Yo ya no le tengo miedo a la muerte.
La muerte ya no es un ángel negro, no me llama, no me presiona,
no me hace pensar en las distintas formas en las que el sufrimiento podría terminar.
La muerte ahora es como una amiga que sabe que dentro de muchos años yo la voy a visitar
con arrugas en mi cara, con cicatrices no autoinflingidas sino ganadas
que cuentan la historia de cómo después de ganar una batalla
entendí que el resto de la guerra no sería tan difícil de ganar.
Yo ya no espero a la muerte, la muerte me espera a mí
con paciencia, con los brazos abiertos, sabiendo que cuando me llegue el momento
me iré a contarle las historias de todo lo que aprendí en vida para volver a ser feliz.
Mi ciclo de vida ya no será nacer, crecer, deprimirme y fallecer.
Ahora será nacer, dudar, aprender y volver a creer.
Será más bien una cadena porque sé que quien aprende tiene la obligación de enseñar.
Ya no me llorarán personas a las que por naturaleza a mí me corresponde llorar,
me enterarán futuras generaciones, mi funeral será una fiesta, se vestirán no sólo de negro sino de todos los colores y ellos estarán bien
porque aprenderán, al igual que yo, que en esta vida terrenal no hay nada que no podamos aguantar.
Nacer, dudar, aprender, volver a creer y enseñar.
La muerte ya no es un tren cuyo pasaje son muy ganas de huir.
Yo ya no espero a la muerte. La muerte me espera a mí.