con suerte me desperté. Es martes y mis clases comienzan en 4 horas más porque son las 7 de la mañana, pasadas.
Suena y vibra el celular, a dos espacios de mi oreja, pero me taladra el cerebelo y sólo quiero volver a cocinar en el Aconcagua, no sentir ni la presión ni el frío. Tan alto estaba que me desprendí de cualquier complejidad física y emocional que me tentara con una caída libre. Me di unas cuantas vueltas, me intenté estirar pero el dolor de mi columna hace que me retuerza y me doble como chanchito de tierra, como capullito envuelto en las sábanas, las frazadas, que me abrazan artificialmente.
Me incorporo, tomo un sorbo del té que dejé enfriando desde anoche. Me doy cuenta que dejé los audífonos dentro de la taza, “puta que longi”, me digo, pero qué más, le tiro el secador de pelo, si siguen funcionando será un milagro, pero no deja de ser una advertencia de las energías kármicas -o como se les diga- de que he errado, en algo la estoy cagando. Y me enchucho con esa idea, qué debo hacer. Soy súper sensible, me dicen que me quieren y luego que no me quieren y me achuncho. Me lagrimeo un poco; lloriqueo, pues. Me da un poco de ansiedad la soledad, pero así me siento más tranquila.















