"Vagalume" an experimental dance film for Iluminoo
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"Vagalume" an experimental dance film for Iluminoo
Besos revueltos y un jugo de media naranja
Me gustan las mañanas. Me gustan porque no están contaminadas de esto ni de aquello. Me gusta las personas que baldean, el rocío y sobre todo, las parejas que se despiden a media puerta y a medio vestir. Una, a medio vestir y la otra, a medio llegar. Tarde, un tarde que no importa. Me gusta pensar qué desayunaron y si lo hicieron. Ojalá lo hayan hecho. Besos revueltos y un jugo de media naranja. Me gusta saber que su día va a ser más liviano después de eso. Me los quedo mirando y sonrío. Sonrío pensando en la intimidad ficticia que los separa de mí y del portero de al lado. Ellos, como si nada. Nada y todo. Su todo. Y al contar cinco baldosas me doy vuelta. Me doy vuelta con la esperanza de que alguno lo haya hecho, recordándole a la otra, que ya la extraña. Y entonces recuerde, por sobre todo y tal vez, por primera vez, que el desayuno es el alimento más importante del día. De su día, y por qué no, del tuyo.
José Mármol, lo de Tato y una remera más una mirada, que lo decían todo.
Era Domingo y estaba en Banfield. Algunos lugareños ya acostumbrados dirán que prefieren la capital, pero para mi, que vengo de Junín, Banfield es la mezcla perfecta. Calles de adoquines, pasto en las veredas, pocos edificios, casas que aún conservan su estilo inglés (¡y no saben que casas!) Todo eso y su horario respetado “a raja tabla” por la siesta, es lo que me hace sentir como en casa.
Raja tabla: dícese de ni un minuto más, ni un minuto menos. Dícese, de ese minuto en que las persianas se cierran y no hay tu tía, ni parentesco de sangre lejano o cercano que pueda hacer cambiar eso. Ese minuto que se tarda en prender el fuego o el agua para los ravioles y ese preciso minuto en el que tardás en llegar a tu casa, dejar las bolsas y darte cuenta que algo y seguramente fundamental, te faltó comprar.
¡Fuck!
Y así fue. Teníamos todo para trasplantar y plantar plantas viejas y nuevas. Todo. Todo menos tierra. Y entonces, a pesar de que amás el interior y todo lo anterior ¡TE QUE RES MA TAR! Era lógica y moralmente imposible robarle esa cantidad de tierra que nos faltaba a un vecino y el vivero vecino ya estaba entre el vermú y el estofado; o eso es lo que a mi, me gustaba pensar.
Entonces, a pesar de la fiaca, agarramos el auto y nos fuimos en búsqueda de tierra. Recuerden que era la una y media de la tarde y las chicharras te lo recordaban en cada y no afinado canto. El cuarto a diferencia del tercero, fue el vencido vivero que estaba abierto y éste, quedaba en José Mármol.
Un vivero enorme, al cual solo le faltan mesas para almorzar para ser perfecto. Mariposas naranjas volaban en cada rincón, mimosas que se cerraban al tocarlas y que al hacerlo, te regalaban la única (creo yo) interacción que existe hoy, entre plantas y seres humanos. Y por si fuese poco, un helecho espada (obvio que lo googlee la familia de éste) que puede alcanzar más de un metro de largo, colgaba en centro de un gran ventanal. Todo eso, había hecho que la salida de la casa hasta ese entonces, haya valido la pena. Digo hasta ese entonces, porque aún, aún nos faltaba conocer a Tato.
Dos y media pegábamos la vuelta con una bolsa de 1 kilo de tierra, dos mimosas y un hambre bipolar que oscilaba entre ensalada fresca y parrilla. El tema parrilla era debido a las ventanas bajas y a las personas que sabían lo que hacían -Claro.
A cinco cuadras unas butacas al paso hicieron que diga -¡ya fue, paremos acá! pero la vuelta a la Avenida hicieron que tomemos otro camino y lleguemos, recordando y sin recordar bien cómo, a lo de “Tato”.
Y llegamos queriendo comprar para llevar, pero un abrazo de Tato, al cual recién conocíamos y la invitación a quedarnos señalando una mesa de ubicación privilegiada, fue lo que hizo que no nos podamos ir.
Tato tenía algunas mesas adentro y más afuera. Afuera, aquellas de plástico con publicidad de Pepsi a pesar de que todos, casi todos, tomaban una cerveza, por decir una, y bien fría.
Cuando nos sentamos nos dimos cuenta que -Claro - habíamos salido de pedo y únicamente por la Tierra.
Ambos metimos manos en los bolsillos y entre los dos llegábamos a la suma de exactamente: doscientos sesenta y cinco pesos y tarjetas. Tarjetas que en lo de Tato significaban tanto como los billetes de un Monópolis. Aún así, nos acercamos a Tato y le preguntamos sin sentido alguno -¿qué onda, aceptan tarjeta? ¿NO, NO? (claramente era un NO).
Tato nos dijo que no importaba, que nos sentáramos y no nos preocupemos, que él nos iba a mandar a un mozo (el único, Mateo) que nos iba a atender y hacer feliz. Qué le demos lo que podamos con la promesa de volver.
Vino Mateo y nos abrazó también. Nos trajo una cerveza bien fría y seguido de eso, vino la hija de Tato que también atendía y nos trajo dos sanguches enormes, que para ella supuestamente eran chicos, de vacío y bondiola, sumado a unas fritas y un increíble pero increíble chimichurri.
Yo no lo podía creer. Mis cachetes me dolían de la felicidad que tenía y Tato cada vez que pasaba nos llenaba los vasos con cerveza más fría de la que nos quedaba. Cerveza que era la de él y no la nuestra.
De fondo sonaba folklore, pasando por la Negra Sosa, el Flaco Spinetta y algunos cantos mezclados con gritos que iban y venían del Tato y Dani, el parrillero.
Mateo iba de mesa en mesa abrazando a señoras y hablando de fútbol.
Entre más abrazos y saludos Tato nos contaba que tenía seis o siete hijos (eran tantos que no recuerdo bien) que había sido camionero y agradecía a la vida lo que hoy tenía y lo que había podido darle a su familia. Tato cree en las energías, en la magia de las personas y en que cada uno da lo que recibe. Tato había estado casado por 24 años con la misma mujer, madre de sus hijos y quien el dice de ser, el amor de su vida.
-Muchas idas y vuelta, nos dijo. Y no tengo dudas que lo decía con nostalgia y en serio. Es una mujer hermosa, física y humanamente hablando - continuaba. Está atrás, me vino ayudar después de un tiempo sin venir. La amo.
Tato la amaba y a la vez nos invitaba a volver un Viernes o un Sábado. Días en donde se arma una zapada entre amigos nuevos y viejos. Zapadas que duran hasta que la felicidad se termina con el sol de la mañana y fue ahí, donde lo o mejor dicho la, entendí.
Todos amaban a Tato. Yo amé a Tato y hoy escribo sobre él. Pero al irnos, tuvimos la oportunidad de pasar al fondo y conocer a su mujer, mujer hermosa por cierto. Mujer de ojos claros como las lágrimas que ellos con fuerza y no se cómo, supieron retener.
La abracé y en el abrazo me quedé, como hoy, pensando.
Y está demás decir que les recomiendo a Tato y dar una vuelta por el prometedor José Mármol, de hecho prometimos volver y seguro con un regalo bajo el brazo. No solo por haber pagado lo que teníamos y hasta ahí, sino también por la energía, la magia y el hermoso, hermoso chimichurri.
Porque gracias a él personas que realmente no pueden, pueden comer. Ser feliz y creer. Creer que no todos, ni todo es una mierda.
Y al dar la vuelta para mirar sus caras por última vez, pude ver lo que en la remera de “Lo de Tato” decía por detrás impreso:
“Vivir solo te cuesta vida” y será por eso que. Nose.
Ojalá él y todos, podamos saber equilibrar entre la vida, las obligaciones y el amor. Más si es el amor de tu vida. Porque en la vida, si lo encontrás, esa persona y sin duda, vale la vida.
SlipCats
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